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la casa del bosque
Mis padres, mi hermano Juan y yo vivíamos en la ciudad hasta que cuando poco antes de cumplir yo los catorce años murieron mis padres en un accidente. Unos meses antes habíamos heredado una casona en otro estado, rodeado de bosques y una cierta distancia de la ciudad más próxima. Cuando murieron mis padres, mi hermano todavía no había cumplido la mayoría de edad y pensó que las autoridades nos iban a separar ya que mis padres eran hijos únicos y no teníamos ningún pariente y éramos menores de edad. Entonces decidió que nos marcharíamos a vivir al bosque.
Sin decir nada a nadie, llevamos casi todas las cosas en una camioneta que tenía un amigo de Juan, que ya era mayor de edad y tenía permiso de conducir. Aprovechamos que los vecinos no estaban para bajar las cosas y nos marchamos. En buena hora, ya por los amigos de mi hermano supimos que una vecina había avisado a las autoridades. Era una vecina muy cotilla con el que nadie de la vecindad se llevaba bien.
Ya en la casa del bosque, mi hermano consiguió un pequeño trabajo en el pueblo cercano con el que podíamos mantenernos. Así pasó un poco de tiempo. Cuando los fines de semana que hacía muy malo, veíamos películas, incluso de las pornográficas y las comentábamos. Una noche, después de haber visto una de esas pelis porno, me desperté en la cama con unas ganas locas. Me fui a la sala para no despertar a mi hermano. Empecé a masturbarme. A los pocos minutos empecé a gemir de placer hasta que oí un gemido. Me quedé quieta. Se encendió la luz y allí vi a mi hermano con la mano en la polla pelándosela. Él también había sentido deseos y también se había ido a la sala para no despertarme.
–¡Juan!
–¡Diana!
Nos quedamos mirándonos sin saber qué hacer al principio. Los dos estábamos desnudos. Entonces, Juan me propuso:
–En vez de masturbarnos a solas, ¿qué te parece si nos lo hacemos mutuamente? Te aseguro que sería más placentero
–Está bien –asentí levantándome del sillón y acercándome a él.
Juan también se había levantado del sofá y se acercó a mí. Nos abrazamos y me besó. Mi primer beso de amante. Después del beso, Juan me cogió y me llevó a su habitación, echándome en la cama con toda la ternura del mundo. Se echó a mi lado, nos abrazamos y nos besamos. Sus labios me quemaban. Nos besamos largo rato, jugando con nuestras lenguas. Mi hermano me enseñó a besar: besos fuertes, suaves, duros, delicados, húmedos, de tornillo. Al rato, Juan levantó la cabeza y me dijo
–¿Te acuerdas de lo que hemos visto en la peli?
Asentí con la cabeza, sin saber muy bien por dónde iba.
–Quiero que hagamos todo lo que hacían ellos. Mamarte la panocha, que tú hagas lo mismo con mi pene, penetrarte por tus agujeritos... en fin todo eso.
–Quiero hacerlo, pero tengo un poco de miedo. He oído decir que duele mucho al desvirgar.
–Sería preferible que la primera vez lo hicieras con alguien con mucha experiencia, y si no quieres lo entenderé, pero me gustaría que aprendiéramos los dos juntos. Intentaré hacerlo lo más suave posible.
–¿Podemos mamarnos mutuamente como hacían ellos?
–Sí, cariño, esa posición se llama 69.
Entonces se levantó, se puso del otro lado y empezó a chupar y a acariciarme la panocha. Yo tenía su pene delante de mi boca. Al principio, lo besaba con besitos cortos por todo el borde. Noté que crecía un poquito. Luego, me lo metí a la boca.
–Hazlo como si fuera una rica golosina, pequeña –me decía Juan.
Yo seguía haciéndolo y él entre chupadas y lamidas cada vez gemía más fuerte.
–Aaaahhhhhh aaaaaaahh aaaaaaahh aaaaaaaahh aaaaaaaaahh… que bien mamas hermanita…eres una buena chupapollas… mmmm que gusto… Tu conchita es una delicia. No quiero dejar nunca de comértela. Mmmm...
