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LA TAZA DE TÉ
Aquella chica me volvía loco, llevaba hablando con ella mucho tiempo y teníamos una bonita amistad, llena de confesiones y buenos momentos frente a la pantalla de un ordenador. Su mensaje me había puesto muy nervioso, aunque ya había quedado con ella para tomar café antes, nunca habíamos estado a solas y su invitación hizo temblar mis piernas.
Traté de vestirme de forma seductora pero casual, camisa negra elegante, vaqueros, zapatos marrones, cinturón negro de cuero y unas gotas de mi perfume favorito en el cuello. Peiné mi pelo con un poco de gomina pero no demasiada ya que nunca me ha gustado parecer un chulazo. Me miré en el espejo y vi un hombre de verdad, dispuesto a todo, sin tabúes, sin miedos ya enterrados y decidido a conseguirlo todo.
Unos segundos antes de tocar el timbre de su puerta me vinieron a la cabeza todas las dudas del mundo. Ella llevaba muchos años con un hombre mucho mayor que ella y yo también tenía a alguien aunque sabía que no me quería. Lo pensé varias veces, pero quería descubrir si lo que realmente sentía por ella era amor.
Antes de que pudiera darme la vuelta y huir se abrió la puerta. Allí estaba ella con sus ojos felinos mirándome fijamente y una sonrisa esbozada en sus labios sensuales y pintados de rojo que impedían cualquier conato de huída.
Llevaba un pijama de dibujitos como si fuera una niña pequeña y unas zapatillas de esas de peluche, lo que me hizo pensar que sus intenciones no se alejaban más allá de las fiestas de pijama que organizan las chicas, en las que hablan y hablan.
"¿No vas a pasar?", me dijo sonriendo mientras se daba la vuelta y me invitaba a entrar al salón de su casa.
En ese momento me fijé que se marcaba su tanguita bajo la finísima tela de su pijama, lo cual permitía apreciar cómo tras un vidrio traslúcido las formas de un tremendo culo propio de sus veinte años, redondo, carnoso y respingón. Mi imaginación voló y casi pude sentir por un momento el calor de sus nalgas acariciadas por mi lengua.
Charlamos un buen rato, compartimos risas y una suculenta cena que amablemente me había preparado, aderezada por un ambiente acogedor y sensual a la vez, con poca luz y buena música rock de los años sesenta. Traté de mantenerme sereno, que no se notara que me moría por tumbarla sobre la mesa y regalarle todo mi semen acumulado en infinitas fantasías que ella me había provocado en esas largas conversaciones frente a una webcam o por teléfono.
Sus ojos brillaron de una forma especial cuando me dijo que la acompañara a la cocina para prepararse un té y lo tomé como una señal de invitación a perder mis temores. Al calentar el agua se puso de espaldas a mí, su largo y rizado pelo castaño cayó por el lado izquierdo de su cuello dejando el resto completamente al descubierto en una imagen verdaderamente sensual. Era un cuello largo, de piel suave, dulce, blanca y detonante de mi reacción. No pude más, empecé a sentir una excitación tremenda y en ese momento me di cuenta que mi polla había tomado la delantera a mis intenciones. Estaba tan dura que me dolía, palpitaba y golpeaba mi pantalón como una fiera salvaje que desea escapar de sus ataduras, nunca la había sentido así y me sentí mas hombre que nunca.
No lo dudé, el deseo podía con mis temores y decidí pasar a la acción aunque me arriesgaba a perder una buena amiga. Tres pasos me separaban de su cuerpo, tres pasos me separaban de una diosa. Pasos que recorrí sigilosamente y sin hacer ruido hasta situarme justo detrás de ella que no paraba de hablar, aunque yo no podía ya escuchar ni una sola de sus palabras, sólo podía escuchar el latido de mi corazón a doscientas pulsaciones que trataba de escapar de mi pecho.
En ese momento sintió mi respiración entrecortada como una suave y cálida brisa que acariciaba su cuello al descubierto. Su conversación cesó y se hizo un silencio sensual y revelador para mí. Se paró el tiempo para ambos unos instantes hasta que giró mínimamente la cabeza hacia atrás, pude ver su mirada expectante y el temblor que comenzaba a brotar en sus manos.
Puse las manos suavemente en su cintura y apreté mi miembro palpitante sobre su culo de manera desafiante y decidida. Se estremeció y pude notar cómo un escalofrío recorría su cuerpo, como si fuera una descarga eléctrica provocada por mi polla, que empezando en su culo, recorrió todo su cuerpo hasta su brazo derecho, lo que provocó la caída de su taza de té al suelo.
