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LA PREFERIDA
Era un viernes extremadamente caluroso de enero. A las once de la mañana,
Verónica y Romina bajaron del "Ciudad de Buenos Aires", el viejo barco de
Ferrylineas, y contemplaron el pequeño puerto de la ciudad uruguaya de
Colonia con indisimulada excitación. A sus veintiún años recién cumplidos,
(Verónica era doce días más grande), era su primer viaje fuera de Argentina.
Ahora, con un bolso de mano cada una, comenzaba la aventura.
La primera misión era conseguir alojamiento para pasar el fin de semana. No
tenían nada contratado y pronto se dieron cuenta de su error. Había
demasiados turistas y todos los hoteles aceptables por el precio, estaban
completos. Finalmente desistieron de ir a un hotel y, aconsejadas por unos
vecinos, fueron a dar a una antigua casa ubicada en la Ciudad Vieja.
El frente de la casa estaba muy bien conservado. Las chicas llamaron a la
puerta y las atendió Andrea, la dueña del lugar. Andrea era una rubia de
treinta y cinco años, separada, que conservaba la casa que había sido de sus
padres. Era una mujer bonita, bien formada por el gimnasio y de ojos
celestes, como los de Romina. Estaba muy bronceada por el sol. Vestía una
blusa rosa sin mangas y un short de jean. En el fondo de la casa había
adaptado un amplio galpón donde antes se guardaban herramientas y lo había
convertido en un bonito departamento de dos ambientes, con una pequeña
cocina y un baño. El dormitorio, lamentablemente, carecía de ventanas, pero
tenia un respetable tragaluz redondo, que daba al patio, el cual podía
abrirse para que corriera aire. Tampoco el techo de chapa ayudaba con ese
calor que hacía, pero en el dormitorio había un ventilador de techo y Andrea
les podía facilitar otro de pie. Otro inconveniente que existía es que la
cama era matrimonial. Andrea no tenía camas individuales para darles. La
mujer les explicó a sus jóvenes clientes que siempre le alquilaba a
matrimonios, "por tranquilidad". Las chicas estaban tan entusiasmadas con
haber encontrado un lugar después de tanto caminar, que le contestaron que
no había ningún problema con el tragaluz, el techo de chapa y la cama, total
iban a pasar unos días y ellas eran amigas. No iba a ser la primera vez que
durmieran juntas. Siempre hacían eso cuando una se quedaba a pasar la noche
en casa de la otra. Y ahí eran camas de una plaza, así que aquí iban a estar
más cómodas. Por eso les rogaron a Andrea que les alquilase la pieza.
Andrea las miró, dos chiquilinas delgadas, embutidas en sus jean gastados,
con sus remeritas casi iguales y sus caritas implorantes y decidió que no
podían traerle ningún problema. No parecían drogadictas ni nada de eso. Las
dos llevaban el pelo largo y lacio, castaño claro el de Verónica y rubio el
de Romina, peinado con raya al medio. Parecían menores de la edad que decían
tener.
Los dos ventiladores, el del techo y el de pie, estaban al máximo de su
potencia y apenas conseguían que el dormitorio, a las cinco y media de la
tarde, no fuera un completo horno. La radio de Verónica sonaba fuerte,
derramando rock pesado. Las chicas habían sacado sus cosas de los bolsos.
Por el calor, ambas estaban en bombacha y remera. Verónica se había sentado
en el medio de la cama y miraba el lugar con sus ojos verdes entreabiertos.
Romina salía del baño, tironeando su cabello con un peine y a las puteadas.
- ¿Que pasa? - dijo Verónica.
- Este peine de mierda - le contestó.
- Veni, yo te peino, no chilles.
Romina se fue a sentar a la cama. Siempre era así. No sabia pasarse un
peine. Verónica se acomodó a su espalda y empezó a desenredarle el pelo.
Romina se dejó hacer.
- Ponete encima mío, así. - le dijo Verónica. Romina se puso a upa del muslo
derecho de su amiga, para estar más cerca, así la otra podía trabajar mejor.
Con el calor y la cercanía de los cuerpos, pronto estuvieron transpirando.