Continuó durante unos cuantos minutos explorando mis extrañas, usando sus dedos para acariciarme mis labios vaginales, abrirlos para jugar a meter y sacar un dedo y para acariciarme y besarme el clítoris a la vez. No sé como sabía hacerme todas aquellas cosas pero me estaba volviendo loca de placer. Sentí que iba a enloquecer de verdad. Al poco, tuve mi primer orgasmo. Él también se vino entonces y llenó mi boca de su leche. Al principio, me resultó un sabor raro, y me dieron algunas arcadas, pero conseguí tragarme bastante. Nos quedamos unos minutos quietos, volviendo a besarnos y acariciándonos mutuamente. A cabo de unos minutos notaba que la verga de Juan volvía a crecer. Yo también estaba excitadísima pues los dedos de mi hermano no había dejado de acariciar mi clítoris. Entonces, me miró y se puso encima de mí.
–¿Estás segura de que esto es lo que quieres?
–Sí, Juan, quiero ser llenada por ti, vamos, quiero que entres –le supliqué abriendo un poco más mis piernas- ámame, ama a tu hermana...
–Está bien, pero antes tienes que prometerme una cosa. Prométeme que dentro de algún tiempo, intentarás hacerlo con algún otro chico; para probar algo distinto. Te aseguro que algunos compañeros de mi trabajo te tienen en gran estima y sé que les encantaría follarte. Yo también lo haré con alguna otra chica, aunque no dejaremos de hacerlo entre nosotros.
–Si es lo que tú quieres...
–Sí, me muero por hacerlo contigo, pero también me gustaría probar con alguna otra.
–OK.
Entonces se puso a acariciar mi clítoris con su polla y a besarme los pechos. Estaba en la gloria, temblaba de placer y entonces cogió impulso y penetró la cabeza de su pene hasta encontrar la barrera de mi himen. Se quedó quieto unos instantes y tomando impulso, entró de golpe. Grité de dolor; creía que iba a partirme en dos. Empecé a gemir diciéndole que saliera, pero me besó diciéndome que enseguida pasaría el dolor. Entró hasta el fondo y se quedó quieto. Luego, empezó a salir muy despacio para volver a meterse hasta el fondo. Al cabo de unos instantes yo ya ni sentía el dolor. Sólo un inmenso placer. Y empezó a aumentar el ritmo. Yo estaba como loca. Gemía y chillaba de gozo.
–¡Ooohhhhhh! Síiiiiiiii... más, quiero máaassss, dámelo todo, sigue, más fuerte, aaaggghhh, hasta el fondo, lléname toda, síiii, hazme un hijo... mmmmmmm, no pares, no pares... –le gritaba.
–Muy bien pequeña; mmmmm, cariño... qué rico coño tienes, así, sí mi vida, levanta las caderas así...sigue, aaahhhh, toma mi leche cielo, así te haré un hijo mi niña, asíiii... –me gritaba él.
Y volvimos a explotar. Y así pasamos toda la noche. Cuando me desperté, estaba sobre su cuerpo y tenía su pene dentro de mi vagina.
–¿Tienes ganas de más? –me preguntó sonriendo.
–No lo sé. Sólo me he movido porque me gusta sentirlo dentro.
–Conque te gusta, ¿eh? –dijo riéndose, mientras se metía un pezón a la boca y empezaba a moverse.
–Mi macho, goza de tu hermana del alma.
–Con mucho gusto, cielo, me tienes loco –me decía entre lamidas de pecho.
Cada vez estaba más y más excitada y me dejé llevar por aquella riada de placer que me estaba transportando al cielo. Mi hermano me estaba haciendo el amor como un auténtico enamorado. Sus bombeos me volvían loca y me hacían retorcerme de gusto. Yo le había cogido el tranquillo a cabalgarlo y sentía cómo su garrote me taladraba hasta el fondo. Sentía mi concha llena de polla.
