Julia

 

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Ellos han escrito:

Mi capricho. Julia. espero que sea vuestro capricho y si lo decis, sereis su capricho

su correo es:

mi_caprichito_1@hotmail.com

 

 

 

 

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Una historia más…

 

Primera Parte

 

 

Tenía catorce años cuando sentí ese cosquilleo que nacía de mi sexo, atravesaba mi estómago y finalmente mi corazón. Tenía catorce años cuando me enamoré. La descarga de impulsos químicos, físico y eléctricos en mi cerebro fue provocada por la presión constante que ejercía en mis muñecas con sus manos y sus ojos fijos en los míos.

 

- Te atrapé.- fue lo único que dijo.

 

Jugábamos a policías y ladrones. Obviamente, nos dividíamos en chicos y chicas, esta vez nosotras corríamos. Nos daban un par de minutos de ventaja para que nos escondiéramos. Corrí hasta un rincón distante del parque donde la penumbra me amparaba. Sentía los gritos de las demás chicas, que de una en una iban siendo atrapadas. Los muchachos pasaron un par de veces por mi lado, pero era invisible para ellos. Yo era la última que quedaba y por lo tanto la única esperanza de liberar a las demás. Miré entre los matorrales, ellos buscaban por el otro extremo, así que retrocedí para escabullirme por detrás.

 

Al girar, me encontré de frente a él y se me escapó un pequeño grito de sorpresa. Tomó firmemente mis muñecas y me hizo retroceder. Nos dirigíamos a un lugar más apartado. Hizo que mi espalda se apoyara contra el tronco de un árbol. Puso mis muñecas sobre mi cabeza y apretó su cuerpo contra el mío. Sentía la boca seca y mi respiración subía en ritmo. Su rostro estaba a escasos centímetros, sentía su dulce aliento, caliente. Estiré mi cuello para alcanzar su boca, el retrocedió unos centímetros sin soltarme y sin dejar de mirarme, para quedar fuera del alcance de mis labios. Me sentí avergonzada por haber tratado de besarlo, por haberle ofrecido mi boca. Su leve retroceso me llenó de dudas, mi cara estaba hirviendo, me sentía incómoda y ridícula. Empecé a sollozar, quería soltarme y salir huyendo. Pero él no soltaba la presión en mis muñecas, ni la de su cuerpo contra el mío.

 

- Voy a gritar.- alcancé a decirle, antes de que metiera su lengua en mi boca. Nunca había besado de esa forma, resistí la extraña invasión con los ojos abiertos, los suyos estaban cerrados. Mi lengua poco a poco respondía a los movimientos de la que me llenaba. También cerré mis ojos, me sentí mareada, apenas me sostenían las piernas, mientras el delicioso cosquilleo se expandía en mi sexo y un pequeño quejido se me escapaba del vientre. Tragaba su saliva, embriagándome de su sabor.

 

- ¡Javier!- grito Pablo detrás de nosotros. Casi me desmoroné cuando me soltó. Atiné a apoyarme en el árbol. Pablo miraba fijamente a su hermano mayor, con la mandíbula apretada. En ningún momento me miró.

 

– Fíjate a quién encontré, escondida en la oscuridad… a nuestra tímida Nina.- dijo socarronamente Javier. Pablo bajó la vista y apretó los puños con rabia.

 

- Los chicos te esperan.- dijo Pablo sin moverse, como una estatua.

 

– Me cansé de jugar, hermanito.- y sin mirarme tomo mí mano, llevándome tras de si. Al pasar por el lado de Pablo, lo miré de reojo y él desvió la vista, quedándose tan quieto como había estado.

 

Pasamos por donde estaban los demás, el juego ya había cambiado. Seguíamos de la mano. Javier había entrecruzado sus dedos con los míos, me sudaban las manos profusamente y trataba de separar la palma de la suya, pero me lo impedía con pequeños apretones para continuar sintiendo mi húmeda. Yo le seguí, sin reclamar. Sentía el vientre hecho agua, al permanecer unida a él.

