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HISTORIAS TRAS UN DIVORCIO 1ª

 

Rojo.saten@hotmail.com Mayolanda

 

El día amenazaba lluvia, pero no me importaba. Era el típico día de primeros de Agosto con las calles vacías en la capital. Era el día idóneo para las personas que como yo, salían a la luz, después de meses de oscuridad. Hacía 17 meses que me había separado de mi marido, y era la primera vez que me veía de viaje a solas, dejando a mis hijos con mis padres. Era una sensación agradable pasear despacio por las calles de Madrid.

El sol acariciaba mi cara y una sensación de paz y sosiego recorría mi cuerpo. Solo iba a estar el fin de semana, y lo aprovecharía para hacer algunas compras, y sobre todo para desconectar.

Desgraciadamente, el día se fue estropeando. El aire se hacía cada vez mas fuerte, y mi falda de vez en cuando cobraba vida. Deje de preocuparme de ello a la media docena de veces que mis muslos quisieron asomarse. Mirando escaparates, el tiempo se fue pasando, y la tarde se puso peor por momentos, hasta el punto que el día oscureció, y unos fortísimos truenos dieron paso a una lluvia violenta, que me empapó en poco tiempo, a pesar de correr en busca de un lugar donde cobijarme. Por fin pude resguardarme al abrigo de un cine. Tenía una entrada enorme bajo un edificio. Algo así como una galería. Mi blusa empapada trasparentaba el sujetador, y casi mis pezones, que debido al cambio de temperatura, se pusieron duros. Me introduje mas al interior de la galería.

En vano intentaba sacudirme un poco el agua de mi ropa, cuando apareció por la entrada un chico, empapado totalmente. Cuando levantó la vista, y me vio, esbozó una sonrisa, y poniéndose junto a mí:

Eres lo mejor de esta tarde.

Le agradecí el comentario con una sonrisa. Y mientras movía sus brazos para entrar en calor, pude observarle de reojo.

Tenia rasgos orientales, aunque no exagerados. Sus brazos eran fuertes y bien torneados. La espalda ancha, y unos glúteos bien puestos. Los pantalones vaqueros, dejaban entrever unas piernas fornidas. Era justo la imagen que aparecía en mis fantasías, las noches en las que los fantasmas de la soledad se adueñaban de mi casa.

Los andábamos de un sitio para otro, despreocupados, y como no paraba de llover, nos fuimos acercando el uno al otro inconscientemente, o no tanto. Primero fueron comentarios sobre el tiempo, después de cosas intranscendentes, y al final pasamos a algo más personal. Me dijo que se llamaba Abel, tenía cuarenta y tres años, desde hacía ocho estaba separado. Vivía a poco más de ciento veinte kilómetros de mí, y se trabajaba en el montaje, por lo que viajaba mucho por toda España. Ahora estaba en Madrid visitando a unos familiares, y al igual que yo, se iría a casa mañana, aunque temprano.

Yo le dije que me llamaba Mayolanda, aunque todos me llaman Mayo. Tenía 39 años, y estaba separada desde hacía diecisiete meses. Trabajaba en un restaurante de camarera, y tenía dos hijos de siete y cuatro años. Estaba en Madrid para desconectar.

El aire entraba violento en el recinto, y la sensación térmica descendía por momentos.

¿Tienes frío?

Antes que me diese tiempo a contestarle, paso su brazo por mis hombros, acercándome a él. Era un movimiento que hacía mucho tiempo que no había recibido. Cuando miré su cara, observé que no me miraba, y tenia la vista perdida en dirección a la entrada. No entiendo por qué no le dije nada. Bueno si, porque era agradable la situación, y porque mi cuerpo estaba huérfano de caricias.

La temperatura seguía bajando, y nos metimos todo al fondo que pudimos. Estábamos hablando, agarrados como dos enamorados, cuando un hombre salió del cine.

¿Queréis entrar?. La tarde tiene pinta de no levantar.

Fuimos a contestar pero el hombre se nos adelantó.

No os preocupéis, os dejo pasar, que la película está empezada.

Nos miramos a los ojos, y después de mirar a la entrada y el agua que caía, asentimos, y fuimos detrás del hombre. Cuando abrió la puerta, nos encontramos con unas cortinas, y una oscuridad casi absoluta. Encendió una linterna, y nos acompaño al interior. Cuando nuestros ojos se estaban acostumbrando a la oscuridad, llegaron hasta nuestros oídos unos sonidos que pronto reconocimos. Creo que los dos miramos a la vez a la pantalla, y la escena era de lo más surrealista. Una chica estaba siendo penetrada por tres hombres a la vez.

¿Pero donde nos hemos metido?

Pues parece que en un cine porno. Contestó Abel.

Vamos fuera si quieres. Dijo tirando de mis hombros.

No. Ya que estamos dentro, y con la que está cayendo fuera...

