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Un mini relato para
todos vosotros:
Les dije que no era posible porque
llevaba falda y que se me podría ver algo. Ellas me dijeron que no
era probable que me viesen nada si me andaba con cuidado. Creo que a
ellas también les gustaba la idea y por eso les dije que si ellas lo
hacían, yo lo haría. No creí que aceptarían pero lo hicieron. Claro,
que no me di cuenta que ellas llevaban shorts, y yo vestido. Ya no
podía dar marcha atrás, así que con una mezcla de vergüenza y
excitación, me bajé las bragas del bikini en la playa mismo. Mis
amigas se reían de la situación. Les gustaba porque era algo
emocionante.
Nos pusimos en marcha camino al autobús. Tardamos diez minutos en
llegar. El camino se me hizo eterno puesto que había levantado
viento y tenía que andar con mucho cuidado. Mis amigas se reían
muchísimo pero yo no me encontraba a gusto. Me estaba arrepintiendo.
Me sentía como si fuese desnuda por la calle y parte de razón tenía
ya que mis pezones delataban mi frío y habían mojado un poco el
vestido. Se marcaba la areola oscura a través del vestidito y
estaban completamente empitonados.
Cuando llegamos al autobús, había una larga cola. Nos acercamos y
enseguida me di cuenta a dónde se dirigían las miradas. Tanto los
hombres como las mujeres, se giraban para mirarme y yo me moría de
la vergüenza. Había miradas de todo tipo. La de los varones eran
miradas lascivas en su mayoría. La de las mujeres variaban más;
alguna mirada de odio, alguna de envidia (sobre todo de señoras de
cierta edad), otras no las entendía. Había algunas señoras que
miraban casi tan descaradamente como los hombres. Hubo una señora
que nunca olvidaré; me miró de arriba abajo como si me fuese a
comer. Me estremecí ya que no estaba acostumbrada a que una mujer me
mirase de esa manera. Al estremecerme, mis pezones estuvieron a
punto de reventar el vestido y eso que no lo llevaba demasiado
apretado.
De nuevo se levantó el viento y casi monto el espectáculo en la cola
del autobús. Digo casi, porque no llegó a verse mucho pero algo se
vió. Miré al suelo esperando que nadie hubiese visto nada pero eso
no fue así. Un hombre de unos 35 años, se me acercó disimuladamente
y me dijo que tenía un chocho maravilloso. Tenía muy poco pelo en el
coño y mis labios menores sobresalen a los labios mayores. Además
tengo un lunar en el labio menor. Sé que no es común pero
precisamente, eso es lo que le gusta a mi novio. Bueno, a lo que
iba. El señor no se movió de mi lado y me iba diciendo cosas al
oído. Me dijo que le gustaban mis tetas y sobre todo, mis
pezoncitos. Ya he dicho antes que para entonces, mis pezones estaban
duros como piedras a causa del frío. Continuó susurrándome al oído,
diciéndome que era muy excitante ver a una niña tan guarra como yo
que no llevaba ropa interior.
Yo estaba callada e intenté cambiarme de sitio pero con tanta gente
era imposible. Si me adelantaba me decían que no me colase y si
retrocedía, mis amigas me lo impedían porque no querían perder el
sitio.
El hombre continuaba diciéndome cosas al oído y todas subiditas de
tono, tenía cerca de 40. Dentro de mí pensaba que era un viejo verde
pero también sabía que me lo tenía merecido por hacer caso a mis
amigas. El viento seguía aumentando y yo hacía esfuerzos
sobrehumanos para que no se me levantara el vestido. La mujer
continuaba mirándome y cada vez era una mirada más descarada. Ya no
sabía que hacer, excepto sujetarme la falda.
Por fin llegó mi salvación, el autobús. Con tanta gente ya no me
tenía que preocupar de sujetarme la falda porque era imposible que
se me levantara. Accedí rápidamente al interior y sin darme cuenta,
me empujaron hacia atrás. Mis amigas se encontraban a un par de
metros. Las veía pero el gentío impedía acercarme. Cuando me di
cuenta de quien estaba detrás de mí, ya fue tarde. De repente, sentí
una mano debajo de mi falda. Venía de atrás y ni siquiera me podía
girar a mirar porque con tanta gente era imposible moverse. Intenté
apartar la mano pero de nuevo, resultó imposible. Pensé en chillar
pero sentía mucha vergüenza por no llevar ropa interior y además no
quería que nadie se enterase y menos mis amigas. Intenté moverme,
pero nada.
Me encontraba muy nerviosa ya que nadie excepto yo, me había tocado
el chocho. Fue una sensación muy rara. El autobús giraba de un lado
a otro y tuve que sujetarme al agarradero para no caerme. Estaba
atrapada con las manos sujetas pegada a la persona que me estaba
tocando. Estaba convencida de que se trataba del viejo verde. No era
tan viejo y ni siquiera era feo pero en aquel entonces le veía muy
mayor. El autobús frenó y caí de espaldas al pervertido notando toda
su dureza. Eso me preocupó puesto que no había tocado nunca una
polla. Mis pezones estaban respondones y la mano seguía acariciando
los muslos. Supongo que al no encontrar una oposición por mi parte,
el hombre se relajó y continuó adelante. La mano llegó al destino.
Me estaba tocando el sexo. Sentí unas cosquillas en el estómago
mientras miraba alrededor pensando en qué hacer. No había mucho que
hacer porque en cada parada entraba más y más gente y parecía que
nadie bajaba del autobús.
Se notaba que el pervertido estaba disfrutando pues se pegaba a mí
para que notara su excitación. Parecía que la tenía grande y lo que
sí era seguro era que la tenía dura, muy dura. La mano era bastante
hábil aunque en aquella época no sabía mucho sobre sexo. El miedo
iba perdiendo fuerza mientras aumentaba mi excitación. Mi cabeza ya
no pensaba, no se ni qué fue lo que me pasó. El hombre de la mano se
dio cuenta que me iba relajando y aumentó la intensidad del
movimiento. De repente, noté cómo me introducía un dedo. El autobús
seguía su curso y me resultaba increíble que nadie se diese cuenta.
La experiencia más fuerte de mi vida y nadie era consciente. El dedo
se introdujo con facilidad ya que sin quererlo, estaba muy mojada.
Él se dio cuenta y probó con un segundo dedo. Este último se notó
con más intensidad pero no tardó en ceder. La situación era muy
complicada.
Mis amigas me miraron alarmadas ya que debieron darse cuenta por mi
rostro que algo raro pasaba, así que les sonreí para no delatarme.
En ese mismo instante me di cuenta que otra persona me observaba.
Cuando dirigí mi mirada hacia la persona, me quedé anonadada. La
mujer de la cola se estaba dando cuenta de lo que pasaba y estaba
disfrutando
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