DEPILADAS
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HIJO E TIGRE
Cuándo mi marido se va a trabajar, bien temprano por la mañana, me voy a lo de Pablo. No es algo que haga con frecuencia, pero si cada tanto, sobre todo los sábados que es cuándo los chicos duermen hasta tarde y sé que dispongo de mucho más tiempo para estar con mi macho.
Este último no fue la excepción, por supuesto. Subí como siempre, apenas con un "baby – doll" puesto, empujé la puerta que adrede deja abierta para mí, y me metí a su cama. Una de mis manos fue directamente a su entrepierna, buscando lo que más me interesa, esa hermosa verga que tiene y que en esos momentos se convierte en toda mía, y agarrándosela firmemente, empecé a meneársela, arriba y abajo, consiguiendo en solo segundos una erección de calibre impresionante, de esas que suele regalarme.
Hice a un lado la sábana y metiéndome entre sus muslos comencé a lamérsela empezando por las bolas, subiendo desde allí por el nervio central, recorriendo con mi lengua todo su grueso e imponente volumen, ese mismo volumen por el cuál siento tanta devoción.
La verga de Pablo me parece lo más rico que pueda existir sobre la faz de la Tierra, un bocado incomparable, y soy capaz de pasarme horas chupándosela, hasta sentir que se me entumece la quijada de tanto succionar.
No hay nada que se le parezca y yo trato de sacarle el máximo provecho, y en eso estaba precisamente, comiéndomela casi entera, sintiéndola palpitar en mi garganta, a punto de asfixiarme con ese trozo de carne atascado entre mis amígdalas.
La sacaba de mi boca y la escupía para volvérmela a meter una y otra vez, sintiendo como se le endurecía, como se le tensaban las venas, como se le llenaban las bolas, como se hinchaba la cabeza y como se le ponía mucho más colorada todavía.
A todo esto Pablo seguía dormitando, o se hacía el que dormía, ya que le gusta ese jueguito, le gusta observarme mientras me atraganto con su verga, desplegando sobre ella todas mis habilidades orales.
Claro que llega un momento en que ya no puede contenerse más, y es ahí cuándo afloran todos sus instintos salvajes, esos que tanto me seducen, entonces me agarra como si no tuviera voluntad propia, y poniéndome en la posición más accesible para sus fines, me la mete limpiamente, me la manda hasta el fondo de un solo y vibrante empujón, arrancándome esos suspiros que ratifican una vez más, como si hiciera falta, lo mucho que me halaga tenerlo adentro, bombeándome irrefrenablemente, sometiéndome a un verdadero festival de sensaciones.
No podía sentirme más complacida. La verga de Pablo me llena por completo, adecuándose perfectamente a las dimensiones de mi sexo. Y ya una vez adentro, bien colocado, empieza con ese furioso vaivén que me vuelve completamente loca, que me saca de quicio, me coge con todo, sin darme ni un solo respiro, me la saca, me da la vuelta y me la mete de nuevo, siguiendo con esos movimientos que me trituran las entrañas, aunque la verdad es que yo no puedo sentirme más gustosa. Me encanta que me coja así, con esa furia salvaje tan propia de su naturaleza.
No pretendo que me acaricie, tampoco que me besé, mi única pretensión para con él es que me parta al medio como un queso, como suele decirme siempre que estamos juntos.
"Te voy a sacar los ojos para afuera", me dice cuándo me la acomoda en el culo para llevar a cabo el último ritual, el que nos mantendrá unidos por un largo rato en una excelsa y absoluta comunión.
Me la va metiendo de a poco, permitiéndome sentir como mi esfínter se va abriendo para recibirlo, para darle la correspondiente "a – cogida", y cuándo ya la tiene adentro, empieza a surtirme con ese frenesí avasallante que parece que fuera a cumplir con su incitante amenaza, ya que en verdad siento como que estuviera a punto de hacerme saltar los ojos de las órbitas.
Siento como fluyen las lágrimas, lágrimas de gozo y placer, de inmensa satisfacción, lágrimas que reafirman aquella dependencia sexual que siento hacia él.
Un grito enardecido escapa de mi garganta cuándo siento un borbotón de semen precipitándose entre las ásperas paredes de mi culito, llenándome y extasiándome con su deleitable efusividad, y ahí nos quedamos abotonados por un buen rato, suspirando complacidos, dejando que las sensaciones más intensas fluyan sin traba alguna por cada rincón de nuestros respectivos cuerpos.