 

 

***

 

 

Seis meses antes habíamos llegado a esta nueva ciudad con mi madre y Matilde, la nana que había aparecido en la vida de nuestra familia, mucho antes que yo naciera. Mi padre vivía en el extranjero desde que se habían divorciado, hace cuatro años. A mamá le había llegado una muy buena oportunidad de trabajo que en todo aspecto era beneficiosa. Cuando me lo contó, detallando cada una de los puntos positivos, no me sentí muy entusiasmada ya que me desagradaban los cambios, me descompensaban. Era la cuarta vez desde su divorcio que empacábamos para mudarnos. Era un proceso agotador, tener que dejar lo que acababa de construir para marchar, otra vez, a crear un nuevo mundo. Mamá se desvivió en alabanzas, sobre lo beneficioso que sería para nosotras vivir en este nuevo lugar con más comodidades, mejor colegio, una hermosa casa. "Mamá, ¿algún día pararás de huir?"... lo pensé, pero no era capaz de decírselo.

 

Cuando llegamos a la nueva ciudad, ella ya se había encargado de buscarme un nuevo colegio donde podía convalidad materias con exámenes especiales y no perder el año. Y la casa era verdaderamente hermosa, estaba en un condominio. Matilde no paraba de dar saltitos de alegría al recorrer el lugar, estaba más entusiasmada que nosotras dos juntas, parecía una niña.

 

No lo podía negar… estaba sorprendida por la belleza del lugar. El jardín era enorme y muy bien cuidado, con una pequeña pileta y árboles. Todos los rincones de la casa eran perfectos, como si no se les hubiera escapado ningún detalle. Y mi habitación… mi habitación era preciosa: los colores, los muebles, mi nueva cama y un gran ventanal que hacía que la luz inundara el espacio… todo lo que había soñado. Mamá me abrazó, al ver que la sonrisa no se me escapaba del rostro.

 

– Nina, yo sabía que te agradaría. Mi nuevo trabajo nos permitirá tener este hermoso lugar y pensar en establecernos de una buena vez. Se que ha sido difícil para ti, pero te prometo que las cosas empezaran a mejorar.-

 

El condominio era parte de la empresa donde trabajaba mamá, exclusivo para los empresarios y altos cargos. Familias de portada de revista, como comentábamos entre risas. Aunque nosotras diferíamos del prototipo, a ella no parecía incomodarle. Mamá, mucho más locuaz y sociable que yo, nunca tubo problemas de adaptación a los lugares que llegábamos y aquí, sin duda, se sentía como pez en el agua.

 

En el condominio había un parque hermoso, donde los niños pequeños jugaban durante el día y los jóvenes ocupaban desde el atardecer. Pasaban los días y yo solo los miraba a distancia, no me atrevía a socializar con los demás. La timidez, esa barrera tan difícil de saltar, que me apretaba el estómago cada vez que me acercaba al parque por las tardes y los veía jugar. Las chicas, murmurando entre sí, reían desinhibidas de temas que, de seguro, me hubiera encantado compartir. Pero me mantenía a distancia, con mis audífonos y revistas que me protegían. Mi madre me preguntaba como iban mis nuevas amistades y yo le mentía diciéndole que había conocido a gente muy divertida y rápidamente cambiaba el tema para que no siguiera interrogándome.

 

Una tarde estaba en el escaño de siempre, leyendo y escuchando música, cuando me vi rodeada por el grupo de chicos y chicas. Me saque los audífonos.

 

– ¿Cómo te llamas?- pregunto el más alto, de cabello ensortijado y mirada fría.

 

– Nina.- contesté. Se sentó muy pegado a mi y pasó su brazo por detrás mío… abrazándome, repetía mi nombre como si tratara de recordar algo perdido en la memoria. Sentí como mi cara se ponía roja y me quedaba tiesa como una tabla.

 

- Verás, queremos aclarar una duda. Yo creo que eres una chica, pero los demás piensan que eres la nueva estatua del parque, por que casi no te mueves.- el grupo rió divertido.

 

– Javier, no la molestes.- dijo otro chico que salió de entre el grupo. Me dedicó una sonrisa.- Hola, soy Pablo ¿quieres venir a jugar con nosotros?- era ahora ó nunca, así que me lancé.

 

– ¡Claro! ¿A que juegan?- dije y me enderecé un poco, desembarazándome del abrazo de Javier.

 

– Al papá y a la mamá.- dijo Javier y todos estallaron en otra sonora carcajada y a la cual no me pude dejar de unirme. No había maldad en sus palabras, solo picardía. Volvió a abrazarme.

 

– ¡Basta Javi! ¡Déjala! no seas payaso con Nina.

