| ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| desnudas | desnudas gratis | embarazadas | en pelotas | enfermeras |
| estrellas porno | estrellas porno gratis | fetichista | fetichista gratis | fotos |
Sexo Amateur | Fotos Amateur | Fotos Amateur | Sexo Jovenes
Fotos Porno Gratis y Videos Gratis, mas de 40 categorias de sexo con miles de galerias de fotos y videos porno gratis actualizados a diario..Sexo Gratis, Vídeos Porno, Fotos de Sexo y mucho más gratis. Actualizamos a diario sexo hardcore, lesbianas, orgías, diosas, anal, jovencitas, muchos vídeos ...Busca Sexo Gratis de sitios de sexo gratis en español encuentra lo que quieras... sexo gratis videos porno fotos de sexo gratis videos de sexo gratis sexo ...
Como en casi todas nuestras webs os obsequiamos con un mini relato que podras seguir leyendo:
Asumiendo el papel de forzada anfitriona que le habíamos impuesto, Marina nos condujo hasta el salón y, pese a que tanto Maruja como yo nos resistimos tenazmente, se empeñó en servirnos un café con pastas.
—Parece simpática nuestra nueva vecina —comentó Maruja cuando la aludida nos dejó a solas para preparar el inevitable café.
—Sí que lo parece, sí.
—Y, a juzgar por su vestimenta, debe ser muy moderna.
—Eso parece, sí.
—¿No crees que tiene unas tetas muy grandes para que sean naturales?
—Pues, la verdad, no me había fijado en ese detalle.
Maruja sabía, tan bien como yo, que mentía como un bellaco; pero sobre estas cuestiones nunca discutíamos. También yo sabía que ella estaba colada por el Richard Gere de la puñeta y no se privaba de, en algunas ocasiones, echarme en cara lo poco que me parecía a él. No me molestaba, porque yo a mi vez le decía que cualquier semejanza entre ella y la Pamela Anderson era pura coincidencia. Al final, siempre acabábamos riéndonos los dos, aunque por dentro nos quedara nuestro resquemorcillo.
Cuando Marina regresó portando en una bandeja todo lo preciso para agasajarnos, buena parte de las manchas de pintura que adornaban su cuerpo habían desaparecido, excepto las que se supone eran más rebeldes.
Como siempre suele ocurrir cuando dos mujeres se juntan y sólo un hombre queda por medio, la presencia de éste es casi testimonial e interviene poco, por no decir nada, en la conversación.
Tal fue mi caso y no hizo falta mi concurso para que Maruja empezara a asignarme misiones y compromisos, quizá en su noble afán de presentarme como todo un manitas a la vista de la nueva vecina.
¿Que aún tenía las cortinas sin colocar?
—No te preocupes —decía Maruja, que había establecido el tuteo a las primeras de cambio—. Mi Manolo es un artista en colocar cortinas y te echará encantado una mano. ¿Verdad que sí, Manolo?
Y Manolo, que era yo, asentía con la cabeza.
¿Que aún había puertas y ventanas por pintar?
—Mi Manolo sabe hacerlo como nadie y te ayudará en lo que haga falta. ¿Verdad que sí, Manolo?
Manolo asentía.
¿Que el grifo de la cocina goteaba?
—Mi Manolo es único en asunto de grifería y te resolverá el problema en un santiamén. ¿Verdad que sí, Manolo?
Manolo, evidentemente, no podía negarse a favor tan trivial.
¿Que la luz del recibidor fallaba?
—No hay nadie como mi Manolo para asuntos de electricidad. En casa hasta cambia los plomos cuando se funden. Déjalo de su cuenta y ya verás cómo te lo soluciona. ¿Verdad que sí, Manolo?
Y Manolo empezaba a echar ya sus cuentas y calculaba que, de seguir así las cosas, iba a tener trabajo para un mes. Pero, ¡qué remedio!, a todo seguía diciendo que sí.
Menos mal que no salió a relucir ningún reloj estropeado, porque en eso sí que Manolo no tenía nada que hacer.
Mas, coño, mira tú por dónde. Con razón se dice que no hay mal que por bien no venga.
No es que a mí me resultara ingrato echar una mano a la vecinita en lo que hiciese falta, pues para eso están los vecinos; pero sí que me jodía bastante la perspectiva de no poder asistir a mi acostumbrada partidita de dominó con los amigotes, costumbre vespertina que se remontaba a años y años.
Y es que, de principio, mis intenciones con Marina no contemplaban, ni remotamente, otra cosa que no fuera prestar la ayuda acordada.
Con lo que no contaba era con su enorme gratitud.
—La verdad, Manolo, es que no sé cómo pagarle todo lo que está haciendo por mí —era su frase favorita de cada día, una vez terminada la correspondiente faena.