Luego nos recostamos, él prende un cigarrillo, y charlamos de cualquier cosa, hasta que se hace la hora en que debo volver a casa y atender a mis hijos.
Pero ese sábado en especial me sorprendió con algo que no esperaba. Me contó acerca de su hijo, Pablito, de 16 años, era la primera vez que lo nombraba, ya que nunca me había contado nada de su vida personal. Cogíamos, si, pero eso no significaba que supiéramos todo el uno del otro.
Y sin irse por las ramas me dijo que el chico ya estaba en edad de debutar y que él, como padre, se quedaría absolutamente tranquilo y orgulloso de que su hijo debutara con una mujer como yo.
En otras palabras, y más allá de los elogios que me dispensaba, me estaba pidiendo que cogiera con su hijo.
En un primer momento dude, y hasta me negué, pero después de pensarlo un poco más, me dije a mí misma, ¿por qué no?. Él mismo me lo estaba pidiendo, no es que le metería los cuernos a él también. Se los metería, pero bajo su propia responsabilidad.
Sería además como una infidelidad potenciada, infidelidad al cuadrado, ya le era infiel a mi marido y ahora lo sería a mi amante. Y la verdad es que la idea me calentaba.
Aparte, claro, de que me sentía orgullosa de que pensara en mí de esa forma, después de todo confiarme a mí el debut sexual de su hijo era ya todo un halago.
Al final le dije que sí, por lo que arreglamos que su hijo vendría una tarde y me lo presentaría. El chico juega en las inferiores de un club del sur del Gran Buenos Aires, así que se vino con el bolso desde el mismo entrenamiento.
Me sorprendí al verlo, ya que es igual a Pablo, solo que más joven, aunque Pablito es mucho más corpulento, quizás por la práctica de deporte.
Su padre me presento como una amiga, y para romper el hielo nos sirvió unas cervezas, luego dijo que tenía algo urgente que hacer, y se fue dejándonos solos.
El chico me miraba de arriba abajo, sin poder disimular la admiración que le incitaba mi cuerpo y mis formas. Yo encima me había ido vestida de la forma más sugerente posible, con una mini y una blusa que más que sugerir, mostraban lo que contenían.
Ni bien Pablo huyó por la tangente dejando a su indefensa criatura a merced de esta loba con las uñas recién afiladas, me acerque a él y comencé a hablar en un tono bajo y sumamente meloso, diciéndole que era muy lindo, que seguramente debía de tener un montón de novias.
Pablito resultó ser bastante tímido, pero de a poco se fue soltando, sobre todo cuándo la cerveza empezó a correr y más aún cuándo pelé una teta y se la ofrecí sin mayores vueltas.
Por más tímido y vergonzoso que pudiera ser, una teta es una teta, y todos reaccionan igual ante una, ya tengan 16 u 80 años. Y Pablito no fue la excepción, se colgó de ella y empezó a chupármela como si fuera un bebé, haciéndome unas deliciosas cosquillas en los pezones.
Por supuesto que aproveché ese momento para acariciarle la pija por encima de la bragueta, como hago comúnmente, pero cuándo se la toqué me estremecí toda. No podía creer que tuviera eso guardado ahí, y lo digo sin exageración alguna.
Pablo la tiene grande, sí, pero la de su hijo desafiaba las leyes de la genética. Tenía un trozo impresionante, un pedazo de manguera que se combaba bajo el influjo de mis dedos.
Habiendo palpado semejante "monstruosidad", se la pelé a toda prisa para descubrir que el tacto no me había engañado. La tenía enorme, gruesa y larga como una anaconda, y se estremecía en mi mano alcanzando un tamaño por demás imponente.
Enseguida me eché sobre semejante maravilla y se la empecé a chupar por todos lados, o traté al menos, ya que no podía metérmela en la boca por más que lo intentara.
Así que le chupaba las bolas, le chupaba la cabeza, se la chupaba por los costados, subiendo y bajando con la lengua y los labios a lo largo y a lo ancho de ese terrible garrote que parecía haber sido moldeado a escala de un pequeño gigante.
¿Me entrara esa cosa?, me preguntaba mientras trataba de abarcar con mis labios tal inmensidad.
Y sí, me entró, con cierta dificultad y con algo de dolor, pero me entró, no toda, claro, pero si una buena parte, la que se dedicó a bombear vigorosamente dentro de mí, prodigándome un goce que se extendía por cada fibra de mi cuerpo.
