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SOBERBIA
Aquella tarde llegué a micasa con una alegría especial, estaba contenta de lo
conseguidodurante el día, había hecho ganar mucho dinero a mi empresay, lo que
es mejor, había ganado yo mucho dinero. Mi marido no habíallegado todavía a casa
y yo estaba ansiosa de un buen meneo, lodel trabajo me había puesto caliente a
más no poder y necesitabaalgo, me habían ascendido y era necesario celebrarlo
como la ocasiónmerecía, así que me puse un caro traje de noche que habíacomprado
meses antes para una convención y que sólo habíatenido ocasión de utilizar
aquella vez y llamé a un taxi.
- Al casino - Ordené de malamanera al conductor.
Notaba como de vez en cuando sumirada se desviaba al retrovisor y clavaba
fijamente sus ojos en mi cuerpo.Llegamos a la puerta principal, el taxista bajó
del coche y me abrióla puerta, le di la mayor propina de mi vida y lo dejé con
la miradaclavada en mi culo. Gasté gran parte de lo que había ganadojugando a
los dados, a mi lado se había situado un chico joven yapuesto vestido con
smoking negro que no dejaba de susurrarme al oídolo mucho que le gustaba y las
cosas que podía hacerme si le ayudaba.
Después de bastante ratosalimos a la terraza, me abrazó con fuerza y comenzamos
a besarnosapasionadamene.
- ¿Cual es tu precio? - pregunté- Puedo pagarte.
- Estoy seguro de eso, vamos a unahabitación.
Entramos en el hotel contiguo alcasino y pedí al recepcionista la mejor
habitación que lequedase libre. Era el ático, ocupaba toda la planta y por los
ventanalesse dominaba visualmente toda la ciudad, nos dimos un relajante bañode
espuma antes de pedir la cena. El chico no dejó nada en su plato,parecía que, a
pesar de su apariencia, para el no eran habitualesaquellos manjares, yo me
sentía superior y me encantaba.