—Nada, nada —era mi invariable respuesta—. Para eso estamos.
Y aquí creo llegado el momento de explicar, aunque ya más de uno lo habrá deducido, que Marina vivía sola.
Durante casi un año había convivido con su novio, en la casa de éste; pero, harta de mantener a un gorrón, decidió mandar al novio y a su casa a hacer puñetas y de aquí que se hubiera venido a habitar el nuevo piso, aprovechando que le había salido un buen trabajo, como diseñadora en una agencia de publicidad, que le permitía no tener que depender de nadie y alquilar su propia vivienda, rémora esta última que al fin podía superar.
Por poco que uno hiciera, con tanto roce era inevitable que entre Marina y yo empezara a existir una mayor confianza y hasta surgieran las primeras bromas, dando lugar a que el ambiente fuera cada vez más relajado y nuestras conversaciones más atrevidas.
Por otra parte, no sé si como consecuencia de esa mayor confianza o por otras razones menos inocentes, Marina fue poco a poco dejando el recato inicial y lo mismo me recibía trajeada como con ropa de cama, con lo que cada vez su cuerpo iba teniendo menos secretos para mí, pues a veces me sorprendía con cada modelito que para qué las cosas.
Al principio me limitaba a mirar, ver y callar; luego, a medida que yo era tocado, me fui acostumbrando también a tocar. Y así se fue enredando la madeja hasta que hubo momentos en que parecía que el piso se nos quedaba chico de lo juntitos y apretaditos que estábamos.
El instalar los rieles para colocar las cortinas me llevó lo indecible. Hacer los correspondientes taladros para colocar los soportes me obligaba a utilizar una escalera plegable y posicionarme en una altura desde la que los escotes de Marina, siempre atenta a mi lado para entregarme los tacos, tornillos y cuanto iba precisando, me ofrecían unas panorámicas que dificultaban enormemente la tarea y distraían mi atención, haciendo que cada dos por tres se me cayeran de las manos los accesorios que ella me iba dando.
Marina se lo tomaba a risa y yo no sabía qué hacer, si reír, llorar o lanzarme sobre ella y dar rienda suelta a mis instintos, que notaba cada vez más desbocados y difíciles de sujetar.
Y un nada fatal accidente vino a precipitar lo que ya se veía venir, pues cada día estaba más claro que tanta risa, tanto cachondeo y tanta familiaridad no podía acabar de otra forma.
Ocurrió tras la colocación definitiva de una de las célebres cortinas. Me disponía a descender de la escalera, di un traspié y ni hecho a propósito me habría salido mejor la cosa.
Lógicamente, me caí; pero fui a caerme sobre Marina, que me sirvió de más que confortable colchón para amortiguar el golpe. Allí quedamos los dos tumbados sobre el suelo, ella debajo y yo encima, muertos de risa (para no variar) una vez comprobado que no habíamos sufrido daño alguno.
Y después de la risa, una súbita y tensa seriedad. Ella me miró, yo la miré, los dos nos miramos y no hizo falta más.
Oprimidos por mi pecho, los suyos parecían querer buscar una salida a través del escote. Por fin pude contemplar en directo sus grandiosas areolas coronadas por aquellos dos estupendos pitones que tantas veces había visto remarcados bajo la tela.
Mi boca titubeó entre entrar directamente al trapo o pasar previamente por la suya, que se me insinuaba entreabierta. Para no quedarme del todo con las ganas, di un ligero lametón al pezón que me cogió más a mano y después pasé a cumplimentar a aquellos labios cuya llamada parecía ser más apremiante.
Y vaya si era apremiante el reclamo. Bien creí que, en lugar de una lengua, era una culebra lo que se introducía en mi boca. Lejos de achicarme, le respondí con la misma moneda y entrambos entablamos un pugilato por ver quién alcanzaba antes las amígdalas del otro.
Viendo lo en serio que se tomaba el asunto, recapacité sobre la marcha y dejé que se alzara con la victoria: la galantería es la galantería. Después de todo, aquello no dejaba de ser sino una simple escaramuza y aún quedaba mucha guerra por delante. Y a eso es a lo que me apliqué.
Para empezar, disponiendo como disponíamos de una excelente cama en su dormitorio (la conocía perfectamente porque también tuve que arreglarle una pata que andaba un poco floja), no había ninguna necesidad de andar rodando por el suelo. Así que, tan pronto como pude, me puse en pie y, tratando de emular a los galanes de cine, pasé mis brazos por debajo de su cuerpo y traté de izarla para transportarla gloriosamente al dormitorio.
