BELISARIA

 

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Ellos han escrito:

Soy belisaria, por orden de mi esposo les envio fotos mias desnuda y despatarrada asi que espero que les gusten y me escriban, Gracias a todos por adelantado. Muy amables

su correo es:

belisaria_30@yahoo.com

 

 

 

 

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La merienda de Carlota

Todavía recuerdo vívidamente mis tiempos de estudiante, sobre todo aquellos días en que comenzábamos a tontear con las muchachas. Me acuerdo de un día que fue especialmente interesante.

Por aquel entonces no era nada fuera de lo común que los niños tuviéramos que hacer deberes en casa, como tampoco lo era que, de vez en cuando, nos juntáramos en casa de alguno para hacerlos juntos y no dividir esfuerzos en vano; es decir, uno hacía la tarea y el resto la copiábamos.

Resulta que cierto día, una chiquilla invitó a uno de nosotros a hacer los ejercicios juntos. Como más tarde supimos aquel día, los deberes resultaron ser la excusa ideal para practicar el don de lenguas. Como siempre, las mujeres son las que llevan la voz cantante y las que deciden. Desde luego, en nuestros inicios sexuales (si se pueden denominar así, porque más de uno ni se enteró), no iban a ser menos.

Cierto día, Carlota, una muchacha un poco rellenita pero con una bellísima cara y unos preciosos ojos verdes me invitó a mí. Yo la verdad es que estaba bastante nervioso, demasiado incluso para tener una erección, ya que nunca había besado a una chica en serio, es decir, con lengua. Según se acercaban las cinco de la tarde, que era la hora en que habíamos quedado, justo después de clase, el miedo crecía en mi interior a velocidad de vértigo ante la posibilidad de hacer el ridículo.

Salí de clase y la esperé durante alrededor de cincuenta y cuatro segundos y más o menos siete décimas, impaciente y aterrado. Por fin la vi salir y nos reunimos. Me preguntó por mi más que visible nerviosismo, a lo que respondí con evasivas y algún gruñido ocasional. Durante el camino apenas cruzamos palabras, y por mi parte sólo monosílabos. De hecho, esperaba que al llegar a su casa me mandara al cuerno por borde, pero no fue así. Pero por si fuera poco lo que llevaba encima, justo al entrar está su madre en la puerta. Más aún, según nos dirigíamos a su cuarto, vi que también estaba su hermana. Yo estaba por decir que me iba, que me acababa de acordar de que tenía que sacar a pasear a mi jirafa. O acaso realmente Carlota quería única y exclusivamente que la ayudara a hacer los deberes de mates? En ese caso tendría que catalogarla como tonta del culo, porque yo realmente no tenía ni idea de hacer raíces cuadradas, que era lo que tocaba para esa semana. Y hablando de culos, vaya culo que tenía Carlota! Lo veía subiendo las escaleras y no podía apartar los ojos de sus nalgas. Derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha...

- Dentro de media hora os subo la merienda, vale Carlota? Que tengo que terminar una cosa con tu padre.
- Vale, mamá!

"También está su padre en casa? Dios mío, de aquí no salgo vivo..." pensé mientras seguía fijándome en cada detalle del trasero de Carlota. Llegamos a su habitación, una habitación de niña, con paredes rosas y pósters de cantantes, con la cama cubierta por una colcha de lo más hortera y repleta de ositos, osos y osazos de peluche por doquier, con muñecas por un lado y por otro, con ropa tirada por todas partes, con tangas y sujetadores desparramados por el suelo...

- Perdón por el desorden...

Dijo con un hilillo tímido de voz.

- Comparado con mi cuarto, esto está como los chorros del oro.

Dije por complacerla, pues era mentira. Bueno, tampoco mucho. Vale, mi cuarto era una leonera en la que mi madre ya se negaba a entrar si no era armada. Vi cómo disimuladamente cogía un tanga verde manzana que había sobre el respaldo de una silla para colocar esta al lado del escritorio, sobre el cual había un diccionario con pinta de llevar cerrado muchos meses y un montón de revistas para adolescentes inquietas. Encima de todas ellas, el número de febrero, con el inquietante titular "¿Cómo pedirle a tu novio que te hag" y el resto tapado por una camiseta de tirantes. "Que le haga regalos? Que le haga la cena?" No entendía qué podía ser lo que el novio tenía que hacerle.

