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La barbacoa Al principio no me apetecía mucho ir, pero cuando me
dijeron que era el cumpleaños de Ramón, no pude resistir la tentación... es
uno de los mejores amigos de mi marido y me ha gustado desde siempre. Alto,
guapo, moreno, y, además, tiene un cuerpo envidiable. Así que nada más saber
que era su cumpleaños mi imaginación empezó a volar por enésima vez,
imaginando las cosas que haría con él. Muchas veces he soñado como tiene que besar, como tienen
que ser sentir esos brazos fuertes apretujándote, rodeándote la cintura, o
ese sexo erecto entre las piernas. Su mujer es amiga mía y alguna vez me ha
confesado las maravillas que le hace ese hombre en la cama. ¡Que envidia
siento en esos momentos! Ayudando a preparar la barbacoa, pero más atenta a lo que
hacía Ramón que a la propia labor de asar la carne; se me cayó la salsa que
estaba preparando para aderezar la costilla, poniéndome perdida por todo el
peto que llevaba ese día para atraer la atención, principalmente de Ramón.
Fue mi esposo el que le dijo a su amigo que me prestara algo para cambiarme,
alguna camiseta o cualquier otra cosa y Mónica, atareada en el tema de hacer
canapés, la que añadió que le prestara alguno de sus vestidos. La suerte
estaba de mi lado. Ramón se disculpó ante sus invitados (incluido mi marido)
y me llevó hasta la casa para prestarme algo que ponerme. Nada más llegar a
la entrada me quise poner de lo más insinuante y atrevida, creo que el
exquisito vino blanco ayudó lo suyo a lanzarme. No quería perder aquella
oportunidad que nos brindaban las circunstancias de estar a solas por
primera vez. - ¿Crees que tendrás algo de mi talla? - le pregunté con
movimiento lascivo. Él sonrió por mi ocurrencia, pero lo que no sabía es lo
cachonda y nerviosa que me ponía con solo estar a su lado. Y en el fondo yo
creo qué él también lo estaba o eso me parecía a mí al menos, pues no
atinaba a saber que decir con mis insinuaciones y movimientos. Al subir las escaleras pasé delante y empecé a contonear
mis caderas, creo que exageradamente, seguro que los ojos de Ramón se
perdían en el movimiento de mi culito bamboleándose y mis piernas morenas
algo que sin duda no le pasaría desapercibido. Mmmm, pensaba en Mónica y en
la suerte que tenía de poseer un hombre como él. Ojalá fuera yo esa
mujercita que le comiera cada uno de sus huesos. Llegamos a la habitación y
me senté en la cama, Ojalá fuera yo esa mujercita que le comiera cada uno de
sus huesos. Llegamos a la habitación y me senté en la cama, la misma donde
habría celebrado unos buenos polvos con su mujer. Ramón buscaba en el armario
intentando encontrar algo y yo botaba en la cama, recreando lo que debía
moverse en esos actos tan íntimos y que yo soñaba con tener alguna vez con
él. - ¿Encuentras algo Ramón? - le pregunté. - Sí, supongo que cualquier cosa te servirá ¿no? -
contestó trasteando desde el armario. Supongo que el vino que seguía subiéndoseme, volvió a
echarme una mano para armarme de valor. Me quité el peto y la camiseta que
tenía debajo quedándome con los pechos al aire. - Pero, ¿que haces Raquel? - me preguntó alarmado cuando
se giró hacía mí con una blusa en las manos. - ¿Que pasa? ¿Te vas a asustar de verme las tetas? Ya me
las has visto en la playa miles de veces cuando hago top less - le contesté
yo, sabiendo que la situación no era la misma, tratando de ponerle nervioso
de verdad, deseaba verle excitado, tanto como yo lo estaba en ese momento. - Pero Raquel... estamos en mi casa y.... – trató de
protestar, mientras yo movía mis senos insinuantemente. - Anda no seas tonto y dame algo de tu mujer. No me vayas
a ser un estrecho ahora. - No es eso, es que me siento cortado por la situación –
aquella confesión me pareció tan tierna, le cortaba tenerme delante de él
insinuando claramente mis pretensiones, eso aún me excitó más y me empujó a
ir un poco más lejos. - ¿Acaso no te gustan? - le dije poniéndome en pie y
empujándole a él a la cama. Al sentarse una de mis tetas quedó a la altura
de su boca. Raquel, por favor – me suplicó con cara de niño
bueno. Yo cada vez estaba más excitada ante aquella situación y
sólo deseaba tenerle entre mis brazos, sentirle dentro de mí como había
imaginado tantas y tantas veces, como me había contado Mónica que lo había
sentido ella. - Anda, dime si no son más bonitas que las de Mónica. El pobre Ramón no sabía donde meterse y yo me apretujaba
entre sus piernas, invitándole a ver mis pechos desde bien cerca. - Tócalas Ramón y dime cuales son más blanditas. - Pero yo.... Cogí una de sus manos y la llevé a mi pecho izquierdo. Le