Ni siquiera tuve que decirle como tenía que moverse, él mismo encontró la cadencia adecuada, llenando cada rincón de mi concha con esa descomunal poronga que tanto me hacía chillar y emocionar.
Echada en cuatro pies en el suelo, con la cola bien levantada, ofreciéndosela en todo su rozagante esplendor, Pablito me la empaló desde atrás y empezó a sacudirme con fuerza y vigor, haciéndome vibrar con cada ensarte, delirándome de placer, sumiéndome en una deliciosa y gustosa agonía.
El polvo llego brutal, estrepitoso, incandescente. Me llenó la concha con un chorrazo de leche que sentí que me bañaba las entrañas, estremeciéndome con ese derrame que tanto me complacía.
Me quede un buen rato tirada en el suelo, sintiendo como esas tumultuosas sensaciones se iban evaporando, y de a poco iba recuperando la compostura y el sentido.
Luego me levante, me volví hacía él y se la chupé de nuevo, succionando con fuerza tan tremendo ariete carnoso y viril, sorbiendo los restos de esperma que impregnaban tan fastuosa superficie.
Se la chupe por un buen rato, hasta que volvió a recuperar ese esplendor del inicio que tanto me había hecho gozar, entonces me le subí encima y abriéndome bien los gajos de la concha con mis propios dedos, me fui ensartando precisa y lentamente en tan preciado instrumento, disfrutando de cada pedazo, gozando al máximo esa sensación que me proporciona una verga entrando en mi concha, llenándome eficientemente, resbalando por mis paredes interiores hasta llegar a ocupar su lugar, ese que se había ganado en muy buena ley.
Me quede un rato ahí, tratando de acomodarme en la posición que me resultara más confortable, sollozando de placer, tras lo cuál empecé a moverme de atrás hacia delante haciendo que la pija de Pablito se deslizara por todo mi interior, provocándome esas sensaciones por las cuáles soy capaz de cometer las locuras más osadas, como lo era estar cogiendo como una descosida con el hijo de mi amante.
Ya habiendo encontrado el ritmo preciso, me incliné sobre el cuerpo del muchacho, y poniéndole mis macizas tetas justo encima de la cara, lo incité para que me las chupara y mordiera a su antojo. Así lo hizo, haciéndose un verdadero banquete con mis tetas, chupándomelas a más no poder, retorciéndome los pezones con sus dientes, haciéndome vibrar hasta lo más íntimo.
Ya mi cuerpo estaba empezando a precipitarse nuevamente hacia un estallido gozoso y apasionado, de esos que solo Pablo y algún otro que eventual amante puede regalarme. Pero ahora Pablito se sumaba a la confraternidad, proporcionándome la dicha más absoluta y gloriosa que pudiera sentir.
Grité como una loca cuándo Pablito se dejo ir y me rebalsó la concha con unos cuántos chorros de esperma, ahogándome en una extática efusividad, fundiéndose junto conmigo en una delicia que trascendía los límites de la pasión.
-¡Estuviste maravilloso!- le dije luego, mientras buscaba sus labios y lo besaba con furor, sellando así aquel encuentro que desde ya se ponía a la cabeza de mi largo historial como amante.
Fue un polvo maravilloso, sublime, esplendoroso, como los que suelo echarme con su padre, algo de no creer.
Tanto es así que quedo doliéndome la concha por un buen rato, así de grande la tiene Pablito. Y estoy segura que desde ahora, que ya debutó, muchas otras mujeres podrán disfrutar de esa nutria que tiene entre las piernas.
Claro que después de haber estado con los dos, no puedo evitar que pase por mi cabeza la idea, cada vez más insistente, de hacerlo con los dos. ¿Se imaginan? Eso sería la Gloria absoluta, la consagración de todos los sentidos.
Uno por detrás y otro por delante, hasta se me hace aguita la concha de solo pensarlo. Se lo voy a proponer a Pablo, quizás en un primer momento no lo acepté y me diga que estoy loca, pero pienso insistirle. Después de todo fue él mismo quién me pidió que cogiera con su hijo, ¿no?, así que él es el único responsable de estas lascivos antojos que estoy teniendo.
¿Y saben qué? Estoy segura de que voy a hacer realidad mi fantasía. Padre e hijo juntos, conmigo en el medio. La sola idea me causa una emoción incontenible.