Dejé la mochila en el suelo y tomé asiento. Carlota se acercó a la puerta y la cerró. Qué carajo significaba aquello? Podía lanzarme a besarla ya? O era ella la que tenía que dar el primer paso? Joder, el cabrón de Jorge no nos había explicado nada, y allí estaba yo sin saber qué demonios hacer.

- Bueno...

Carlota carraspeó y sacó el libro y el cuaderno de mates. "Perfecto, raíces cuadradas!", pensé mientras me comenzaban a sudar las manos. Colocó las cosas sobre el escritorio mientras hacía hueco apartando algunas prendas de ropa y revistas.

- Pues... yo es que tenía algunas dudas sobre lo que nos han explicado esta mañana, y...

Noté su voz más clara y cercana, como si estuviera acercándose a mí.

- Y... creo que tú podrías ayudarme a...

Me giré y la vi casi a mi lado. Ella se retiró sobresaltada. Aquello me había pillado de improviso.

- Mira, yo la verdad es que de esto no tengo mucha idea, Carlota.
- Yo tampoco, pero a lo mejor entre los dos...
- Andrés sabe mucho más de esto que yo, seguro que él podría ayudarte mejor.
- Pero Andrés está saliendo con Lorena.

Me quedé helado. Qué tenía que ver que Andresín estuviera saliendo con la Lore? Así se lo pregunté:

- Qué tiene que ver que Andresín esté saliendo con la Lore?

Ella me miró perpleja.

- Pues que para qué iba a enseñarme a mí si la Lore ya sabe hacerlo?
- Pero...
- Sé que tú tampoco has besado nunca.

Me puse rojo, o eso creo, porque no podría asegurarlo, no había ningún espejo delante de mí, solo su cara, que de pronto advertí que era bastante hermosa.

- Y como yo tampoco... tampoco he besado, pues podríamos aprender juntos, no te parece?

Inició el acercamiento de nuevo. Yo estaba con la boca abierta, pero no porque esperara el beso, sino porque no me lo creía. Aunque por otro lado, sabía a lo que iba y sabía que no era a ayudarle a hacer raíces cuadradas. Mi mente no regía adecuadamente. Finalmente, tantas horas de videojuegos y televisión, tantos remates de cabeza jugando al fútbol, tantas collejas arreadas por mis padres y mi hermano, habían servido para algo: que mi cabeza alcanzara la inutilidad total. Mientras yo pensaba en flores malvas y mariposas con cinco alas, Carlota había seguido acercándose a mí, hasta el punto de que podía sentir su agitada respiración enfrente de mí, rozando mis labios. Pasaron dos segundos y nuestros labios se juntaron por un instante. Mi cerebro respondió:

- Sí! Tienes razón.

Braaavo, machote. Carlota se apartó asustada. Cuando ya todo estaba en rodaje, reaccioné de la peor manera posible. Vi decepción en sus ojos. Yo en su lugar, habría pensado que me estaban dando largas. O a lo mejor habría reconocido la supina estupidez de forma más directa.

- Quiero decir, que deberíamos... bueno, hablarlo y...

Se hizo el silencio; un silencio sostenido, denso y molesto. No acertaba a escoger las palabras adecuadas para romperlo. Me levanté de la silla. Di dos pasos, giré y di otros pasos. Lo repetí un par de veces. No me ayudaba a pensar, pero era mejor que estar sentado frente a Carlota.

- Cuáles eran los ejercicios de mates?

Simplemente brillante. Si alguna vez me he sentido como un imbécil, digo más, si alguna vez me he sentido como un imbécil que se regodea en su propia estupidez fue aquel día. Bueno, es una sensación que con el paso de los años he vuelto a recrear varias veces, pero tampoco tiene mucho interés. No para el que lea esto, por supuesto. Si algún psicólogo lo lee, puede escribirme a la dirección de email indicada. Gracias.

Volviendo a la historia, Carlota parecía haber asumido ya por completo que no íbamos a darnos el palo. Suspiró y me dijo los ejercicios que nos habían mandado hacer. Y entonces lo vi claro. Me senté a su lado, cogí un bolígrafo, lo solté a continuación, me giré hacia ella, alcé las manos, giré su cabeza y acerqué mis morros a los suyos. Nos besamos, sin lengua, tan solo un pico, aunque largo e intenso. Nuestros ojos se mantuvieron conectados durante todo el rato. Los suyos muy abiertos, los míos creo que también. Al cabo de un tiempo, nos separamos.