No fue buena idea aquélla. O lo de los galanes tenía truco, o yo no andaba lo bastante fuerte o Marina no era lo que puede decirse un peso mosca. Sea como fuera, después de varias tentativas y notando que mi espalda empezaba a resentirse, no tuve más remedio que desistir del romántico procedimiento y optar por el más prosaico pero efectivo de ayudarla a ponerse en pie también y que fuera caminando por su cuenta hasta el lecho.
Yo, que estaba por entonces atravesando una de esas épocas de abstinencia mensual, iba ya que me salía, a pesar del molesto dolorcillo que se me había fijado en la región lumbar después de mi frustrado acto caballeresco.
Al menos, en la manera de desnudarnos, sí emulamos a los amantes de las películas. Fuimos dejando un reguero de prendas a lo largo del pasillo y, cuando llegamos al dormitorio, sólo nos restaba quitarnos los zapatos, tarea que a mí me llevó algo más de tiempo porque, al desenlazar uno de los cordones, se me formó un nudo de mil pares de cojones y me vi negro para deshacerlo, casi dejándome las uñas en el intento.
Aquel nuevo percance me desentonó un poco, pero no me hizo falta más que ver, tendido boca arriba cuan largo era, el saleroso cuerpo de Marina para que toda mi energía vital se concentrase de nuevo en el lugar adecuado.
Volvimos a unirnos en otro de aquellos serpentinos besos, pero ya mis manos trotaron voraces por las muchas e interesantes regiones de su anatomía, haciendo un obligado alto en aquellas tetas que tantos calentones inútiles me habían proporcionado.
Tampoco sus manos se mostraron menos revoltosas y ya desde un principio buscaron una meta muy concreta, que no tardaron en alcanzar.
Por lo visto, su necesidad no era menor que la mía o era una mujer eminentemente práctica que no gustaba de perder el tiempo en tonterías, pues sin mayor preámbulo me pidió:
—¡Fóllame ya! ¡Métemela hasta el fondo!
Y cuando una dama hace tan delicada y educada solicitud a un caballero, éste no puede en modo alguno negarse y yo no iba a ser menos; sin embargo, no era cuestión de precipitarse.
—¿Así? ¿Sin condón ni nada?
—Conmigo no necesitas de esas cosas.
No quedaba más remedio que confiar en su palabra y, actuando en consecuencia, con un tino que me resarció de errores anteriores, planté mi árbol en su huerto, sepultando en él hasta la última hoja, y a los dos o tres meneos ya estaba Marina agitándose como un mar en tempestad en el que sus tetas semejaban sendos tsunamis fuera de control.
—¡Más! ¡Más! —pedía. Que digo pedir: exigía.
Y como más cantidad no podía ofrecerle, trataba de suplir la falta a base de imprimir más velocidad a mis movimientos, con lo que el dolorcillo lumbar se hacía más y más jodido.
—¡Más! ¡Más! —seguía clamando ella como un disco rayado.
«Como no te meta un brazo con el puño cerrado y después lo abra», pensaba yo, al límite ya de mis posibilidades.
Con mis casi dieciocho centímetros, nunca me había visto en tal tesitura. La chochera de Marina tenía que ser de campeonato, sólo apta para mísiles de largo alcance, pues la verdad es que yo ya no podía meterle más y su fondo, si es que existía, pues hasta de ello me hizo dudar, no lo alcanzaba ni de coña. Y el dolor lumbar, que seguía diciendo aquí estoy yo.
¡Pero ni dolor ni leches! En mis cuarenta y cinco años jamás había fallado follando y no estaba dispuesto a darme por vencido. Así que arrecié con todo y, aún a riesgo de hacerme polvo la espalda o sufrir un ataque cardíaco, por cojones me salí con la mía y Marina experimentó un orgasmo que más pareció un maremoto.
Me costó mi buena sudadera, pero dejé el pabellón bien alto, demostrándole que Manolo no sólo servía para colgar cortinas y cambiar fusibles. Y además, como ya llevaba mis buenos veinte días sin derramar una gota, cuando me llegó mi turno le solté tal cantidad de caldo que ni aquella olla que tenía por coño fue bastante para contenerlo todo y se vio desbordada.
Tuve que estar una semana en cama con la dichosa lumbalgia, pero ante Marina quedé como un tío de pies a cabeza. Tanto es así que cada dos por tres venía a casa para pedirme que le desatascara tal o cual cañería, aunque el problema siempre se solucionaba atascando bien atascada la suya propia.
Y Maruja, a todo esto, tan encantada de tener un marido tan apañado.
—¡Es que como mi Manolo no hay nadie! —decía con orgullo.
—¡Qué razón tienes, Maruja, qué razón tienes! —la secundaba Marina, para a renglón seguido sacar a relucir un nuevo problema de fontanería.
Tres años tuvimos a Marina como vecina y, ciertamente, no le dejé tubería sin tocar en todo ese tiempo.