Ni siquiera nos inmutamos por el tremendo ruido de la taza al caer, nada podía distraernos en ese momento, nada.
Mis labios carnosos comenzaron a besar lentamente su hombro casi desnudo por completo. Fui subiendo por su cuello acariciando pausadamente la piel con mi lengua, ligeramente húmeda. Poco a poco había comenzado a apretar de forma más intensa esa fiera palpitante que había en mi pantalón sobre esos carnosos cachetes de su culo, que se abrían blanditos y deseosos ante la presión de mi polla como si la invitaran a entrar en ese paraíso.
Ligeros gemidos comenzaron a salir de su boca, mezclados con una respiración cada vez más agitada, gemidos que se hacían más evidentes cuando envestía la polla contra su culo con algo más de violencia. En ese momento comencé a subir una de mis manos por su cintura hasta su pecho. Pude comprobar que tenía unos pechos firmes, grandes y suaves bajo su pijama. "¡Dios mío es una diosa!", pensé para mí. Mis dedos juguetones atraparon un durísimo y juguetón pezón, marcado bajo la finísima tela de su pijama que parecía una segunda piel en su maravilloso cuerpo. Lo presioné con cuidadosamente con las yemas de mis dedos, lo que volvió a provocar en ella otro escalofrío y más gemidos causando seguramente la fugaz huida de alguna gota de semen en la punta de mi miembro.
Mientras, mi otra mano ya acariciaba su vientre agitado por la excitación y bajaba ansiosa hacia su tanguita, que no pudo oponer ninguna resistencia a mis intenciones. Noté un intenso y húmedo calor al hundir mis dedos en su coño, como si los sumergiera en una tibia taza de chocolate. Su clítoris palpitante estaba completamente hinchado por la excitación y su flujo comenzaba a brotar sin control por sus muslos. Decidí torturarlo suavemente y lentamente, haciendo pequeños círculos con la yema de mis dedos sobre él, alternándolo con rápidos y suaves movimientos de presión de arriba a abajo que la volvían loca a juzgar por la forma en que sus piernas temblaban. Cuando aumentaba la presión sobre su punto más íntimo y cuando introducía un par de dedos en su coño, provocaba su estremecimiento y apretaba con ello su culo fuertemente sobre mi polla, lo que hacía que nos pusiéramos ambos más calientes todavía. Así permaneció unos minutos, como una niña en celo con su pijama de dibujitos que ya difícilmente se sujetaba en su cintura y apretando con todas sus fuerzas su culo contra mi polla a punto de reventar.
Ya no podía más, necesitaba saborearla y le di la vuelta rápidamente. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos me pedían que la destrozara con mi polla y sus labios tenían el color rojo más intenso que he podido ver nunca. Bajé lentamente su pantalón y luego su tanga sin dejar de mirar a sus ojos expectantes, no opuso ninguna resistencia, estaba completamente sumisa a mis pervertidas intenciones. Nos encontrábamos situados cara a cara y nos fundimos en un profundo beso en el que nuestras lenguas se conocieron definitivamente. Fuertemente y con las dos manos agarré los cachetes de su culo, pudiendo comprobar que la forma varonil con la que la estaba tratando le encantaba. Cogiéndola en volandas la senté sobre la encimera de su cocina y abrí sus piernas dejando al descubierto un coñito bien rasurado aunque no por completo que me volvía loco. Tenía los labios del coño voluptuosos y un clítoris suave y rosado ligeramente cubierto de sus maravillosos fluidos. Estaba viviendo un sueño, todas mis fantasías con ella se estaban cumpliendo paso a paso y quería demostrarle lo que es sentir placer de verdad.
Comencé a besar lentamente la cara interior de sus muslos y a dar pequeños mordisquitos en esa zona tan sensible de las mujeres. A ella parecía volverle loca y acariciaba mi pelo con una mano mientras me miraba impaciente, deseosa de que empezara a devorar su coño. No articulaba palabra, pero su mirada lo decía todo y me pedía que se lo hiciera ya.
Poco a poco comencé a dar fugaces besitos en sus labios y a fingir accidentales roces de mi lengua y labios al pasar por delante de su clítoris. Estaba claro que se sentía impaciente y trataba de acercar con su mano disimuladamente mi boca a su clítoris mientras daba pequeños gemidos. Pero yo sabía que cuanto más le hiciera sufrir, más grande sería el placer que sentiría ella después y continué jugando con mi lengua en sus muslos.
