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nunca había visto una concha tan buena, tetona. ¿Quieres que te chupe esa
conchita brillante? A esas alturas yo quería cualquier cosa que me satisfaciera,
pero de preferencia que fuera una verga bien dura. El anciano no parecía conocer
alguna posición más satisfactoria como el 69, por ejemplo, para tratar de darme
más gusto, pero cuando sentí su lengua resbalar por mi rosada perla y al mismo
tiempo sus dedos entrar y salir rápidamente, levanté de nuevo las caderas
buscando más de esa exquisita tortura. Apreté mis pechos con fuerza, tirando de
mis pezones doloridos de tan excitados y duros como los tenía, y el sol golpeó
mis ojos cerrados y acarició mi piel entera tan caliente como la lengua que me
lamía. Quería sentir una pija dura llenarme hasta el fondo, la sensación
ardiente de la leche derramarse en mi cuerpo como un bautismo, quería ser cogida
con fuerza, para poder sentirlo días enteros después, que me desgarrara, que me
doliera como si fuera la primera vez...
Mi orgasmo fue suave en comparación con otros, pero me llenó con los colores
rojos y la electricidad de mis poros que me hicieron casi gritar en voz alta.
Con las piernas bien abiertas y mis propias manos rodeando lánguidamente mis
tetas enrojecidas, no sé si me recuperé segundos u horas después, con la
sensación de la cabeza sudorosa de Juan en mi vientre. Aún sin sentirme del todo
satisfecha, empecé a incorporarme y busqué las manos del hombre para llevarla de
nuevo a mis pechos, que tanto lo fascinaban, pero él, como despertando de un
largo sueño, levantó sus ojos hacia mí, sacó las manos de mis tetas desnudas y
todavía duras de excitación, y se incorporó tambaleante. No podía creerlo cuando
se levantó a duras penas y vi que el paquete que se había endurecido en mi mano
hacía unos instantes estaba evidentemente desinflado y una mancha mojada en su
pantalón revelaba que no había podido aguantar siquiera para derramarse dentro
de mi concha sedienta o de mi boca...
-Señorita Wanda...- dijo el Juan de siempre, mientras retrocedía. Yo casi no
podía creer que él quisiera irse cuando recién estábamos empezando.
-No, señorita Tetas, Juan. Soy tu señorita Tetas. ¿Dónde vas? -Tengo que irme.
-No vas a dejarme así, ¿no? A medio coger... Ven acá, te voy a dar una buena
chupada para poder jugar los dos- prometí, levantándome y haciendo que mis
pechos quedaran a la altura de sus ojos. Él no podía sacarme la vista de encima,
pero tampoco paraba de retroceder-. Juan, ¿no quieres meterme esa pija de una
vez? El viejo casi se cae de bruces al chocar de espaldas con el sofá.
-Señorita Te... Wanda, de verdad tengo que irme. Tiene un cuerpo fabuloso, pero
yo... bueno, yo no puedo...