Tomamos asiento en las primeras butacas que encontramos. Cuando los ojos se hicieron a la oscuridad, comprobamos que la sala estaba prácticamente vacía. Durante unos minutos casi no nos movimos, pero al mirarnos, no pudimos evitar estallar en una sonora carcajada. Los pocos espectadores que había, se volvieron hacia nosotros.

Nos agachamos un poco, intentando pasar desapercibidos.

No podía creer lo que me estaba pasando, era demasiado. Pasaron los minutos, y las escenas se sucedían una tras otra. La verdad es que la película era de cierta calidad, para el género que estábamos viendo. Los actores y actrices estaban estupendamente, y los decorados estaban cuidadosamente elegidos. De los diálogos ¡ya se sabe!.

Con mi marido no había visto casi este tipo de películas, a pesar de que él alguna vez cogía alguna en el vídeo club. Y ahora estaba con un desconocido en un cine X, y calentándome por momentos, entre la película y la situación.

A mi lado Abel se removía inquieto, a la vez que me miraba disimuladamente de reojo. Cuando le miraba, una sensación de cosquilleo, se volvía intensa por momentos. Aún no se rozaban nuestros cuerpos, pero una sensación de agitada ansiedad nos hacía temblar prematuramente.

Las luces de la proyección cambiaban los reflejos y las figuras inmóviles de los espectadores, cobraban vida en la sala. El anonimato que nos daba la penumbra reinante, y la poca gente que había hicieron que pasase lo que tenia que pasar, y que yo tanto necesitaba.

Abel acercó su rodilla hasta mi pierna, comenzando a acariciarla moviendo levemente como pidiendo permiso para continuar. Mi inmovilidad le dio el asentimiento que él estaba buscando. Siguió presionando con su rodilla, cada vez con más fuerza. Esta sencilla caricia, hizo que mis pezones se pusiesen tiesos dentro del sujetador.

La mano de Abel se movió furtiva en la oscuridad, hasta posarse en mi rodilla. Después con suavidad, pero con firmeza fue ascendiendo por mi muslo, subiendo con ella la falda. Se entretuvo acariciando mi piel. Yo miré a mí alrededor, para comprobar que nadie nos miraba. Tras comprobar que nadie giraba su cabeza hacia nosotros, me acomodé mejor en mi asiento, y abrí la boca para evitar que algún gemido, delatase nuestros movimientos.

Todos mis sentidos se centraban en la mano que acariciaba y amasaba mi muslo, y en mi fuero interno suplicaba que siguiese sus caricias, y que nadie nos estropease el momento. No apartaba la vista de la pantalla, y me volví a acomodar en el asiento, hasta que apoyé la cabeza en el respaldo.

La mano siguió avanzando hasta encontrarse frente al tanga, seguramente húmedo ya por mi excitación. No hacía ninguna presión, y miré suplicante a sus ojos para que no se detuviese.

Solo entonces su mano presionó sobre mi vagina, resbalando su dedo a través de la tela. Un suspiro salió de mi boca. Un suspiro entrecortado, ahogado en los gemidos de los protagonistas de la película. Tiró firmemente del tanga hacia abajo, pero debido a la postura, y a la humedad de nuestros cuerpos, este no cedía.

Nervioso siguió tirando de él, y ante la imposibilidad de la maniobra, y cuando ya iba a ayudarle, dio dos tirones secos, rompiendo la tira del tanga, y lastimándome un poco mis labios vaginales.

Abel se dio cuenta, y susurró un leve "Lo siento". Volvió a la carga sin desmayo, y yo abrí las piernas para facilitar sus caricias. Se entretuvo en mi pubis, dando rodeos lentos, muy lentos, hasta que su mano contactó con la ansiada humedad de mi coño.

Mis labios vaginales absorbieron sus dedos, que iniciaron una armoniosa masturbación. Alternaba la dirección del clítoris a las cercanías de mi ano.

Estando al borde del orgasmo, olvidé la pantalla y desvié la mirada hacia sus pantalones, clavando mis ojos en su bragueta. Agarré su bulto, y mi deseo de perfección de aquella situación, se hizo realidad al comprobar el gran bulto de su pene.

Froté por encima del pantalón, como si se tratase de una lámpara mágica. Deseosa de tener su pene en mis manos, bajé su cremallera y tras maniobrar hábilmente en su interior (práctica que creía olvidada) me hice con su pene para sacarlo fuera de su prisión. Aquel pene colmaba todas mis expectativas. Jamás había visto nada igual. Duro, largo, me pregunté si aquello podría alojarse en mi interior.

Estuvimos masturbándonos durante unos minutos, hasta que llegué a un clímax electrizante. Aquella mujer que haya tenido un orgasmo en un cine, sabrá lo que digo de los orgasmos ahogados, sordos. Su mano siguió moviéndose lentamente hasta que los restos de mi orgasmo desaparecieron.

Después llevó su mano hasta su nariz, oliendo mi intimo perfume. La luz de la pantalla iluminó su sonrisa. No podía creer lo que estaba sucediendo, y lo que es peor, lo que estaba deseando que ocurriese.

