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"Para abrir boca, su sexo"
Dejaron de bailar y se dirigieron hacia la mesa,
decidieron que ya era hora de marcharse. Él la invitó a su casa y ella
aceptó, los dos sabían lo que querían. Bajaron en ascensor hasta el parking
y subieron al coche. Puso el seguro a las puertas, mas no arrancó el motor;
se giró hacia ella y la besó con deseo y pasión. Enterró su mano izquierda
en el escote de su vestido y acarició sus pechos, ella cerró los ojos y dejó
que el placer navegase a través de sus sentidos. Volvió en sí y le buscó con
la mirada, agarró su camisa y tiró de ella hasta dejarla totalmente fuera,
sus ansiosas manos buscaron el contacto de su piel y bajaron hacia su
cinturón, lo aflojaron, desbrocharon el pantalón y se introdujeron, en el
ardor y firmeza de su sexo. Su miembro completamente erecto, mostraba una
gran excitación y ella sintió como la humedad de su sexo empapaba sus
ingles.
-¿Qué te parece si nos vamos?, o acabaremos follando aquí mismo.
-Aquí no, mejor que no.
Arrancó el coche y salieron del parking camino de su casa. Una vez allí, y
sin mediar palabra entre ambos, se encaminaron directamente hacia el
dormitorio. Se desnudaron y acariciaron sus cuerpos con incontenida
excitación. Él, recorrió sus labios con dedos ávidos que se introdujeron
dentro de una cálida boca; ella los rodeó y succionó con la lengua. Acercó
él su boca, sus lenguas se encontraron, se acariciaron y se enzarzaron en un
húmedo juego; recorriendo cada uno el paladar del otro. Sus salivas se
confundieron y por las comisuras de sus bocas se deslizaban como pequeños
riachuelos. Sedientos de placer se bebieron el uno al otro, el fuego que los
devoraba se alimentaba de su deseo.
Se apartó de ella, la tendió encima de la cama, y con la humedad de su
lengua perfiló el contorno de su cuerpo. Acarició y estrujó sus pechos,
humedeció con saliva sus pezones y los succionó suavemente a la vez que sus
dedos se paseaban por el húmedo y caliente sexo de ella, que se
convulsionaba de placer. Dos manos inquietas se deslizaron por toda su
geografía masculina; irguió su cuerpo sobre la cama y acercó la boca al
miembro de él, lo lamió con dulzura; sus ardientes labios enjugados en
saliva envolvieron el glande con suma delicadeza, a la vez que su traviesa
lengua lo rodeaba en círculos, lo succionaba para luego rodearlo de nuevo;
tímidos mordiscos pellizcaban su carne provocando un rabioso y lacerante
placer. Todo él se escondía dentro de aquella húmeda gruta, hasta la
garganta pudo sentir su contacto y calor. Todo allí dentro era presencia.
Una placentera firmeza y sumisión derrotaba su pelvis, traspasaba fronteras,
ascendía por la médula espinal y se depositaba bajo la nuca donde inyectaba
rabiosa todo su veneno. Disfrutaba sintiéndose aprisionado entre lo dedos de
la mano de ella, que al son de un ritmo silencioso comenzaban a danzar
resbalando sobre un fluido salobre que se deslizaba sobre ellos. Saliva,
fluidos, sudor, todo se confundía en elixir de sabores, de olores; salvaje y
cruel pócima que trastorna y doblega sin compasión. Cables de acero
semejaban sus músculos, una irrefrenable tensión sexual recorría su fibra
cual descarga eléctrica. La sangre, tal parecía que se había concentrado en
un solo punto, su miembro; allí pugnaba con furiosa violencia por
expandirse.
Él, sintiendo cercana la eyaculación, se tumbó boca arriba, la sentó encima
de él y lentamente se introdujo dentro de su hambriento sexo. Una oleada de
feroz placer explotó en su interior al sentir como las paredes
aterciopeladas de la vagina lo envolvían con una caníbal y sensual firmeza.
Gemía ella como una posesa, moviendo rítmicamente sus caderas, al tiempo que
sentía sus pechos aprisionados entre sus manos, pellizcados sus pezones por
salvajes mordiscos; los dos estaban al borde de un profundo abismo de placer
al que no dudarían arrojarse. Un voraz orgasmo engulló sus cuerpos.