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Antes de continuar, lea los capítulos anteriores para encajar mejor la historia: Hijo de la Noche, Destino cruzado, Una noche diferente, Enemigos, Viejos amigos)

En aquel tiempo, sólo existía un mundo en donde todos debían convivir, tanto como los buenos como los malos, mortales e inmortales, vivos y muertos. Era un mundo en donde no había fronteras ni limites, creados por cuatros Supremos quienes tenían el absoluto poder ante todos los que convivían en dicho territorio. Triller, el Supremo de la Vida; Weik, el Supremo de la Muerte; Qinn, el Supremo del Destino y Alpher, el Supremo del Tiempo. Y como sus poderes eran ilimitados, abusaban de ellas creándose, destruyéndose, guiándose, y apoderándose cada uno de su manera, creando un constante caos en el único mundo. La vida y la muerte se mezclaban, la realidad y la fantasía también, no había el inicio ni el fin en las cosas, nadie podía definir exactamente lo que estaba pasando, sólo era un ciclo de caos y desequilibrio. Y cuando por fin se dieron cuenta que no había manera de cómo parar sus caprichosos, los Supremos crearon a unos seres poderosos quienes tenían la misión de contrarrestar los excesos de sus poderes, retornándole así la paz y la armonía que merecía el mundo. Ellos eran los Dioses, los Cuatros Dioses... Apolis, quien había nacido de las plumas de Triller, tenía la misión de cuidar el nacimiento de la vida. Leisghan, quien nació de las lágrimas de Wiek, controlaba los padecimientos. Olpfhin, quien ha nacido del cabello de Qinn, había que cuidar el balance de los acontecimientos. Trailer, quien surgió de las rimas de Alpher, debía controlar el pasado y el futuro.

Y con el nacimiento de los Dioses, la armonía reinó en el mundo, pero a cambio surgió otro problema. Nacido de los Supremos, no sólo habían heredados sus poderes sino también sus incertidumbres convirtiéndose también en abusivos. De tal padre a tal hijo, como todos dicen... y no sólo eran abusivos, sino también violentos. Constantemente buscaban razones para estar en guerra entre ellos y con los demás seres dejando para atrás la misión que tenían que cumplir. En fin, uno se vuelve abusivo y violento cuanto tiene el poder... Cansados, los Supremos buscaron una manera de conllevar la situación que ellos mismos habían creado. Pensaron que estando ellos cuatros atados en trabajos, nunca más volverían a confrontarse. Con dicha ideología, crearon las Cajas Místicas. Bueno, la verdad no eran unas cajas ordinarias como exteriorizaban sus aspectos, pues en ellas guardaban sus poderes y las lanzaban hacia el mundo. Antes que alguien se apodere de ella, los Dioses debían recogerlas y llevarlas de nuevo a sus dueños. Pues si llegase a abrir, los poderes amparadas saldrían provocando una consecuencia fatal para el mundo. Y cuando sucediese eso, los Dioses serían castigados... de todas formas, uno se aprende a comportarse cuando se implementa un castigo.

A lo mejor, si hubiese funcionado el propósito de que los Dios estuvieran ocupados en la búsqueda de las Cajas Místicas, el mundo seguiría como aquellos tiempos, hasta hoy en día... Pero no lo es... No sólo habían adquiridos sus poderes y sus necios, sino también sus sabidurías. No eran tontos de estar todo el tiempo detrás de las cajas. No, ellos eran Dioses, seres favorecidos con poder y autoridad antes los demás. Ingeniaron de crear a unos seres a los que llamaron Engean. Los Engean, o simplemente buscadores, eran criaturas nacidas de los sollozos de los Cuatros Dioses y se movían a su bondad viajando por la tierra, el mar y el cielo en busca de las cajas... Indignados y furiosos ante la viveza de sus procedentes, los Supremos aumentaron las cajas y las lanzaron sin parar... Era como una especie de guerra fría en donde nadie ganaba ni perdía hasta que el gran Qinn, el Supremo del Destino, hizo algo que pusiera en fin toda esta historia. Había lanzado una caja hechizada con su beso