sonreí, luego la otra mano al otro pecho y se las apreté para que hiciera lo
propio con mis senos que estaban sensibles a sus caricias. Pero en lugar de
apartar sus manos, como creí que haría en un principio, obedeció a mis
deseos y las apretujó y sobó con delicadeza, haciéndome sentir el suave
tacto de sus manos sobre ellas. - ¿Te gustan? - Raquel, esto es una locura. - Ramón, ¿Te gustan o no? - Claro Raquel, eres preciosa, pero... no debemos... – le
di un suave beso sobre los labios para callarlo y añadí: - Anda tonto, calla y ayúdame a quitarme el pantalón del
peto. No se movía, seguía estático, como si primero tuviera
miedo y segundo, no se creyera lo que estaba pasando, y tuve que volver a
llevar sus manos a mi cintura dibujando mi silueta y ayudarle a arrastrar la
prenda y mis braguitas, que descendieron despacio por mis muslos. La cara que puso al ver mi sexo desde tan cerca no se me
olvidará y seguramente a él tampoco aquella visión que tenía delante: el
cuerpo desnudo de una mujer hermosa que probablemente había deseado miles de
veces, ya que yo sabía que le gustaba, no sé si tanto como él a mí, pero
tampoco me echó a patadas exactamente. - Raquel.... Volví a agarrar sus brazos para terminar de bajar las
braguitas y el peto por mis piernas, hasta sacarlos por mis pies de la forma
más lasciva y erótica que pude. Me encantaba mostrar mi desnudez a ese
hombre que me tenía loca, mostrarle todo mi cuerpo solo para él, que
disfrutase ese momento como nunca. Me di la vuelta y puse mi culo contra su cuerpo, sin
dejarle ningún tipo de escapatoria. Ramón se agarró a mis caderas y yo giré
mi cabeza buscando su complicidad, descubriendo que bajo su pantalón algo
despertaba de forma extraordinaria. Meneaba el culo pegando mi espalda muy
cerca de su cara, algo que estaba segura le llevaría a caer en mis brazos de
una vez por todas y no creo que se presentase una oportunidad tan clara como
aquella. Mis piernas rozaban las suyas, ya que estaba en pantalón
corto. Mi culito se aproximaba y se alejaba mientras sus manos sostenían mis
caderas. Fue entonces cuando su boca besó mi espalda, al tiempo que me
decía: - Raquel, Raquel, cuanto te deseo - sonreí triunfante
ante aquella confesión. Como me gustaba oírle decir eso, me sentía dichosa y
feliz de escucharle. De sus besos por mi espalda pasó a chuparme con su
lengua bajando hasta mi culo, haciéndome doblar hacia delante para que
quedara expuesto a él, lamiéndolo y haciéndome ver las estrellas. Que gusto sentir esa lengua rozando mi piel, recorriendo
mis posaderas y esas manos que subían hasta mis tetas y las apretujaban como
siempre había soñado. Me di la vuelta y le quité la camiseta. Él permanecía
sentado en la cama, atónito de todo cuanto sucedía, como si no se lo
creyera. Ante sí, estaba una mujer desnuda, cachonda y que iba a darle un
buen repaso, sin duda. Tras la camiseta le despojé de los pantalones dejándole
desnudo, tumbado en la cama y con una erección descomunal. Me maravilló ver
su miembro tieso y altivo por mí, era mucho más larga y gruesa que la de mi
marido y eso aún me enloqueció más. - Raquel, yo... – protestó por enésima vez. - Shhhssss, calla y disfruta el momento, no pienses en
nada más, vivamos esta locura sin pensar en nada - le animé yo. Nada más decir eso, agarré su miembro por la base y lo
agité repetidamente y a continuación me lo metí en la boca, sin dejar de
mirarle a los ojos ni un momento. ¡Que delicia hacerle esa mamada que tantas veces había
anhelado!. Mi lengua vigorosa recorría aquel precioso pene, desde el
prepucio hasta los huevos, sin descanso, recorriendo toda su longitud,
lamiendo suavemente e introduciéndome a veces, el glande para chuparlo y
mamarlo como si fuera un helado. Ramón gemía y cada sonido que salía de su
garganta me extasiaba. Le gustaba cuando mis dientes jugaban con su glande
pareciendo que le iba a apretar con ellos y solo jugaba y jugaba, dándole
todo el placer que yo deseaba entregarle. Por un segundo me pregunté si
Mónica se lo haría así. Como veía que no aguantaría mucho, decidí que era mi
turno y tumbándome en la cama le invité a que fuera él quien me comiera a
mí. Esta vez no lo dudó y en un instante estaba lamiendo mi sexo con todas
sus ganas. Sentí como acercaba su boca a mi sexo y como soplaba suavemente,
luego masajeó mi clítoris con uno de sus dedos y seguidamente lo hizo con la
punta de su lengua, haciéndome estremecer ¡Ramón que gusto! - le decía yo echando mi cabeza
hacia atrás y volviendo a ver su cara en mi entrepierna sacándome todos
los gemidos del mundo. Continuó moviendo su lengua sinuosa de mi clítoris a mi
vagina, repasando mis labios e introduciéndola en mi vulva de vez en cuando.