Cuando menos se lo esperaba, mi lengua, como si de un helado se tratara, lamió fuertemente su clítoris y ella soltó un tremendo gemido que hizo que mi polla se volviera loca dentro del pantalón. Comencé a chupar ese coño ansioso, alternando movimientos lentos y circulares de toda mi lengua sobre su coñito caliente, con rápidos movimientos arriba y abajo, en los que sólo la punta de mi lengua golpeaba su cada vez más palpitante clítoris. Su flujo era dulce y espeso y su coño despedía un agradable olor que me embriagaba.
Poco a poco comenzó a temblar, su pelvis ya no podía permanecer quieta y acompañaba con su movimiento las embestidas de mi lengua. Yo me volvía loco con el sabor a mujer que inundaba mi boca provocado por el cada vez más abundante fluido que brotaba de su interior. En ese momento me agarró del pelo con sus dos manos fuertemente, provocándome un morboso dolor, morboso porque yo sabía perfectamente lo que significaba. Cada vez sus movimientos pélvicos se hacían más violentos y por momentos yo apenas podía respirar, pero me daba igual, se iba a correr.
Un tremendo grito de placer me avisó de que era el momento de agitar mi lengua de forma más rápida y violenta y así lo hice. Entre convulsiones y gritos provocados por un tremendo orgasmo, sentí como chorros de su flujo inundaban mi boca, a la vez que, como poseída por un demonio de placer, apretaba mi cara contra su coño pidiendo más y más placer. Durante casi un minuto sentí que la estaba matando de placer, no paraba de gritar, de pedirme más, de convulsionar y por momentos sentí que se iba a desmayar pero no fue así afortunadamente. Casi me asfixiaba por la forma salvaje en que apretaba mi cara contra su coño, pero no podía parar de restregar mi lengua en ella. De repente soltó mi pelo y entendí que era el momento de cesar de provocar un placer que ya rayaba lo doloroso.
Me incorporé y pude ver en su cara la expresión de una zorra agradecida que te pide más con la mirada. No habíamos cruzado casi palabra desde que todo había empezado pero no hacía falta. No lo dudé y tomándola en brazos la llevé hasta el sofá del salón, donde la deposité poniéndola de rodillas sobre el asiento con su pecho y brazos apoyados sobre el respaldo. Ahí estaba a cuatro patitas sobre el respaldo del sofá, húmeda, caliente y a la vez con ese aspecto de niña que nunca ha sido penetrada por un hombre de verdad. En ese momento me di cuenta de la maravillosa mujer que tenía delante de mí, con su culo respingón esperándome y su coño abierto y desafiante esperando mi polla. Bajé la cremallera de mi pantalón y ese sonido alertó su mirada, que deseosa esperaba la entrada en escena de mi miembro.
Cuando lo saqué lo miró con deseo y enseguida me dispuse a acercarlo a tal suculento manjar para penetrar en ese paraíso que se mostraba abierto a mí.
"Un momento", interrumpió ella.
"Quiero pedirte una cosa", continuó.
"Lo que quieras", contesté.
"Cuando te vayas a correr avísame por favor, me muero por tragarme tu leche".
Aquellas palabras me hicieron estremecer, no podía ser verdad, era maravillosa y se moría de ganas por recibir todo de mí.
Decidí jugar un poco para aumentar las expectativas y comencé a rozar lentamente la punta de mi polla en su clítoris y labios. Eso le encantaba y volvieron sus pequeños y sensuales gemidos mientras yo notaba el ardor de sus labios vaginales que rozaban suavemente mi piel. Como estaba completamente lubricada decidí meter mi polla con un movimiento violento. Puse mi miembro entre sus labios menores y presioné violentamente con un movimiento seco de mi pelvis, haciéndola entrar hasta el fondo y golpeando con mis testículos en sus nalgas. Eso le encantó y seguí embistiéndolo de la misma manera durante un buen rato, quería que sintiera lo que es un hombre de verdad y al parecer lo estaba consiguiendo.
Pasados los momentos iniciales de incertidumbre por su parte en los que se limitaba a ser follada sumisa y complaciente, decidió pasar a la acción y comenzó a acompañar mis embestidas con unos maravillosos y sensuales movimientos de su culo.