Se sacaron las remeras, para estar mejor, y así dejaron libres cuatro
jóvenes y redondeadas tetas. A pesar de que el peinado pronto acabo, se
quedaron en esa posición, una sentada encina de la otra en el medio de la
cama de dos plazas, un buen rato. Se suponía que escuchaban música. La
verdad es que ninguna se quería soltar. Romina se sentía bien, sentada sobre
su compañera, con lo brazos de esta descansando alrededor de su cintura.
Verónica estaba muy cómoda en esa posición, con los pezones apoyados en la
suave piel de la espalda de su amiga.
Pronto, las manos de Verónica tenían vida propia. Empezó a acariciar, como
al descuido, el plano vientre de su compañera. Romina se dejó hacer y luego
comenzó a acariciar, lentamente, con su mano izquierda el muslo de Verónica.
Estuvieron tocándose un buen rato, sin decir palabras, a lo sumo tarareando
la música. Después, la mano derecha de Verónica se volvió más aventurera y
tomó, suavemente, el pecho derecho de Romina, y se quedo ahí, inmóvil. Esta
respondió deteniendo su caricia y aferrando un borde de la bombacha de
Verónica.
- ¿Que haces? - musitó Romina, casi sin poder hablar por la mezcla de miedo
y excitación que la inundaba.
- Deja...dejame...- contestó Verónica, con voz ronca y le empezó a lamer el
cuello y acariciar los pezones.
Nunca les había pasado pero, sin embargo, fue casi natural. Romina gimió de
placer y como un acto reflejo, tironeó de la bombacha de la otra. Verónica
aumentó las caricias y los lamidos y Romina insistió en quitarle la braga a
su amiga. Bocas y lenguas se encontraron, al mismo tiempo en que una le
quitaba la trusa a la otra. Libres de toda ropa e inhibición, se dedicaron a
besarse y tocarse de la cabeza a los pies. Los delgados cuerpitos rodaban en
la cama buscando todas las formas del placer. Se obsequiaron las conchas
vírgenes y encontraron una posición ideal. Tendidas boca arriba, Romina se
ubicaba encima de Verónica, sobre el muslo derecho de esta. Así mientras
Verónica masturbaba a su amante, esta hacía lo mismo con ella.
Echadas así, se arrancaron sucesivos orgasmos.
Andrea había ido a pedirles que bajaran un poco la música cuando sintió los
ruidos. Al principio no los identifico, pero después se dio cuenta que eran
gemidos...de placer. Parada al lado de la puerta de sus huéspedes, asándose
al calor del patio, quedó un momento shockeada, sin saber que hacer. Después
se acordó del tragaluz.
Acercó una escalera de mano y, cuidadosamente, se puso a espiar. Tenía pavor
de que la vieran pero, a la primera tímida ojeada, se dio cuenta de que sus
inquilinas estaban demasiado ocupadas como para darse cuenta de nada.
Las vio en la cama, completamente desnudas, enzarzadas en un ardiente
sesenta y nueve, la cabeza de cada una hundida en la abierta entrepierna de
la otra. Los dos cuerpos se contorsionaban locamente.
Las guachitas gozaban como perras. Andrea, subida a la escalera, transpiraba
por el sol y por la envidia. Ella sola, y esas dos pendejitas dándose la
gran fiesta. No habían esperado nada para cogerse. Luego de chuparse las
conchas a placer, se soltaron y empezaron a lamerse las tetas. Andrea estaba
cada vez más caliente. Era injusto. Sin darse cuenta se metió una mano por
debajo del short y buscó la húmeda compañía de su cada vez más hambrienta
concha. Con la otra mano emprendió un lento masaje de sus tetas, paradas y
con los pezones como pinches.
Las chicas ahora se besaban en la boca, apasionadas y se revolcaban a un
lado y otro de la cama, pataleando excitadamente. Estaban en la gloria,
cuando Andrea, sofocada, se quitó la blusa y la tiró al suelo. En tetas,
siguió mirando como se cogían esas yegüitas. Estaban bañadas en sudor de
pies a cabeza.
Andrea se desabrochó el short, para que su mano estuviera más cómoda. Estaba
tan excitada como furiosa.
Las pendejas terminaron de chuparse y buscaron darse otra forma de placer.
Parecían expertas. Tendidas boca arriba, Romina se ubicaba encima de
Verónica, sobre el muslo derecho de esta. Así mientras Verónica masturbaba a
su amante con la mano derecha, esta hacía lo mismo con Verónica con la mano
izquierda.