Todo mi cuerpo vibraba de placer. Volví a levantar mi cabeza y no podía
creerme la suerte que tenía. Cuantas veces había imaginado la cara de Ramón entre mis
piernas, sustituyendo en mi imaginación lo que debía estar haciendo a
Mónica; y ahora yo estaba ahí, yo era la perceptora de ese placer inusitado. Ramón se concentraba en acariciar con su lengua cada
pliegue de mi vagina, de succionar cada jugo, de apretar con sus labios mi
clítoris despertando en mi un placer enorme. Pero no quería correrme con
aquellas caricias, deseaba tenerle dentro y hacerlo entonces, cuando los dos
fuéramos uno sólo y el fuego de aquella pasión nos quemara a ambos. Le dije que se tumbara en la cama, que quería montarme
sobre él, cabalgar sobre ese precioso miembro que tanto había soñado. Verlo
allí tumbado con su miembro totalmente erecto apuntando al techo era una de
las visiones más eróticas y deseadas de mi vida. Me senté sobre su pene, rocé mi sexo contra él
embadurnándolo con mis jugos y luego lo guié hasta mi vagina y descendí
despacio sobre él. Aquella verga dura se abrió paso en mi sexo de una forma
que me hizo estremecer, mientras sus manos se aferraban a mi culo ayudándome
a subir y a bajar, clavándome más hondo cada vez, hasta penetrarme
completamente. ¡Que maravilla sentirnos unidos, que placer tenerle ahí
abajo, follándome, que delicia! Solo se oían nuestros jadeos, nuestras
agitadas respiraciones y el sonido de nuestros sexos, uniéndose sin cesar. No tardó en llegarme el orgasmo, entre gemidos apagados
para no ser oídos, pues desde la ventana abierta de su habitación podíamos
ver a los invitados de la barbacoa. Allí estaban su mujer y mi esposo. Saber
que ellos podrían descubrirnos en cualquier momento fue una auténtica locura
que nos dio más placer todavía en aquel momento memorable. Ramón me llenó
hasta las entrañas con una corrida bestial que prolongó aun más mi propio
orgasmo. Me eché sobre él para sentirle de lleno por dentro y por fuera para
que ese momento no terminara nunca y le abracé con fuerza. Cuando dejamos de convulsionarnos me miró a los ojos,
estrechó mi cara con sus manos y me besó apasionadamente. Al rato bajamos sudorosos, lo más rápidamente para no
despertar sospechas, pero habiendo vivido uno de los momentos más intensos
de nuestras vidas. Ramón parecía muy nervioso y le costó mucho disimular
delante de Mónica, nada más verla se acercó a ella y le espetó un morreo de
campeonato que la pobre ni siquiera se esperaba. Yo en cambio, traté de mostrarme lo más natural posible
sin hacerle el menor caso a mi marido, que estaba jugando al fútbol con los
niños. Cuando terminó el partido de futbol se acercó a mí y me preguntó: ¿Qué tal ha ido? Perfecto – le respondí – el anzuelo está echado,
luego te lo cuento todo. Después de aquel primer encuentro estaba segura que Ramón
querría repetir en un futuro no muy lejano. KARISHA