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UN FELIZ DIA DEL AMIGO

-¡Ahhhhhhhhhhhh!… ¡Ahhhhhhhhhhhhh!… ¡Ahhhhhhhhhhhhh!…- jadeaba enloquecida, saltando encima de Pablo.

Desde abajo él me aferraba de la cintura con sus fuertes brazos, acompañándome en mis movimientos, jadeando también, susurrándome al oído que lo hacía muy bien, que me movía mejor que nadie.

Su verga repiqueteaba en mi más profundo interior, llenando cada espacio de mi sexo, proporcionándome esas exquisitas sensaciones gracias a las cuáles la vida es mucho más bella todavía.

-¡Ahhhhhhhhhhhh!… ¡Ahhhhhhhhhhhhhhh!…¡Ahhhhhhhhhhhhhhh!…- volvía a jadear, sintiendo que todo mi cuerpo se tensaba en una sola emoción, intensa, sublime, apocalíptica, y fue entonces al sentir el primer chorro de esperma, incontenible, desbordante, que eché la cabeza hacia atrás y quedándome quieta, bien encastrada, estallé en mil pedazos, ahogando mi lujuria en un sinfín de plácidos y extáticos sollozos.

Nada mejor para empezar el día que un buen polvo mañanero. Luego me enjuago la concha en el baño de Pablo, bajo a casa, me visto y llevo los chicos al colegio. De ahí directo al trabajo.

Lo primero que hago al llegar es separar las historias clínicas de los pacientes citados esa mañana, luego voy a la oficina del doctor y chequeo en la computadora mi correo personal. Aquel día recibí un mensaje muy especial, de mi amiga Ana, a la cuál no veía desde hacía bastante tiempo. En el mismo me contaba que ante la inminencia del día del amigo había logrado juntar a casi toda la barra del secundario, más precisamente a los de aquel inolvidable quinto año.

La noticia me impacto ya que las chicas y chicos que habíamos compartido aquella etapa tan trascendental de nuestras vidas formamos un grupo bastante unido, aunque con el tiempo, y como suele suceder, nos fuimos dispersando. Con la única con la que mantenía contacto era con Ana, aunque últimamente solo nos comunicábamos por mail.

Siempre me había tenido al tanto de sus intentos por rastrear a nuestros amigos de aquella época, y al parecer, por este último mensaje, lo había logrado.

Mientras leía y releía las líneas que me había escrito, no podía dejar de pensar en Juan Manuel, quién había sido mi primer amor, un amor no correspondido debo aclarar, cuándo recién cumplía los diecisiete.

El era el galán del colegio, el que tenía todas las minas, no había una que no cayera rendida a sus pies, y yo no fui la excepción, claro esta. Aunque nunca me dio pelota, por lo menos no en la forma en que yo deseaba y esperaba.

Una noche, en un baile que habíamos organizado para juntar fondos para el viaje a Bariloche, se me acercó, me dijo un par de palabras, e intentó llevarme a un privado. Estaba borracho y su único objetivo era cogerme, aunque en ese entonces yo no era la que soy ahora, todavía no me había desarrollado plenamente, y era más bien tímida e introvertida, así que lo rechacé de plano, si bien me arrepentí posteriormente de tal decisión. Quizás de haber aceptado, otra hubiera sido la historia, pero eso nunca lo sabré.

La reunión del reencuentro ya tenía fecha y hora, el mismo día del amigo a las ocho de la noche. El salón ya estaba reservado desde hacia varios días, por lo que no tendríamos problemas en ese sentido.

Con mi marido pasamos por la casa de mi hermana para dejar a los chicos y de ahí nos fuimos derecho para la fiesta. Ya en la entrada me encontré con Mariela y Jorgelina, quienes con Ana y conmigo habíamos formado un grupo inseparable en la secundaria, asistiendo incluso juntas a la facultad.

Fue una noche llena de encuentros y emociones, allí estaban María Luisa y Fernando, compañeros de división ambos y matrimonio ahora, Griselda, quién había alcanzado cierto renombre como diseñadora, Marcos, que estaba radicado en el exterior pero que había viajado especialmente para este día tan especial, Eleonora, reconocida actriz de telenovelas, Mariano, actual representante de futbolistas, y tantos más. Casi todos estaban presentes, y entre ellos no podía faltar Juan Manuel.