Un asentimiento mío con la cabeza, le indicó lo que sus ojos me pedían a gritos, y lo que mi cuerpo anhelaba. Lo haríamos allí mismo.

Miré de nuevo a los lados, y cuando me iba a agachar entra las filas de asientos, vi, que el hombre que nos había dejado entrar, estaba observando toda la escena desde un lateral. Por un momento me quedé quieta sin saber que hacer, pero mi calentura no tenía vuelta atrás, así que me puse de rodillas en el suelo y tomando el pene con mis manos, comencé a menearlo lentamente.

Abel se recostó en el asiento y me dejó hacer, mientras sus manos acariciaban mi pelo. Lamí su pene en toda su longitud, y me seguía preguntando como me podría meter aquel tótem en mi boca. Aún recordaba el pene de mi exmarido, pero aquello no tenía color. Me sorprendió acordarme de él.

Me decidí a introducirme el pene en la boca, para lo que tuve que hacer verdaderos esfuerzos hasta casi desencajar mis mandíbulas. No exagero un ápice, aquello era descomunal. Sin duda el esfuerzo mereció la pena, porque Abel comenzó a mover su pelvis rítmicamente.

Miré de nuevo a mi lado, y pude comprobar que el mirón seguía todos los avatares. Me pareció que se estaba masturbando, pero no podía asegurarlo, debido a la penumbra de la sala. Seguí con mi trabajito en el pene de Abel, hasta que furtivamente me deslicé sobre él. Coloqué su pene a la entrada de mi vagina, y poco a poco fui descendiendo hasta ir introduciendo el enorme pene en mi interior. Pensé que me partiría en dos, pero a medida que se abría, la tensión se fue convirtiendo en placer, un placer infinito como ya no recordaba.

De espaldas sobre él, movía mis caderas en un imperceptible movimiento, acompasado y ligero, pasando desapercibido para los espectadores. Para todos menos para nuestro mirón.

Sus manos se aferraron a mis pechos, y fue desabrochando mi camisa, hasta que el sujetador quedó a su merced. Bajó sus copas, y por fin tomo mis duros pezones entre sus dedos, jugueteando con ellos.

Un creciente placer nacía de nuestro interior, y cada vez era más difícil que nuestros cuerpos guardasen la compostura. Nuestras pieles se frotaban deseosas, y aumenté mis movimientos. Llevé mi mano hasta mi clítoris, haciendo que mi mano protegiese mi vagina de miradas indiscretas.

Abel metió su mano entre nuestros cuerpos, y alcanzó mi ano con su dedo. Di un respingo de sorpresa. No me penetró, se limitó a acariciármelo, y eso fue el pistoletazo de salida para un tremendo orgasmo que arrasó mi cuerpo a través de mi espina dorsal. No se como pude tener ese orgasmo brutal, y no hacerme daño con su pene inmenso dentro de mí.

Cuando recuperé el resuello, Abel me susurró al oído.

Estoy a punto, pero no tengo condón puesto, y no tengo ninguno

Me quedé quieta. No me había dado cuenta del detalle. Hubiese querido decirle que me llenase de él, pero gracias a Dios la razón se impuso. Tan lentamente como me metí su pene, me lo saqué.

Volví a arrodillarme, y comencé a pajearle, a la vez que con la otra mano le acariciaba sus testículos. No había pasado un minuto, cuando Abel comenzó a eyacular gran cantidad de semen, que fue a parar a mi cara y camisa.

Cuando regresé a mi asiento, el mirón ya no estaba. Sonreí para mis adentros, había hecho disfrutar a dos hombres a la vez.

¿Nos vamos? Me dijo.

Nos levantamos y cuando salimos de la sala, la luz nos hirió los ojos. Cuando recuperamos la visión normal, pudimos observar el estado de mis ropas. Arrugadas, mojadas, y con pegotes de semen.

Abel comenzó a reírse, y a pesar de querer parecer enojada, tuve que reírme también.

Espera aquí que me acicalo en los servicios.

Entré en el servicio de señoras, que estaba bastante deteriorado, y lleno de mensajes en las puertas. Cuando vi reflejada mi cara en el espejo, no pude por menos que sorprenderme. Había hecho una locura y lo sabía. Me juré que en cuanto saliese, aclararía las cosas y me desharía de Abel. Lavé mi cara, limpié como pude mi camisa, y tiré a una papelera los restos del tanga destrozado. Miré de nuevo el espejo, y tras sacudir mi cabeza, me dirigí a la salida. A la puerta estaba el mirón, que con una sonrisa en su cara, hizo un leve saludo inclinando la cabeza. No me detuve ni a mirarle, y aceleré el paso hasta donde estaba Abel. Cuando le vi, nada de lo que había pensado salió de mis labios.

Te invito a tomar algo.

¿A sí?, Con estas pintas?. Si no llevo ni ropa interior. Me la has destrozado

Pero eso solo lo sabemos tu y yo. Después te acompaño y te regalo otro tanga.

