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Transexuales
Cuando la noté totalmente entregada, volví a follarla con la mano, pero ahora
era dos dedos en su coño y uno en su culo, ella se estremecía no sé si de placer
o de dolor porque nunca me lo llegó a decir. Ahora si que era hora de cobrar mi
premio, saqué mi dedos de sus alojamientos muy a pesar mío, me volví hacía su
cara, la besé, le dije cuanto la amaba (eso lo decía de corazón), y que estaba a
un paso de hacerme el hombre más feliz del mundo si todavía anidaba ganas en
ella de satisfacer mi fantasía sexual. Nunca me olvidaré de ese momento, me besó
en los labios y me dijo que sí. Mi cuerpo se estremeció por completo, le dije
que se colocara a cuatro patas en la cama, y tras besar semejante templo que iba
ser profanado y darle las gracias, apunté mi polla al agujero del culo y
lentamente introduje mi polla en él.
Con la penetración de cada milímetro y centímetro de mi polla en su culo, se me
ponía la piel de gallina. Una vez que estuvo toda dentro me paré para que se
acomodara al tamaño, la oía gemir de dolor, le dije que si le dolía mucho la
sacaba y ella me dijo que no la sacara, que le dolía un poco, que era normal y
que me apresurase en terminar.
Aposté mis manos en su caderas y empecé a sufrir en mis carnes un placer que
como dijo mi compañero de la oficina era indescriptible, a cada embestida que
hacía mi cuerpo temblaba entero, la sola visión de cómo entraba y salía mi polla
de su culo aumentaba mi placer, pensar que lo había leído tanta veces en los
relatos y visto otras tantas en películas, que ahora experimentarlo en mis
propias carnes se me antojaba un sueño, y allí estaba yo y la protagonista de
mis sueños eróticos, Verónica. Tardé poco tiempo, (para mí, porque para Verónica
se hizo eterno), y cuando llegué hasta los pelos de la barba se pusieron de
gallina. Esa noche la pasé abrazado a Verónica y dándole besos hasta que el
sueño me venció.