–Aaaaahhhh, aaaaaaaahh aaaaaaaahh aaaaaaahh aaaaahh…te quierooooooo…te quiero mi amor…mi hermanooooo, te amoooooooo… sigue así cariñooooooo… cógete a tu hermanita querida…. aaaaaahh aaaaaaaaahh aaaaaaahh aaaaaaahh aaaaaahh...
–Eres una dulzura… que bien te ves…como te gusta esto…vas a aficionarte a esto más que a las golosinas…
Juan no paraba de moverse en mi interior. Mete saca mete saca, era ¡¡arrebatador!! Aquello se acercaba a su final, podía notar como algo empezaba a crecer dentro mío, sentía como algo se avecinaba, algo desconocido y sobrecogedor.
-Aaaaaaahh aaaaaaaahh aaaaaaaahh…ay dios mío…¡¡Juan!!...me vengo…me voy a venir…vamos mi amor…vamooooooooooooooooossss…
-Yo también me vengo…vamos Diana…los dos juntos…vente conmigo…gocemos a la vez…ya viene, ya vieneeeeeeee…
-Aaaahh aaaahh….sí, síiiiiii…me vengo, ¡¡ME VENGOOOOOOOOOO!!...
-Ya está…así, asíii…aaaah aaahh ¡¡AAAAAAAAAAAAAARRGGHH!!...
Me sentí estallar en un millón de pedazos como si fuese una estrella. Exploté a la vez que él y sentí como su fuego líquido me llenaba por dentro. Juan dio unos últimos empujones para alargar el momento, luego nos derrumbamos y nos echamos uno junto al otro. Al salirse de mí nos abrazamos y sonreímos, sin siquiera hablar. Noté un delicioso olor a sexo que inundaba la habitación, creando la atmósfera más sensual y tierna que recuerdo, mientras nos acariciábamos. Fue el momento del abandono. Aquel silencio valía por todas las palabras del mundo.
Al cabo de un mes más o menos, le dije a Juan, mi hermano y mi amante, que ya estaba preparada para conocer a algún compañero suyo.
–¿Te parece que hagamos una pequeña fiestecilla?
–¿Aquí?
–¿Dónde si no? Este es el mejor lugar para hacer esta clase de fiestas.
–Tienes razón, por un momento pensé que lo haríamos en algún otro lugar.
–Tranquilízate –me dijo dulcemente dándome un beso e iniciando otro rito de besos, caricias y mete-sacas.
Al cabo de los días, vinieron tres amigos de Juan, Hugo y Álvaro y Elena. Todos eran compañeros de trabajo de Juan. Trajeron una película y nos sentamos a verla. Yo estaba entre los dos amigos de mi hermano y Elena estaba sentada en el regazo de Juan en el sillón. Al poco rato vi que mi hermano y su ligue estaban ya medio desnudos de cintura para abajo. En eso noté que el brazo de Álvaro que estaba a mi derecha se posaba sobre mi hombro. Y un brazo de Hugo pasaba por mi espalda. Los miré a los dos y los abracé sin dejar de mirar la tele. Los dos tenían unos bultos enormes en los pantalones.
–¿No os aprietan los pantalones? –les dije inocentemente.
–Sí. ¿Por qué no nos los quitas?
–¿Y a ti no te molesta tanta ropa? –me preguntó Hugo.
–Por supuesto que sí –les contesté yo-, con la condición de que me la quitéis entre los dos.
Me levanté. Abrí primero la cremallera del pantalón de Hugo, le hice levantar un poco las caderas y le quité el pantalón y los calzoncillos a la vez. Luego procedí a hacer lo mismo con la ropa de Álvaro.
–Cierra los ojos –me dijo Álvaro. Los cerré y noté cómo cuatro manos me desnudaban por completo, lentamente.
