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El duende se paseó por el triángulo púbico recorriendo sus infancias. Se vio así mismo muy pequeño persiguiéndola por las calles de la ciudad, o por el campo, o en la piscina, o acercándose a ella con rubor sabiendo que su distancia terminaría por alejarlo, pues María nunca se significaba. Le vinieron todos lo olores de aquel tiempo extraordinario que ahora le parecía un cuento de hadas. El olor del tabaco Jean de su padre, pero también el de ciertos juguetes, el colegio, las rabas y el vermouth habitual de los domingos. María concentraba en el pubis todos aquellos recuerdos excelsos que se habían erigido en un refugio.
Hubiera deseado tocarlo, pero el duende, extraviado, se llegó hasta el confín del triángulo más allá del cual la piel desnuda de María descubría la llanura. ¿ Qué te pasa Alejandro?, -inquirió con cierta dulzura irónica, consciente como era, de la atracción que su vello le producía. "Nada, -contestó él-, estaba perdido dentro de un bosque muy hermoso". Ella calló, pero entreabrió algo sus piernas, y entonces un olor intenso penetró por la pituitaria de Alejandro. Aquel olor era nuevo. Nunca antes hubiera podido imaginar que existiera en ella. Había olido otros en otras mujeres, pero no imaginaba que ella pudiera alzarse con las fragancias naturales que enervan los sentidos. En realidad es posible que nunca la hubiera visto como una mujer. Pero ella era una mujer, y olía como huelen las mujeres. El aliento de su sexo se transformó entonces en un viento que le transportó hasta el momento presente. En realidad, -se decía así mismo-, pudiera ser una idiotez no tocar aquel cuerpo o dejarse mecer por él, abandonarse y adentrarse. Lo deseaba, pero lo reprimía, aunque el aroma de María no hacía sino añadir un elemento de confusión en su mente. De pronto notó que el pene se le había erizado. María, ya en ese momento, había concentrado su atención en el slip abultado de Alejandro. Había en ella una necesidad de cálculo, de ponderación del crecimiento del niño.