- Bien, ya hemos besado. Qué es lo siguiente?

Mis palabras sonaron graciosas, sonreímos para dar paso a sonoras carcajadas. Cuando se nos pasó la tontería, volvimos a besarnos. Piquitos más cortos, más escorados, más largos, más intensos, con los labios más abiertos, con mordisquitos, de muy diversas maneras, hasta que, finalmente, nuestras lenguas se encontraron. Aquello nos gustó. Nos gustó mucho, podría decirse. Fácilmente estuvimos treinta minutos practicando el beso. En ocasiones parábamos para coger aire y comentar en parte la jugada. Los defectos, lo que más y menos nos gustaba, etc. Y otra vez a darle a la "sin hueso". Yo mismo me sorprendí de mi audacia cuando descubrí que mis manos comenzaban a moverse por el cuerpo de Carlota. Sus manos hacían lo propio por mi espalda y mi pecho. Pero no cabe duda de que su pecho es algo mucho más interesante de describir. Dos tiernos meloncitos de considerable tamaño (meses más tarde, luciría uno de los mejores escotes del instituto), de tacto suave y blanditos, con dos pezoncillos duros que se marcaban ligeramente bajo la camisa, sobre todo después de que, con maestría, se deshiciese del sujetador sin necesidad de quitarse la camiseta, para mi desgracia. En cualquier caso, el tacto de sus tetas resultaba aún más apetecible con una capa menos.

Decidimos sentarnos en la cama, para estar más cómodos. Al poco rato, nuestras manos reflejaban con caricias el frenesí de nuestras lenguas. Poco a poco nos habían ido excitando más y más. Conseguí meter la mano bajo la camiseta y tocar sus pechos al desnudo. Me deshice con la sensación de la suave piel de sus tetas. Ella también me tocaba el cuerpo con sus manos, llegando a alcanzar mi trasero. Nos fuimos recostando según nos dejábamos llevar por nuestras hormonas. Yo ya estaba prácticamente sobre ella. Mi verga más que erecta se rozaba contra uno de sus muslos. Una de mis manos se acercó hacia su entrepierna, aunque Carlota la separó antes de que tocara la tela de la falda. Al segundo intento, volvió a repetir la acción evasiva. Al tercer intento, se dejó, permitiendo a mi mano colarse por dentro hasta alcanzar su ropa interior. Otro momento apoteósico.

Para mi sorpresa, ella no se anduvo corta tampoco, y comenzó a tocarme la entrepierna. Las cosas se estaban precipitando mucho, ciertamente. Antes de que pudiera darme cuenta, mis pantalones estaban desabrochados. Mi polla tiesa escapaba de mis calzoncillos sin ningún apego. Sus dedos comenzaron a toquetearme. Dejamos de besarnos. La miré fijamente, como preguntando qué era lo siguiente. Ella parecía muy segura de sí misma. Comenzó a acariciarme con nerviosismo, aunque pronto se reafirmó en la tarea, más convencida. Carlota me estaba haciendo una excelente y sabrosa paja. Decidí devolverle la moneda, volviendo a hacer incursión bajo su falda. Tiré de su ropa interior hacia abajo y, no sin su colaboración, le quité la braguita tanga que llevaba puesta. En el centro de la prenda, de color negro, se dibujaban en purpurina la secuencia de letras KISS ME. Por dentro de la prenda, una ligera mancha de humeda podía percibirse, signo de que su excitación era, como poco, igual a la mía. Dejé el tanga sobre la cama y regresé bajo su falda. Me sentí torpe, no solo por la falta de experiencia, sino por no saber realmente qué iba a encontrar y cómo, puesto que además contaba con la dificultad de la falda, que me impedía ver en primer plano. De modo que palpando, me fui acercando a la pequeña matita de pelo que coronaba su pubis. Poco a poco, me fui familiarizando con sus otros labios, con caricias suaves y breves, humedeciendo de paso mis dedos.

Los suspiros y jadeos de Carlota me indicaban que no lo hacía del todo mal. Entre tanto, no podía ignorar la paja que me estaba haciendo. Carlota tenía los ojos a ratos cerrados, gozando del placer que le invadía; a ratos abiertos, con la mirada fija en verga lustrosa. Su mano se afanaba en meneármela con arte, bien agarrándola por la base, subiendo y bajando, bien agarrándola por la punta con el puño cerrado con movimientos oscilatorios que me sacaban de mí.