Ahora era un reconocido empresario del mundo del espectáculo, propietario de un teatro y marido de una reconocida modelo, de esas que adornan las tapas de las revistas. Y claro que seguía tan churro como siempre. Todas se le fueron al humo al verlo, ya sea para saludarlo o para sacarle un autógrafo a su célebre acompañante.

Yo, sin embargo, no me acerque, no creí que me recordará, pero más que grata fue mi sorpresa cuándo se me acercó a la barra para saludarme. Yo me había separado brevemente de mi marido para pedirle al barman que me preparara un trago, momento que él supo aprovechar para dejar a su grupo y venir hacia mí.

-¿Me parece o vos y yo tenemos algo pendiente?- me susurró al oído, tomándome absolutamente por sorpresa.

-¡Juanma!, que alegría volver a verte- lo salude dándole un beso en la mejilla.

-Lorena, dejame decirte que te ves espléndida, ¿con que te estuviste alimentando?- bromeó, mirándome las tetas en una forma por demás libidinosa.

Claro, me había ido con un escote que dejaba gran parte de mis atributos a la vista, y como muchos más él tampoco pudo resistirse a la tentación de echarme un vistazo.

-Supongo que con lo mismo que se alimenta tu esposa, te felicito, es muy bonita- le dije.

-Si, pero no me cambies de tema, ¿sabes que sos la única que se me escapó?- me confió con una sonrisa resignada.

-No creí que estuvieras tan interesado en mí- le dije.

-Bueno, en aquella época no estabas como estás ahora- observó acertadamente, mirándome de arriba abajo.

-¿Qué te pasa? ¿Acaso tu psicólogo te recomendó resolver asuntos pendientes de tu adolescencia?- le consulté, no pudiendo creer que teniendo la mujer que tenía al lado, me anduviera persiguiendo.

-Algo así, y el tuyo esta primero en mi lista- bromeó.

Estuvimos un rato más charlando en la barra, hasta que se nos acercaron los demás y ya no pudimos seguir seduciéndonos como hasta entonces. Durante el resto de la noche, él y mi esposo hicieron muy buenas migas, tanto es así que al finalizar la velada le dio una tarjeta para que lo llamara.

-Espero tu llamado- le dijo al despedirse, guiñándome cómplice un ojo.

Esa misma noche busque en el traje de mi marido la tarjeta y anoté el número. Al día siguiente lo llamé.

-No sé por que estoy haciendo esto, pero acá estoy- le dije cuándo me atendió.

-¿Queres que nos encontremos?- me pregunto.

-Si- contesté.

Al rato me paso a buscar por la esquina de mi trabajo. Había pedido el resto de la tarde libre, supuestamente para realizar unos trámites, por lo que no tenía problema de horario.

-¿Vamos a comer algo?- me pregunto ya que apenas pasaba del mediodía.

-No- le dije, terminante, decidida.

A los pocos minutos entrábamos a un albergue transitorio de la zona.

-Anoche, después de la fiesta estuve pensando en vos- me dijo ya en la habitación, prodigándome mimos y caricias.

-Espero que algo bueno- le dije ronroneando como una gatita en celo.

-La verdad es que en lo único en que podía pensar era en cogerte- me aseguró.

-Que casualidad, yo pensaba en lo mismo, en que me cogieras- le confié.

Y mientras nos besábamos en esa forma que expresaba las ganas que nos teníamos desde hacia tiempo, deslicé una de mis manos por sobre su entrepierna, palpando por anticipado ese generoso baluarte de vigor que ya comenzaba a expresarse libre y plenamente, sin ataduras.

Le baje el cierre del pantalón, se lo desabroché y pelé aquella preponderante verga que ni bien sintió mi cálido contacto se endureció terriblemente alcanzando unas proporciones de ensueño.

Manteniéndola bien agarrada con una mano, la sacudí suavemente, recorriendo con mis dedos todo su fascinante esplendor, subiendo y bajando por esa piel tersa y fragante que resumía mis más tórridos anhelos.

Cuándo tengo una pija en la mano me descontrolo, y eso fue precisamente lo que me pasó al tener la de Juan Manuel. Me puse como loca, tanto que me le eché encima y me puse a chupársela con desesperada fruición, sometiendo a aquel duro pedazo de carne a un intensivo tratamiento oral..

Me la metía y sacaba de la boca, toda entera, rebosándola de saliva, escupiéndole encima para hacer aún más fluida la mamada.

Su sabor íntimo me llenaba todo el paladar, expandiéndose en voluptuosas oleadas por todo mi esófago, y desde allí hasta la cima de mis sentidos, embriagándome en esa forma que no admite renuencias ni vacilaciones.

