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Mini relato Gay
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- El año pasado, a principios de julio, hacía mucho calor y estaba todavía en Madrid, trabajando y soñando con las vacaciones. El domingo por la mañana fui a la piscina del barrio, a ver si ligaba algún buen rabo al que ofrecer mi ansioso culo para que lo penetrase y descargase buenos chorros de semen. Me llamó la atención cómo me miraba un hombretón ya bastante mayor, grueso, fuerte y con mucho vello, un auténtico macho. Yo daba un cante, todo depilado como siempre voy, lo que hace lucir mi pecho, mi vientre liso y mis piernas de muslos afeminados. Un pequeño tanga rosa exhibía mis nalgas redondas y levantadas. Fui hacia las duchas y el hombretón me siguió y entró detrás de mi. En ese momento no había nadie más y el hombre me cogió las nalgas y me hizo arrodillarme ante él. Se bajó el bañador y su polla y sus huevos quedaron al aire. Tenía un rabo largo y grueso que me metió en la boca, aplastando mi cara contra el denso y rizado vello de su bajo vientre. Después de follarme la boca durante un rato, me puso de pie contra la pared, me levantó los brazos por encima de mi cabeza y los sujetó contra la pared, me hizo separar un poco los pies y me penetró. Metía y sacaba la polla con fuerza y mientras me sujetaba los brazos en alto con la mano izquierda, su mano derecha recorría mi cuerpo estrujándome los pechos, acariciándome el cuello y el vientre y de vez en cuando dándome fuertes azotes en la nalga derecha. No se corrió rápido, ni mucho menos. Estuvo como diez minutos o más metiendo y sacando la polla en mi culo. Cuando por fin se corrió, yo estaba realmente a mil y mis gemidos habían atraído varios bañistas, que entraron a las duchas a ver cómo me follaba. Cuando sus chorros de semen entraron en mi intestino apreté mis esfínteres para ordeñarle al máximo. Cuando terminó de correrse y sacó su polla, noté como el semen escurría entre mis nalgas. Mientras nos duchábamos, el desconocido me dijo que se llamaba Alberto y llevaba un camión de transporte de frutas y que iba a cargar al sur, para volver a descargar en Madrid. Me preguntó si quería hacer un viaje con él para echarme unos cuantos polvos. La verdad es que yo había hecho auto-stop varias veces y en los camiones lo había pasado mejor que bien, así que le dije que de acuerdo. Me dijo que pasaría al día siguiente, el lunes, entre las siete y las siete y media de la mañana por la plaza de Legazpi para salir a la carretera y que si yo estaba por allí me subiría al camión, pero que no podía esperarme. Le contesté que allí estaría. El domingo por la tarde localicé por teléfono a un compañero de trabajo y le dije que estaba enfermo y que faltaría un par de días, que lo avisara. Así que el lunes, a las siete en punto estaba en una esquina de la plaza de Legazpi. Me había vestido para la ocasión. Llevaba unos shorts vaqueros, bajos de talle y cortos por las ingles, muy ajustados, sin nada debajo, y una cazadora también vaquera, cortita y desabrochada para mostrar mi pecho y mi vientre, bien depilados como las piernas. Unas bonitas zapatillas rosa de suela de esparto completaban mi atuendo. En una amplia mochila al hombro llevaba tangas, unos zapatos de tacón, medias, tops de lycra, un sostén con relleno, una minifalda cortísima y otras ropitas así, por si había ocasión y a mi ligue le gustaba verme vestido de mujer. Poco después de las siete y media un enorme camión trailer se detuvo a mi altura. Al volante iba a mi ligue de la piscina y a su lado, otro tío un poco más joven, como de cuarenta y tantos años, más grande y fuerte como un toro, pero menos grueso. Fue este último el que abrió la puerta para que subiera y me ayudó a entrar en la cabina, empujándome el trasero con una manaza fuerte y velluda. Me sentaron entre los dos y el camión siguió camino hacia la autovía de Andalucía. Eché mi bolsa de viaje a la parte detrás de los asientos y me acomodé entre los dos camioneros. El de la tarde anterior, que conducía, me apretó el muslo izquierdo desnudo, mientras el menos mayor sobó apreciativamente mi pecho y me dijo que me quitara la cazadora y el pantaloncito. Lo hice y quedé sentado completamente desnudo entre los dos tíos. El de la derecha cogió mi pollita y mis huevos y se echó a reir. Mi pene mide apenas seis centímetros y poco más de dos de diámetro y cuando está tieso del todo llega como mucho a unos doce centímetros. "Oye, ésto más que un marica es una niña, con esta pijita tan mini y en cambio tiene bien marcados los pechos y los pezones". Los dos rieron de buena gana, mientras mis pezones se ponían aún más tiesos y yo notaba mi excitación por todo el cuerpo. Es fantástico ir en cueros en la cabina de un camión, entre dos tios machotes. Tienes la sensación de que todos los coches que se cruzan te ven por el gran cristal del parabrisas y que los conductores piensan que los camioneros llevan una buena puta a bordo. El que iba a mi derecha me dijo que se llamaba Rafael. Se desabrochó los pantalones, se sacó el rabo y los huevos y me ordenó mamársela. La polla, larga, gruesa y nervuda, se puso tiesa en cuando empecé a lamerla con mi lengua. "Venga, guarra, cómetela", me dijo el tío. Eché hacia atrás la piel y metí el rabo en mi boca, lamiéndolo con la lengua y succionándolo con los labios. El tío me cogió la cabeza y empujó hasta que mi cara se enterró en el espeso vello de su bajo vientre. La polla me entraba en la garganta. Me deslicé del asiento y quedé de rodillas entre sus piernas, sin dejar de mamarle la polla. "Espera", me dijo, "que quiero follarte a fondo maricón". Me hizo incorporarme y exploró con los dedos el agujero entre mis nalgas. Se escupió en los dedos y me suavizó el agujero con saliva, metiendo los dedos, primero uno, luego dos, finalmente tres entraron con facilidad. Entonces me hizo levantarme y sentarme sobre su polla, con mis piernas bien abiertas a un lado y otro de las suyas. Me metió la punta de la polla en el culo, me cogió las caderas y me hizo bajar poco a poco, empalándome en su polla. Con un último tirón de las caderas mi culo bajó del todo y quedé sentado sobre su pubis y sus huevos. |