De pronto noté que su ritmo dejó de ser regular. Froté con algo más de ímpetu sus genitales, sabedor de que estaba próxima al orgasmo. Unos gemidos salieron de su boca, lo cual hizo que me asustara un poco de que pudiera oírnos alguien en la casa. Giró la cabeza y enterró la cara en la almohada, ahogando los gemidos siguientes, mientras una oleada de placer anunciaba la llegada del orgasmo por todo su cuerpo, que se puso en tensión durante el tiempo que duró el mismo. Me sentí orgulloso de mí mismo.

Cuando por fin alzó la cara, una gran sonrisa se dibujaba en ella, al tiempo que gotitas de sudor perlaban su frente. Se tomó el tiempo necesario para degustar las sensaciones que le ofrecía su cuerpo, seguro que bien conocidas por ella misma. Cuando se hubo repuesto, retomó la paja. Sin nada en lo que distraer mi atención, excepto sus pezones marcados en la camisa, me fue mucho más difícil contener mi excitación, que escapaba por mis poros de forma contundente. Unido a ello, Carlota estaba ahora especialmente motivada, deseosa de compartir conmigo su felicidad y de devolverme el pequeño favor que le acababa de brindar. Para ello, dedicaba ahora las dos manos, una sujetando con firmeza mi miembro, la otra acariciando mis pelotas cubiertas por cuatro pelos mal puestos. Superaba con creces mi propia técnica, mucho más rudimentaria. De tal modo que me puso al abismo del orgasmo en poquísimo tiempo, lo cual le indiqué. De pronto, pareció darse cuenta de cierto detallito, de que mi corrida era algo más aparatosa que la suya. Yo ya no me podía aguantar, y eso era algo que ella podía percibir fácilmente, por lo que, mientras continuaba con una mano, puso la otra en forma de cuenco y apuntó mi verga hacia allí.

Imponentes trallazos de esperma brotaron de mi polla y fueron a parar a su mano, con una abundancia que no recordaba ni en mis mejores pajas. Carlota miraba maravillada la escena, con una especie de aura alrededor de su ser, combinación de su orgasmo y el mío. Me exprimió hasta la última gota, limpiando el esperma sobrante de la punta de mi nabo. Me dejé caer, derrumbado, sobre la cama. Carlota seguía observando el cuenquito de semen en sus manos como si fuera "su tesoro". Entonces hizo algo inesperado para mí, y que me resultó lo bastante erótico como para empalmarme otra vez. Acercó su lengua y lamió la leche depositada en su mano, saboreándola y paladeándola con gusto, pues no parecía desagradarle lo más mínimo. Sin embargo, en un momento tan hermoso, erótico e íntimo como aquel, su madre comenzó a dar voces por el pasillo anunciando que nos traía la merienda. Carlota se asustó ante la situación que se tenía entre manos, y precisamente lo primero que hizo fue deshacerse de lo que tenía en las manos. Con un par de lametones sobre la palma de su mano, hizo desaparecer toda mi leche al instante. Hizo una mueca al tragar toda aquella sustancia y sentir cómo le bajaba por la garganta. Yo me subí mientras tanto con presteza los pantalones y me senté delante del escritorio, haciendo como que estudiaba. Carlota hizo lo mismo, posando sus preciosas nalgas sobre la silla en el justo instante en que su madre habría la puerta, llevando una bandeja con dos vasos de leche y galletas.

Carlota tomó su vaso y se lo bebió prácticamente de un trago, lo que le servió perfectamente para aclarar su garganta. Su madre le dirigió una mirada de sorpresa.

- Hija mía, desde cuándo te gusta tanto?
- Ay, mamá, y yo que sé.

Respondió relamiéndose los labios.

Su madre se marchó de la habitación diciendo alguna chorrada tipo "Ay, qué niña!" en voz baja. Carlota y yo degustamos las galletas con ganas. Cuando ya casi habíamos terminado, yo tomé mi vaso de leche y comencé a bebérmela. El vaso de Carlota llevaba vacío desde el primer trago, por lo que me dijo con una exhuberante sonrisa de oreja a oreja:

- Vaya, mi vaso está vacío. Me parece que vas a tener que darme otro poquito más de esa leche tuya tan rica para que pueda terminar mi merienda, no crees?