Debía estar oca. ¡No! Corrijo, estaba loca, así que acepté. Salimos a la calle, y casi ya no llovía, pero nos metimos en la primera cafetería que encontramos. Nos sentamos en una mesa y pedimos una consumición. Había bastante gente, seguramente refugiándose de la lluvia igual que nosotros, bueno igual, igual, no.

Ha sido una locura. Le dije mirándole a los ojos

¿Te arrepientes de algo?

Creerás que soy un putón fácil. No sé que me ha pasado

Pues ha pasado que has sentido, porque tenias necesidad de sentir. Y ese es un derecho que nadie nos puede quitar. ¿Hemos molestado a alguien? ¿Hemos hecho daño a alguien?. No. Y encima hemos alegrado la tarde al personaje del cine.

¿Tu también le vistes?

Si, me pareció que se estaba masturbando.

Eso me pareció a mí también

Guardé silencio. Eso era lo que había pasado, hacia tanto tiempo que no sentía. Los últimos años con mi marido fueron de una baja carga erótica. No fue culpa suya ni mía, quizás nos fuimos dejando, nos fuimos conformando con ver la vida pasar, sin darnos tiempo a sentir.

Abel apareció de repente, como la tormenta que me empapó. El también me mojó, y me llenó de vida otra vez. Era una fantasía hecha realidad. Fuerte, hermoso, con un miembro viril envidiable, y una forma de hacer el amor que me enloqueció.

Sigo teniendo ganas de hacerte el amor. Me dijo tomándome de las manos

¡Seguro!. Y me lo harías aquí, ¿no?

Le miré y en su cara vi que ese era su deseo. Se levantó y me dijo que le esperase. Le vi alejarse por unas escaleras, y bajar a los pocos minutos. Se dirigió a mí, me tendió la mano, y me dijo que le siguiese. Me guió por las escaleras que había subido antes él. Nos dirigimos a la zona de los servicios, pero no entramos. Seguimos por el pasillo y acabamos en un antiguo reservado, donde mesas, sillones y cajas se amontonaban. Nos dirigimos al fondo, y cuando iba a preguntar que es lo que hacíamos allí, me abrazó y me besó largamente. Me aferré a él tras la sorpresa, y nuestras lenguas exploraron cada rincón del otro. Otra vez la locura, la bendita locura me arrastró a sus brazos.

Antes que me hubiese dado cuenta, ya tenia la camisa abierta, el sujetador desabrochado y los pechos fuera. Agachó la cabeza para besar y lamerlos.

Que pechos más duros tienes. Parecen los de una adolescente.

No era la primera vez que oía esas palabras de admiración al contemplar mis senos. Mi marido estaba loco con ellos.

Se puso a lamerlos con desesperación, agarrándalos rudamente. Después sin dejar de succionar mis pezones, sus manos tomaron mis glúteos, amasándolos a la vez que la falda se enrollaba en la cintura. Nerviosa, miraba hacia la luz, temiendo que alguien subiese y nos viese allí, sobre todo a mí, que estaba prácticamente desnuda.

Se puso de rodillas y fue descendiendo sus labios hasta mi monte de Venus. Allí su lengua jugueteaba con mi cuidado pubis. Separé un poco las piernas para facilitarle la labor, que yo ya deseaba que comenzase, pero su lengua recorría todos los alrededores, menos mi vagina, que desesperada estaba pidiendo a gritos un poco de atención.

Se aferró a mis nalgas fuertemente, y su cara se hundió entre mis muslos, a la vez que su lengua comenzó a recoger los líquidos que manaban de mi interior. Pareció que los sillones se movían, y que el mundo giraba más deprisa, hasta el punto de tener que agarrarme al respaldo de uno de ellos, para evitar la caída.

En un alarde de equilibrio, puso una pierna sobre su hombro, y así mi vulva quedó más expuesta. Con desesperación me agarré a su cabello tirando de él, pidiendo a gritos que me follase. Pero no era lo que yo quisiera, sino lo que él quisiera hacer, así que siguió trabajándome, a la vez que sus dedos rozaban continuamente mi virginal ano. Lancé mi cabeza hacia atrás para tomar el aire que ya notaba que me faltaba, y fue en ese instante cuando noté que me elevaba, como si careciese de peso. Abel me había levantado al vuelo, para después dejarme caer en uno de los sillones. Y allí desconcertada me quedé, con las piernas abiertas y separadas, esperando lo que el amo de mis emociones tuviese preparado.

Sacó de su bolsillo un envoltorio, que tras abrirlo, resultó ser un preservativo. Después me lo dio para que fuese yo quien se lo pusiese. Sacó su pene bajándose los pantalones y el calzoncillo. Nerviosa se lo fui a colocar. Hacia tiempo mucho tiempo que no había colocado uno, y ahora tenía ese descomunal miembro palpitante frente a mí. Se lo fui a colocar, pero se zafó de mis manos y me lo colocó delante de mi boca.