Luego, me recostaron en el sofá y mientras Hugo metía su enorme rabo en mi boca, Álvaro no dejaba de chupar y lamer mis tiernos y duros pezones mientras sus dedos empezaron a hurgar en mi húmeda rajita, explorando suavemente todo el esponjoso interior. En un momento, metió primero un dedo y luego se entretuvo metiendo y sacando dos dedos. Luego, bajó sus labios por mi estómago hasta alcanzar mi clítoris. Llevaba ya un par de orgasmos y aquello fue el sumun. Los tres tuvimos un enorme orgasmo a la vez. En el otro lado de la habitación, Juan y Elena también gritaban y gemían debido a sus orgasmos. Después de unos minutos de recuperar el aliento pero sin dejar de masturbarnos, Álvaro se colocó debajo de mí, me senté encima de su estaca y Hugo me clavaba su estaca por el culito. La follada fue tremenda. Mientras, mi hermano nos grabó con la videocámara. Luego, fue Álvaro el que nos grabó a Juan y a mí solos y posteriormente a Juan, con cada uno de los chicos.
Al cabo de un mes me había quedado embarazada. Aunque vivíamos apartados, el pueblo cercano donde íbamos era pequeño y se produciría el escándalo. No queríamos líos. La solución la dieron los amigos de Juan: uno de ellos se casaría conmigo, viviríamos en la misma casa, aunque podría follar con el otro si quería. Y en una especie de sorteo, elegí a Álvaro.
Fuimos a un pueblo bastante lejano en el que había un juez que casaba a toda persona que pidiera, ya fueran mayores de edad como menores, previo pago, eso sí. Tanto Hugo como Álvaro, mi marido eran mayores de edad. Hugo tenía 20 años y Álvaro 22. Esa noche la pasé con mi marido y mi hermano y a los pocos días pedí pasar una noche completa con Hugo, que es el que se había quedado fuera. Y así pasaron los meses. Tuve un niño. Me pasé los cuatro primeros años de embarazo en embarazo, ya que en cuanto el doctor me daba el permiso de tener relaciones después del parto, me quedaba preñada enseguida. En los cuatro años, tuve cinco hijos, tres chicos y tres chicas. Y fueron unos años de locura. Me volví casi insaciable. Muchísimas veces, mientras daba el pecho a una de las criaturas, tenía a mis hombres haciéndome el amor lo cual era deliciosamente increíble.
Han pasado veinte años desde entonces. Hace tres años, Juan, mi hermano y Álvaro, mi marido murieron en un accidente laboral. Me quedé desconsolada, aunque mis hijos y Hugo me ayudaron muchísimo. Al final volví a casarme con Hugo.
A los pocos días de quedarme viuda, una noche no podía dormir. Estaba sola con mis hijos, aunque Elena, la mayor de las chicas estaba en casa de Hugo, que ya la había iniciado en los juegos del sexo. Yo estaba muy intranquila y comencé a masturbarme. Debí hacer algún ruido porque vinieron mi hijo mayor Luis y Mario, el segundo a ver qué me ocurría y por si podían consolarme. Al ver el estado en que me encontraba, decidieron consolarme de otra manera. Se quitaron los boxers rápidamente y Mario apartó mis manos de donde las tenía.
–Tranquila, mamá, si quieres consuelo te lo daremos nosotros. No te preocupes de nada –me susurraba Mario.
En ese momento, Mario metió su polla en mi boca y Luis se puso a lamer todo mi cuerpo, muy despacio. Instintivamente le agarré la polla con la mano mientras le masajeaba. Mario y yo nos deshicimos en un inmenso orgasmo. Entonces sacó su polla de la boca y su hermano se pudo de forma que pudiéramos hacer un 69. A los pocos minutos me tragué por primera vez la rica leche de mi hijo, mientras él se tragaba mis jugos. Al poco, Mario metía su inmenso garrote en mi culito mientras que Luis taladraba mi vagina. Debo decir que Luis tiene un pene tremendo. Es el que más se parece a Álvaro que también la tenía enorme. Mario se parece más a Juan y a mí que éramos muy parecidos. Hace dos meses inicié a Javier, el menor mientras que Luis ha iniciado a su hermana, Marta. Vuelvo a estar rodeada de hermosas pollas, una madura y de muy buen ver y las otras jóvenes que pueden dar mucho de sí. Y las chiquitas también están encantadas