 

– ¡Ok! hermanito.- y gritó.- ¡El último en llegar al centro del parque es un marrano!- y todos corrieron entre gritos y carcajadas, menos Pablo y yo. Nos miramos y nos pusimos a reír y a hacer sonidos de chancho. Así se rompió el hielo y de a poco fui conociéndolos.

 

Pablo tenía quince años y fue muy gentil conmigo desde el principio. Tenía el pelo castaño, tez blanca y una sonrisa que constantemente adornaba su rostro, me sobrepasaba en altura por algunos centímetros, sus rasgos eran parecidos a los de su madre, una atractiva y elegante señora que se dedicaba a la vida social, siempre organizando eventos ó viajando. Con Pablo empezamos a ser amigos desde nuestro primer encuentro, nos reíamos de las mismas cosas y coincidíamos en mucho de lo que pensábamos. Pasaba gran parte del tiempo en mi casa, donde estudiábamos juntos y veíamos películas ó escuchábamos música. En el grupo de amigos todos bromeaban con que éramos novios, sobre todo Javier que no dejaba pasar la oportunidad de avergonzarme y hacerme sonrojar. Pero Pablo siempre me defendía de las bromas de su hermano y estaba atento a cualquier tipo de acercamiento con que tratara de sorprenderme.

 

Javier tenía dieciséis y era más parecido a su padre, uno de los altos mandos de la empresa. Realmente su parecido era sorprendente, como si los hubieran esculpido con el mismo molde. Solamente crucé miradas con su padre una vez. Yo iba saliendo de la esquina de casa cuando lo vi aparecer en su auto. Giró su coche en forma muy lenta, me miró tal como lo hacía Javier. Sentí que el tiempo era eterno y que nunca terminaría de dar la vuelta, cuando me dedicó una sonrisa para desaparecer rumbo a la salida del condominio.

 

Parecían ser el mismo hombre en dos etapas diferentes de la vida. Y esos ojos verdes, que te examinaban en profundidad, como si se metieran dentro de tu cabeza, de tu pensamiento. Javier, se convirtió en un imán para mí, me tenía pendiente de lo que hacía y decía, aunque yo trataba de disimular de la mejor manera. Siempre me estaba probando, jugando con mis emociones, provocándome. Era más alto que el resto de los chicos, con un cuerpo más parecido a un adulto, siempre liderando al grupo de amigos y haciendo bromas, coreado por las carcajadas del resto. Muchas de las chicas estaban prendadas de él, a las que siempre sorprendía tomándolas en brazo ó mimando a que las forzaba para que le dieran un beso. Los ojos de las chicas reflejaban el revoloteó hormonal que les provocaba Javier.

 

En una ocasión, en el centro comercial, estaba en la tienda de música cuando por detrás alguien me abrazó y me dio un beso en el cuello. En mi asombro, me lo encontré frente a mí. No se de donde saqué fuerzas para enfrentarlo.

 

- ¡Deja de molestarme! ¿Acaso no tienes otra cosa que hacer?- vi como se sonreía con mi amago de reprimenda y le di la espalda, haciendo como que buscaba unos discos, de los cuales no veía ni el título.

 

- Es que te has vuelto mi principal diversión y sé que te gusta mucho… que te gusto mucho.- sin mirarlo me cambié de estantería. El hormigueo en el centro de mi estómago era cada vez más fuerte. Me siguió y se colocó a mis espaldas, a escasos centímetros.- ¿No sabes si decidirte por Pablo o por mi? ó ¿Quieres tenernos a los dos?-

 

- ¡Mentira! ¿Por qué insistes en hacerme sentir incómoda? ¡Deja de hablar tonterías! ¡Yo no te…!- en ese momento me di cuenta que estaba gritando y que los ojos de todos los que estaban en la tienda me miraban atentos. Quería que la tierra me tragara… no, mejor que se tragara a los curiosos y que un rayo pulverizara a Javier. Dejé los discos que había tomado y salí de la tienda. Durante un segundo fantaseé que saldría corriendo tras de mi, para pedirme disculpas, prometiéndome que por el amor que sentía, nunca más me haría pasar vergüenza… Salí del centro comercial, sin mis discos, ni con el resto de cosas que iba a comprar. Sólo salí con una lágrima que desapareció en la comisura de mis labios.