¿No la preparas antes?

No sabía que tuviese que prepararla, pues su tamaño y dureza, no hacían pensar que necesitase ninguna ayuda. No obstante, se la agarré para después comenzar a lamerle, y a dilatar mi boca para ese pene.

No lo debí hacer tan mal, pues enseguida comenzó a menearse en mi boca. A pesar de hacerlo con cuidado, hubo alguna ocasión en la que me dio alguna arcada. Después de unos minutos de tratamiento en su pene, le fui colocando el condón, no sin ciertas precauciones para no romperlo, ya que evidentemente, necesitaba una talla más grande. Cuando estuvo colocado, pasé mis labios por toda su longitud, para lubricarlo.

Volví a tumbarme de espaldas, abriendo y elevando las piernas, esperando así a mi dueño, pues así lo sentía en esos momentos. Pero Abel, en lugar de penetrarme, me tomó por la cintura, y con un rápido movimiento me giró, quedando boca abajo. Con otro rápido y firme movimiento, me colocó a cuatro patas.

No me acabé de acomodar, cuando sentí que su pene tocaba la entrada de mi vagina, y antes de que pensara en nada, noté como dio un golpe de riñones, metiendo más de la mitad de su pene. Otro empujón y estuvo toda dentro. Un gemido y un suspiro salieron de mi boca cuando noté como la punta chocaba contra el fondo de mi coño.

Se agarró a mis caderas, y comenzó un furioso mete y saca. Miré el escenario. Un lugar lleno de caos y suciedad. Una postura totalmente entregada. Un desconocido barrenándome el cuerpo, que no haciendo el amor. Y yo totalmente enloquecida, sexual, una verdadera zorra es lo que me sentía. Me cogió los pechos a la vez que su pene seguía martilleando mi vagina, y entonces llegaron los espasmos que hicieron que me retorciese ante la llegada de mi orgasmo. No pude pensar en que nos podían oír, y grité y gemí hasta que Abel tapó mi boca. Solo entonces me percaté de donde estábamos. Apoyé mi cara contra el tapizado, para ahogar mis gritos, mientras Abel seguía bombeando en mi interior.

Comencé a notar los espasmos de su eyaculación, cuando cogiendo mi pelo a modo de riendas, tiró hacia atrás de mi cabeza. Sus gritos eran ahogados, y sus sacudidas hacían que pareciese que iba a salir despedida. Después de unos cuantos latigazos más, se apoyó en mi espalda, a la vez que notaba que su pene perdía su tamaño.

Agarró su miembro y el condón, para que este no se saliese al salir de mí, y se fue retirando. Al salir todo su pene, tuve la sensación de quedarme vacía. Me mantuve unos instantes en la misma posición, hasta que fui recobrando la normalidad. Cuando me di la vuelta ya se había colocado los pantalones, y estaba mirándome con cara divertida, y con el preservativo aún en la mano. Me senté el sillón, y miré mis pintas. Así no podía salir a la calle.

Como si me hubiese leído el pensamiento, Abel me dijo que me arreglase, que me esperaba abajo e iríamos a unos grandes almacenes a comprar algo de ropa.

Tardé unos minutos en bajar. La imagen que se reflejaba en el espejo era mucho peor que la que vi en el cine. Me arreglé la ropa como pude, y con lo que tenía en el bolso, me puse manos a la obra de arreglarme.

Cuando bajé, Abel ya había pagado las consumiciones, y me esperaba de pié junto a las escaleras. Contra todo lo que yo me temía, la gente no reparó en mí. Me tomó de la mano y salimos del local, en dirección a los grandes almacenes.

¿Sabias que había ese reservado arriba?

No, fui al servicio y lo vi. Pensé que seria un buen lugar para hacerte el amor. Esta vez tomé la precaución de comprar los condones en la máquina expendedora.

Caminamos cogidos de la mano. Al mirarle, me preguntaba que es lo que estaba haciendo allí con un extraño, del que apenas sabía nada, y que esa tarde ya me había follado dos veces. Y lo peor de todo es que la situación me gustaba. Mientras hablábamos, a mi mente venían las imágenes de lo sucedido minutos antes, y alguna sonrisa se me escapaba.

Le invité a pasar la noche conmigo en mi hotel, pero se excusó diciendo que tenía que cenar con sus familiares, y que no podía excusarse para no ir. Quedé un poco decepcionada. Empecé a pensar que después de haberme follado desaparecería. Un atisbo de enfado comenzó a nacer en mi interior, pero su sonrisa al hablar, diluyó este antes de nacer.

Llegamos a los grandes almacenes, y subimos directamente a la sección de mujer. Cogí varias prendas, faldas, vestidos, alguna camisa y camisetas. Iba a aprovechar para hacer las compras que no pude realizar antes.

Espera aquí mientras me pruebo esto

¿No quieres que te ayude a elegir?

Ya me has ayudado bastante por hoy Abel.