Andrea se quitó el short y la bombacha y reprimió un insulto.
Las manos de las chicas, con una destreza desconocida por sus dueñas,
excitaban clítoris y vulvas. Los dedos exploraban los húmedos bordes,
provocando gozosos gemidos.
- ¡Guacha, guachaaa...te voy a sacar todo...!- decía una.
- ¡Dame , dame....!- decía la otra.
- ¡Si, sii, siii....!-
- ¡Mira, miraaa...!-
- ¡ahgg...dame...ahhh!
- ¡Tocame, ahiii...siii...ahhhhh!
- ¡Abrite maass...!
- ¡Aaahhhhh....!
- ¡Aahh...aaahhh...ahhhh...!
- ¡Maasss...dame maasss....asi...!
- ¡A miii....siiii...!
- ¡Aaaaahhhhh...!
- ¡Aaaaahhhhh...!
Echadas así, se arrancaron sucesivos orgasmos, hasta quedar exhaustas.
Andrea, totalmente transpirada, tomó una decisión.
Romina y Verónica descansaban de su pasión, cuando se abrió la puerta del
dormitorio. Era Andrea, totalmente desnuda y empapada desde el cabello a los
pies. Se paró a los pies de la cama y contempló a las amantes. Antes de
entrar, Andrea se había tirado una botella de agua mineral helada por la
cabeza, tanta era su calentura. Se veía espectacular con su piel bronceada.
Se notaba que tomaba sol completamente en cueros. Las chicas apreciaron esas
abundantes tetas. Andrea era una hembra de físico imponente, veían.
La mujer se arrodilló en la cama y gateó hacia las dos niñas. Estas, muy
sociales, le hicieron lugar entre medio de ellas. La mujer buscó la tierna
boquita de Romina y se besaron apasionadamente. Andrea rodó para tenderse
boca arriba, sin soltar a su niña. Verónica le buscó la concha. Romina,
ansiosa, se sentó en la cara de la hembra y está le hundió la lengua en el
agujero. Al rato, hechas un circulo en la cama, cada una le lamía la vagina
a la otra. Luego se revolcaron, chupándose todas, hechas un amasijo de carne
sudorosa. Después, Andrea y Romina, muy calientes entre sí desde el primer
momento, se abrazaron y pugnaron por frotarse los clítoris, en un furioso
combate. Verónica, en tanto, abrazaba a ambas y las lamía en todas partes.
La hembra mayor buscaba dominar a Romina, quien, de las tres, parecía ser la
que más tendía a entregarse a las otras. Verónica se apartó para contemplar
como las otras dos se cogían, mientras se manoseaba furiosamente. Andrea y
Romina parecían enloquecidas, aullando y acariciándose las calientes vulvas
con fervor. Era como si desde siempre hubieran estado esperando por este
momento. Las dos, con sus cabellos claros y ojos celestes, semejaban una
madre con su hija, dándose placer a raudales. Al final, explotaron juntas, a
los gritos. Verónica, mientras tanto, se obsequió un potente orgasmo, a pura
mano. Las tres quedaron tiradas en la amplia cama, jadeando placenteramente.
Por un buen rato las invadió una suave modorra. La transpiración se fue
secando y la respiración se hizo regular. Verónica fue la primera en volver
a la acción. Su cabeza había quedado casi pegada a la bellísima teta derecha
de Andrea. La nena decidió que quería mamar y, sedienta, le pegó los labios
al pezón. Romina, para no ser menos, hizo lo mismo con la otra teta y
Andrea, conmovida, las atrajo para sí y se aprestó a manosearles las
conchitas, mientras ellas seguían chupándola. Acurrucadas contra la hembra
mayor, las niñas dieron y recibieron todo. La cama crujía como si fuera a
partirse. Andrea, en la gloria, aullaba de placer, dándole de mamar a sus
dos bebitas.
Las chicas les pidieron a sus papis quedarse unos días más en Colonia, y
ellos las dejaron...
...Verónica se despertó y se encontró sola en la cama.
Habían dormido las tres en el dormitorio de Andrea, que era más fresco. No
había sido una noche muy movida porque estaban muy cansadas.
Eran las siete de la mañana. Intrigada, Verónica salió del dormitorio a
buscar a sus amantes. No había nadie en la casa principal. Desnuda, decidió
ir al departamento que había compartido con Romina. Antes de abrir la
puerta, los gemidos le confirmaron su sospecha. Abrió con cuidado y las vio:
tiradas en la deshecha cama, Andrea y Romina se cogían con total desenfreno.