Entre plácidos suspiros Juan Manuel me acariciaba la cabeza, me pellizcaba las orejas, me rascaba el cuero cabelludo, asegurándome que le estaba haciendo el mejor "pete" que nadie le hubiera hecho jamás. Obvio que tales elogios, viniendo de alguien tan cogedor como él, me motivaban mucho más todavía, así que intensifiqué no solo el ritmo de mis labios, sino también el de mis manos, pajeándolo con la misma intensidad con que lo chupaba.

La verga de Juan Manuel me sabía a Gloria, y me costó desprenderme de ella, pero si no se la soltaba iba a acabar antes de haber empezado siquiera.

-¿Queres que me lo ponga?- me pregunto luego mostrándome un preservativo todavía ensobrado mientras yo lo esperaba en la cama, de piernas abiertas y apoyada sobre mis codos, mirándole absorta esa terrible erección que cautivaba todos mis sentidos.

Le dije que no con la cabeza y tirando el sobre hacia un costado se lanzó sobre mi cuerpo, aprisionándome entre sus músculos bien trabajados.

Lo abracé y me pegué a él, sintiendo como se me estremecía todo por dentro, y como la concha se me humedecía densamente sin haber recibido todavía nada adentro.

De a poco se fue acomodando en la forma adecuada, me apoyó la aguda y pegajosa punta entre los gajos, y empezó a empujar suavemente, metiéndome trozo por trozo, quemando mis paredes interiores con su caliente y palpitante volumen.

Cuándo lo tuve todo adentro, entrelacé mis piernas alrededor de su cintura y lo mantuve ahí por un buen rato, sintiéndolo latir, llenando cada resquicio de mi sexo, tras lo cuál cedí un poco la presión y le permití moverse, adentro y afuera, dejándome arrasar por ese vendaval de vigor y lujuria en que se había convertido su entrepierna.

Yo me movía con él, acoplando mi pelvis a la suya, buscando un nuevo ensarte cada vez que me la sacaba, anhelando sentir por siempre esa hermosa verga en lo más profundo de mis entrañas.

Juan Manuel resultó ser un amante excepcional, alguien que se preocupa realmente en satisfacer a su compañera. Afecto además a practicar las mil y un posiciones posibles.

Me la metía en una y ya estaba dándome la vuelta para metérmela en otra, clavándomela desde todos los ángulos.

No es que fuera un superdotado, a decir verdad poseía un tamaño bastante normal, pero lo que tenía lo manejaba más que bien, en forma óptima.

Le gustaba también, al igual que a mí, el sexo anal, por lo que mi culito estuvo de parabienes recibiendo una y otra vez ese bien provisto volumen que parecía no agotarse nunca.

Claro que un polvo no era suficiente para saciar a Juan Manuel y a las ganas que me tenía desde el secundario.

De modo que luego de que nos echáramos el primero, volvió a atenderme de maravillas, como si recién hubiera empezando, metiéndomela por uno y otro lado, dándome vuelta constantemente, haciendo de aquella una experiencia absolutamente inolvidable. En todos los sentidos.

Ahora me estaba dando estando yo en cuatro patas, con el culo bien levantado, ofreciéndome toda para él, bien abierta y anhelante, mojada, caliente, desesperada.

La verga entraba y salía en toda su extensión, descargando en todo mi cuerpo un millar de punzadas eléctricas, transportándome hacia un mundo pletórico de sensaciones, esas mismas sensaciones que años atrás, en una baile para recaudar fondos, había rechazado. Pero por suerte la vida me estaba dando otra oportunidad y esta vez no la rechazaba.

Puedo decir que lloré cuándo llegué al orgasmo, vertí algunas lágrimas, estremeciéndome en una forma por demás intensa y devastadora.

Que aquel hombre, casado con una de las mujeres más deseadas de la Argentina me estuviera cogiendo de tal forma, era motivo suficiente para que el placer más supremo sacudiera todo mi cuerpo con fuertes ramalazos de pasión.

Luego del enésimo polvo que nos echamos, nos duchamos juntos y salimos del albergue transitorio. Me dejo en donde me había levantado, en la esquina de mi trabajo, despidiéndose de mi con un beso que me hizo vibrar como si se tratara de un orgasmo propiamente dicho.

Por el momento no sé si vamos a volver a vernos, pero por las dudas tengo su número bien anotado.

Y es que ya saben, mujer precavida…