Me metí en uno de los vestuarios del fondo, y me desvestí para ir probándome toda la ropa. Dejé la ropa que me quité en un lado, ya que no me la pondría. A los pocos minutos de estar dentro, Abel llamó a la puerta.

Te he cogido unas prendas. Abre a ver si te gustan.

Abrí la puerta, y por la abertura aparecieron unas pequeñas perchas de las que colgaban unos diminutos tangas. Detrás de ellos apareció la eterna sonrisa de Abel.

Espero que te gusten, aunque me ha dicho la dependienta que no te los puedes probar.

Antes de que cerrar la puerta de nuevo, Abel ya se había metido dentro.

¿Pero que haces?. Que te pueden ver

No te preocupes, hay mucho movimiento de gente. Además solo te voy a ayudar con la ropa.

Hice un gesto de asentimiento, y por el espejo pude ver que se apoyaba en una esquina del probador. Por mi desnudez y una pequeña corriente de aire frío que entraba por la parte superior, mis pezones se pusieron tiesos. No pasó desapercibido para Abel, que se abalanzó sobre mí cogiéndome por detrás, acariciando mis pechos y besándome el cuello con dulzura.

Estáte quieto. ¿Es que no has tenido bastante?

Contigo no tengo bastante nunca.

Mi resistencia no duró mucho, entre otras cosas porque no había deseos de tal resistencia. Abel no era un hombre, era un demonio que se había apoderado de mi mente y de mi cuerpo. En unas horas, la mujer casi muerta para el sexo, con un deseo adormecido, había pasado a ser una hembra caliente, capaz de derribar todas sus barreras en una sola tarde.

Me apoyó de bruces contra la pared que estaba junto al espejo. No fue un movimiento sin pensar, todo lo contrario, así podíamos ver nuestra imagen reflejada en él. La pared estaba fría, y mis pechos se pusieron duros por efecto de la temperatura. Abel con una sola mano me mantenía los brazos en alto. Mirando de reojo, pude ver en el espejo como se iba quitando las prendas de ropa, hasta quedar totalmente desnudo. Después de follarme dos veces, por fin le iba a ver desnudo.

Su cuerpo resultó ser como me lo había imaginado, mejor aún diría yo. Ni un gramo de grasa aparecía en aquel cuerpo que parecía esculpido por un escultor. Nada desentonaba en él, todo parecía estar en su sitio para que yo hiciese realidad las fantasías que tantas noches me habían servido para masturbarme en mi cama.

Tomó un preservativo y se lo colocó hábilmente con una mano. Dejó mis brazos en alto y cogiéndome de la cintura, hizo que me doblase ligeramente.

Comenzó a besarme desde el cuello hasta mis glúteos, pasando por cada centímetro de mi espalda. Siguió por cada una de mis piernas, y separó estas. Se colocó debajo, y con la punta de su lengua comenzó a dar pequeños toques en mi vagina. Mi clítoris sensible por las caricias recibidas por su pene, estaba sensibilizado a más no poder.

Cuando mis jugos bajaron hasta su cara, volvió a colocarse detrás de mí. De nuevo su miembro se apoderó de mí, sin compasión, sin dulzura, con la brutalidad del amo con su esclava. Y así me sentía yo, una esclava, un juguete en manos de su señor.

Le veía en el espejo penetrarme una y otra vez. Me parecía increíble que aquello cupiera en mi vagina. De vez en cuando, la sacaba entera, y cuando la punta estaba a punto de abandonar mi interior, daba un golpe seco de riñones, y su pene volvía a introducirse saliendo el aire por mi boca a borbotones. Nuestros jadeos eran adormecidos en nuestros labios, el climas se apoderó de aquel probador.

Puso una mano en mi nuca, y haciendo presión me indicó que me agachase más. Cogió mis brazos, y tirando hacia atrás, me montó como a un corcel. Me hizo daño, pero el placer era tan intenso, que lo tapó. Metió uno de sus dedos en su boca, y como si fuera un diminuto pene lo fue moviendo en su interior.

Algún día te follaremos dos pollas a la vez. ¿Te gustaría putita mía?

Lo que tu digas Abel, pero sigue moviéndote que estoy a punto de correrme.

Mis palabras producto del paroxismo, animaron más a Abel, que aumentó su ritmo de follada. En el espejo pude ver como cada músculo de su cuerpo se aplicaba en la producción de placer. Sus manos no paraban de acariciarme, y un dedo juguetón se posó en la entrada de mi virginal ano. Di un respingo al sentir la presión del dedo, y acto seguido un orgasmo brutal sacudió mi cuerpo. Me retorcí sobre el pene que me tenia prisionera, y no solo físicamente. No se como hice para no lanzar ni un solo sonido, pero fuese como fuese, fue un orgasmo brutal pero discreto.

Abel seguía bombeando, y apoyado sobre mi espalda, con sus manos asiendo mis dos pechos, noté como sus músculos se tensaban, y como su cara comenzaba a tensarse, síntomas claros de su próximo orgasmo. La inoportuna voz de la dependienta, hizo que parásemos en seco.