Romina se abría desmesuradamente de piernas para que la mayor la manoseara a
placer. Andrea, en tanto se dejaba chupar las tetas por la niña. Verónica
quedó petrificada mientras las otras hembras se daban la mayor dosis de
placer posible. La habían dejado de lado. Más que nunca parecían una madre
con su hija, compartiendo el goce. Era increíble las ganas que se tenían.
Subían y bajaban por la cordillera de la más caliente lujuria, sin pensar en
acabar. Andrea digitaba los húmedos labios de la concha de Romina, como un
músico experto en sacar exquisitos gemidos de los otros labios de la
excitada niña. Por fin, terminaron abrazándose para que Romina atrapara con
sus muslos las caderas de la hembra mayor y se entregara a que esta
refregara su clítoris contra el suyo. Así se dieron y recibieron, empapadas
en sudor, hasta colapsar en un furioso orgasmo final.
- ¡Putas, putas de mierda - les gritó Verónica.
Las otras la miraron sorprendidas y asombradas.
- Vos - Continuó Verónica, dirigiéndose a Romina - ¡eras mi amiga y te abrís
y te vas a coger sola con esta puta de mierda, son dos hijas de puta..!
No pudo decir mucho más porque Andrea se abalanzó furiosa sobre ella y le
pegó un cachetazo. Verónica no se quedó atrás y le contestó de igual manera.
Las dos mujeres se tomaron de los pelos y rodaron por el suelo hechas un
amasijo de carne palpitante.
Pelearon como fieras. Hacía tiempo que todas habían tirado los
convencionalismos a la mierda. Ahora eran como animales, entregadas al puro
instinto. Se retorcieron las tetas que antes habían acariciado y chupado con
deleite, se mordieron, golpearon y arañaron, hasta que Andrea logró dominar
a su rival y la besó y manoseó a placer. Verónica intentó resistirse pero
terminó entregada a la lujuria. Ambas explotaron en un simultaneo orgasmo y
quedaron, exhaustas y bañadas en lagrimas de dolor y placer.
Romina, que estuvo contemplando extasiada toda la escena, se acercó,
gateando a cuatro patas y empezó a lamerlas por todas partes. Un largo rato
estuvo dándoles su amor hasta que las combatientes se recuperaron y así las
tres se trabaron en un espectacular triángulo de lujuria.
Esta vez, Verónica le chupó la concha a Romina, mientras recibía en la suya
la caliente lengua de Andrea, quien a su turno era atendida por la niña de
ojos celestes. Andrea sintió algo espectacular cuando la joven lengua se le
metió en el agujero.
Cuando terminaron, Andrea vio que Romina había quedado maravillada por la
chupada de Verónica. No podía aceptar eso...
Al otro día, fue como si nunca hubieran gozado juntas. Casi como dos
vírgenes expectantes. Romina se acostó en la gran cama y abrió bien las
piernas para que la boca de Andrea se abalanzara sobre su ardiente tajo.
La lengua de Andrea arrancó alaridos de placer a Romina. La chupó hasta
dejarla casi desmayada. Luego se tendió a su lado y esperó a que se
recuperara para atraerla hacía sus tetas. Cuando los labios de la niña
entraron en contacto con el pezón izquierdo de su amante, la calentura
retornó victoriosa. Romina chupó golosamente las dos tetas de la otra
hembra, haciéndola gritar de gozo:
- SIII, BEBEEE AHHH...CHUPAMEEEE MAASSS MASSS AAAHHHH DALEEEHHHH AHHHHH
AAHHHH... ASI... CHIQUITAAHHH... AAAHHHH!!!...
Verónica, por su parte, había aceptado quedar afuera del placer por esta
vez. Fue cuando la salvaje mirada de deseo que las otras dos se cruzaron la
hizo comprender que ellas se tenían que sacar hasta la ultima gota de las
ganas que se tenían. Entonces, se limitó a mirar como hipnotizada toda la
escena, hasta que ambas hembras, mutuamente saciadas y exhaustas, se
durmieron entrelazadas.
Tal vez ahora las niñas podrían volver con sus papis...
(c) Tauro, tauro_ar_2000@yahoo.com