El placer que estaba sintiendo no lo puedo explicar con palabras, nunca había conseguido ese grado de sensibilidad en mi polla y parecía que su coño era un guante caliente y húmedo hecho a la medida para mí. Sentía su piel interior, su calor, su flujo inundaba mi polla y mojaba mi pelvis, acompañado por ese maravilloso sonido de chapoteo que produce un buen coño empapado al ser follado salvajemente.
Con mi mano derecha recogí su pelo y como si fuera de mi propiedad y yo la pudiera manejar a mi antojo, tiré del pelo como ella había hecho conmigo en la cocina, como si tirara de las riendas de una yegua a la que montas por primera vez. La levanté ligeramente de la postura a cuatro patas en la que se encontraba, acercándola hacia mí, sin sacar la polla de su interior de manera que mi torso quedó pegado a su espalda.
Apreté fuertemente sus pechos con mis maños mientras mi polla no cesaba de penetrar violentamente, ahora además a un ritmo más elevado y de forma más profunda ya que la tenía apresada fuertemente de sus pezones cada vez más duros.
Al igual que un rato antes cuando lo hicimos oralmente en la cocina, noté que empezaba a temblar y su coño comenzaba a palpitar, presionando con ello más y más mi polla. Cada vez movía más el culo y por momentos parecía más una bailarina brasileña que una tímida jovencita en pijama. Estos movimientos me mataban de placer, ella lo notaba y tímidamente se giraba para que nuestras lenguas se encontraran en profundos besos. De repente comenzó a gritar nuevamente pero esta vez como nunca, se volvió loca, estaba en éxtasis, sus embestidas con el culo se volvieron brutales, su coño temblaba y parecía una mano caliente que apretaba mi polla dispuesta a destrozarla.
"Dios mío se está corriendo otra vez", pensé y así era.
"Fóllame", "Fóllame cabrón" decía a la vez que jadeaba, palabras que me enloquecieron al ser pronunciadas por la que hasta hacía media hora parecía una dulce niña.
Durante casi dos minutos no paró de correrse en varios orgasmos increíbles que nos provocarían el más increíble éxtasis jamás imaginado. Al darme cuenta del placer que le estaba proporcionando me puse tan caliente que noté como mi polla comenzaba a temblar y a hincharse, como una manguera cerrada por un extremo a la que dan paso repentino de agua por el otro.
"Me corro" difícilmente pude articular con mi voz entrecortada.
En ese momento como un resorte, sacó mi polla de su interior con un rápido movimiento y poniéndose de rodillas frente a mí. Sus dulces labios rojos ahora estaban abiertos y podía ver sus preciosos dientes blancos. Extendió la lengua como si fuera una alfombra roja para recibir a mi polla y sus ojos miraban fijamente a los míos con esa cara de viciosa que me volvía loco. Con su mano cogió rápidamente mi miembro y comenzó a agitarlo con destreza haciendo frotar el punto de mayor placer en mí contra la base de su lengua. Parecía que conocía cada centímetro de mi cuerpo, parecía que sabía perfectamente lo que tenía que hacer y exactamente donde hacerlo. Como si fuera una descarga eléctrica un descontrolado chorro caliente, blanco y abundante de semen salió de mi interior mientras yo gemía intensamente. Gran parte de mi semen se depositó sobre su lengua, mojando sus labios y parte en su mejilla sonrojada. Relamía el semen que yacía en sus labios y no paraba de chupar con ansia lo que me hizo flojear las piernas a causa de un placer tan intenso. Aunque ya había salido hasta la última gota de semen de mi interior, continuó chupando vorazmente hasta que no pude más y caí rendido en el sofá cerrando los ojos.
Cuando abrí mis ojos allí estaba ella, con sus mejillas sonrojadas, sus labios sensuales y sus ojos de felina que me miraban fijamente mientras sonreía agradecida. En ese momento me di cuenta de que acababa de vivir el mejor momento de mi vida y nos dimos un profundo y largo beso.
Tras unos minutos en los que simplemente nos limitamos a mirarnos y sonreír, me pidió que me marchara a casa, ya que podían volver sus padres del cine y nos podían pillar, a lo que accedí dando por finalizada aquella maravillosa noche.
De lo demás sólo recuerdo que durante el viaje de vuelta a casa, mientras iba conduciendo se dibujaba en mi cara la más sincera de las sonrisas.
Hoy estás cerca y a la vez lejos pero siempre en mis fantasías.