¿Va todo bien señora?

Si, es que no me acabo de decidir. Fue mi respuesta, entrecortada, y sin credibilidad alguna.

Cuando la dependienta se retiró, Abel sacó el pene de mi interior.

Chùpamela y acabemos con esto.

Le quité el condón de un tirón, y me puse de rodillas para darle a aquel macho el placer que me pedía. Mientras lamía en toda su extensión, con una mano iba pajeándole. A pesar de las dos eyaculaciones que había tenido, su miembro estaba totalmente hinchado. Pude apreciar sus venas marcadas y azules, y sus palpitaciones precediendo a su inminente orgasmo.

Abre la boca, quiero correrme en ella

No hice lo que me decía, porque no me gustaba tragarme el semen, solo una vez lo había hecho, y no me gustó.

Abre la boca. Volvió a decir mientras los primeros chorros de semen salían disparados hacia mí.

Mientras seguía eyaculando, iba frotando su pene contra mis pechos, mirándole a la cara, y disfrutando con su placer. Poco a poco, los movimientos desaparecieron, hasta quedar totalmente relajado. Ahora sí que su pene se rindió a la evidencia, y tras duras batallas, emprendía una retirada, volviendo a su estado natural. A través del espejo pude ver una divertida escena. Los dos desnudos. Abel con su pene flácido goteando aún semen, y yo de rodillas con mis pechos embadurnados del mismo fluido.

¿Y ahora?. Preguntó Abel divertido.

Por toda respuesta, procedí a limpiar su pene con la camisa que tenia en el suelo, y tras dejársela bien limpia, la besé con todo amor. Después con la misma prenda procedí a limpiarme los pegotones que ya corrían por mi vientre. Ahora sí que estaba hecha un asco total. Me di un poco de colonia, y procedí a extendérmela por el cuerpo. Mientras Abel se vestía, yo me puse una camiseta ajustada, una falda corta, y uno de los tangas que me había traído Abel. Guardamos las etiquetas para pagar dichas prendas, y tras recoger la ropa sucia, y las demás prendas, pasamos a que la dependienta nos cobrase. Cuando estuvimos junto a ella, pudimos comprobar que se había percatado de todo lo que había pasado. Le pedí una bolsa para la ropa sucia, y al dármela, me hizo comentarios sobre lo difícil que es quitar algunas manchas. Todo esto sin quitar la vista de Abel.

Salimos de los grandes almacenes riéndonos. Cuando llegamos a la calle, la tarde se había quedado espléndida. Abel se me quedó mirando a los ojos, y tomando mi barbilla, me dijo.

Eres la mujer más maravillosa que he conocido en mi vida.

Me pidió mi dirección de correo o mi teléfono, y le di solamente el primero, aún no sé por qué. Me pareció que su cara reflejó una pequeña decepción.

Salimos a pasear, por las calles, hasta que se hiciese hora de despedirnos. Así ya más tranquilos, pude enterarme demás cosas de él.

Al preguntarle el por qué se había separado, me dijo que era porque su pareja no podía seguir su ritmo sexual, pero como me lo dijo riendo, no le creí. Trabajaba en el montaje, lo que hacía que estuviese constantemente viajando por toda España. Seguimos hablando de cosas intranscendentes, y así se hizo la hora que nos teníamos que despedir. Me dio su número de teléfono, y me preguntó si le llamaría.

Claro, en cuanto llegue a casa.

Se despidió de mí a la puerta de un taxi. Fue un beso lleno de ternura, que me hizo estremecer. Cuando el taxi arrancó, me volví hacia atrás, y le vi de pié agitando su mano. Tuve la impresión de que no le volvería a ver. Y fue entonces cuando se me ocurrió acudir a la estación temprano para despedirme de él.

A la mañana siguiente, aparecí en la estación de tren. Me había puesto una blusa azul, con una falda muy corta, zapatos de tacón y dejé el sujetador en casa. Un tanga diminuto completaba mi atuendo. Si Abel me lo pedía, me iría con él en el tren hasta su ciudad, de allí yo volvería a casa. Si no hubiese sido por mis hijos, hubiese sido capaz de dejarlo todo.

Dejé la maleta en la consigna y paseé por la estación nerviosa. A los diez o quince minutos, Abel aparecía por la puerta de entrada. Se sorprendió al verme, y me recibió con su habitual sonrisa, esa que me había cautivado.

Nos abrazamos y nos besamos allí en mitad de la gente. Al sentir el contacto de su cuerpo junto al mío, una sensación de euforia recorrió mi cuerpo. Seguí besándole y al acercar mi boca a su oído le susurré.

No llevo sujetador, y me gustaría que me follases aquí mismo.

Pensé que me arrastraría a los servicios y me poseería como lo hizo el día anterior, pero su respuesta fue más fría de lo que yo me esperaba. Me quedé un poco cortada, pero pensando que seria una travesura suya, seguí diciéndole al oído lo que me gustaría que me hiciese, y sutilmente puse mi mano en su paquete. Me la retiró con firmeza.

Ahora no, que el tren estará a punto de llegar. Además hay mucha gente aquí.

Le miré a los ojos, y pude comprobar que estaba diciéndolo en serio. Empecé a sospechar que después de haberme follado cuando y donde él quiso el día anterior, ahora me estaba diciendo de una forma más que burda que pasaba de mí.

Me separé de él y en un tono bajo pero enérgico, le hice saber que pensaba que era un cerdo. Que después de follarme a su antojo, no fué capaz de haberme dicho adiós. Que ahora era yo la que estaba caliente y él no estaba dispuesto a satisfacerme.

Ayer que yo sepa no te violé, y si tan necesitada estás, aquí hay muchas pollas que seguro se brindarán a poseerte.

Aquello me dejó helada en un primer momento, pero la furia de mujer comenzó a ascender de mi estómago hasta mi boca, y tras pronunciar una retantaila de palabras soeces e insultos, dirigí mi mirada a la sala, y fijando mis ojos en un chico joven, que estaba mirando unas revistas eróticas en el quiosco de prensa me dirigí a él.

Tú lo has querido

Con paso firme me fui hacia el joven ante la mirada de Abel.

Disculpa, ¿me puedes indicar donde están los baños?

El chico cuando se giró, casi se desmaya, pues me había desabrochado dos botones de la camisa, y mis pechos se asomaban descaradamente para el que quisiera verlos.

Allí al fondo. Me dijo señalando una esquina, sin apartar la mirada de mis pechos.

Igual me acompañas para que no me pierda. Dije en tono meloso.

El joven dudó unos instantes, como si no se lo acabara de creer. Pero al mirarle según me dirigía a los servicios, arrancó y se coloco a mi lado. Miré a Abel, y pude comprobar que me seguía con la mirada, con la sonrisa burlona, dándome a entender que no se creía que fuese a hacerlo. Aquello me hirió más en mi orgullo propio, y tras coger al joven de la mano, le arrastré al interior del servicio de señoras. Afortunadamente no había nadie.

Le metí en el interior de una de las cabinas, y me abalancé sobre él, dándole un morreo, que casi le deja sin respiración. El joven con eso, se liberó de toda suspicacia, y metió su cabeza entre mis pechos, a la vez que torpemente metía su mano bajo mi falda. Estaba claro que le faltaba experiencia y le sobraban energías. Apartó el tanga, y metió sus dedos en mi vagina. Tuve que detenerle un poco para que no me destrozase la ropa. Le volví a besar, a la vez que mi mano se dirigía a su paquete. Nada que ver con Abel pensé para mis adentros. Le bajé la cremallera mientras se apoyaba en la pared para no perder el equilibrio.

Estaba fuera de mí, había sido tratada como una verdadera zorra, y después rechazada, y aquello había sido muy fuerte. Ahora me vengaría follandome a ese joven, y guardando su semen en mi interior. Le daría en sus narices a Abel.

Saqué su pene, ya tieso por completo, y me senté en la taza del inodoro. Me subí un poco la falda para masturbarme delante de él, a la vez que le comenzaba a hacer una paja. Estaba fuera de mí, dispuesta a todo, a todo…..

Acerqué mi boca a su pene, y cuando abría la boca para engullirlo, algo dentro de mí estalló. Fue como si me viese desde fuera de mi cuerpo. Me vi como una verdadera puta, una zorra lujuriosa, y no por deseo de serlo, sino por venganza hacia alguien que había conocido el día anterior.

Aquellos pensamientos me frenaron, y me quedé mirando al pene del chico, con una mano agarrándola y otra en mi entrepierna.

¿Pasa algo?.

No puedo hacerlo, lo siento.

El joven me miró perplejo.

Pero si fue usted la que me trajo aquí. No me deje así por favor.

Lo siento, no puedo.

Salí de los servicios, y al salir a la sala, allí estaba Abel, esperándome.

Solo quería saber si lo harías.

Pues ya ves que no. No soy tan zorra como piensas.

Ya lo sé.

Me tomó de la barbilla, depositó un beso en mis labios, y se dirigió al andén. Entonces supe definitivamente que no le volvería a ver.

Cuando le perdí de vista, fue cuando me fijé que la gente me miraba. Tenía prácticamente los pechos al aire, porque no me había dado cuenta de abrocharme los botones. Despacio, cansinamente me los fui abrochando, sin importarme que la gente mirase y murmurase.

Me dirigí a la salida de la estación, y al mirar hacia atrás, vi al joven que salía de los baños, con su mochila al hombro. Sin duda se había entretenido en aliviar la tensión que yo le había producido. Murmuré un lo siento mientras los rayos de sol de un día del mes de agosto, acariciaban mi cara.

Por la tarde volvería a la estación para tomar el tren que me llevaría a mi casa, donde despertaría de un sueño, del que solo me quedaban los recuerdos y un ligero escozor en mi vagina.