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A
pesar del calor que hacía me apetecía pasar el día en el
monte, así que preparé mi mochila, me puse unos shorts, un
niqui y unas playeras, y salí de casa.
Cuando
llegué a la zona que más me gustaba, saqué una toalla de la
mochila, me quité la ropa y me dispuse a tomar el sol por todo
mi cuerpo, ya que por los alrededores no se veía ni oía a
nadie.
Llevaba
ya un rato tostándome, cuando sentí el roce de una mano por mi
cara mientras una voz masculina me susurraba en el oído:
-No
abras los ojos y pasarás el mejor momento de toda tu vida.
Por
un momento dudé que aquello fuera real, y seriamente pensé que
era fruto de mi imaginación calenturienta. Pero entonces
aquellas manos avanzaron hasta mis turgentes pechos y sentí un
escalofrío de placer que no me dejó dudas sobre la veracidad
de lo que estaba ocurriendo. Pero no se quedaron allí, sino que
siguieron avanzando por mi estómago hacia mis muslos hasta
topar con los pies, donde se dedicaron durante un largo y
delicioso espacio de tiempo a masajearlos.
Yo
seguía con los ojos cerrados, y cuando sus manos volvieron a
atravesar mis piernas, esta vez hacia arriba, me imaginé a mi
masajista como un salvaje tarzán moreno, fuerte y atractivo.
Sus
manos volvieron a mis pechos, que tenían los pezones ya
bastante hinchados y duros. Pero llegaron al límite cuando sentí
su fresca boca sobre mi calentada piel por los rayos solares.
Aquello era el paraíso. El goce máximo, pensé. Con sus labios
me los succionaba con avidez mientras con su lengua los
acariciaba, los golpeaba, los masajeaba. Mis partes bajas se
iban hinchando de placer y creía que me iban a estallar si no
conseguía un alivio enseguida. Pero por otro lado, mis pechos
querían más, deseaban llegar al límite, a la cima de todo el
placer que podían darme por sí solos. Era un placer tan
tormentoso que creía que iba a estallar mientras mi espalda se
arqueaba involuntariamente para ofrecer mis redondos senos al
desconocido, anhelosos de sus lametones.
Pero
llegó el momento en que los dejó y avanzó su lengua
lentamente por mi estómago hasta llegar a mi peludo y pelirrojo
pubis. Metió la nariz en él y bajó su lengua hasta mi clítoris
haciendo que un involuntario gemido saliese de lo más profundo
de mi ser. Pero por lo visto ese hombre no estaba dispuesto a
darme lo que necesitaba rápidamente, y puso su lengua sobre mis
labios vaginales, pasándola de arriba hacia abajo y de un lado
a otro, tras lo cual la metió en mi raja, que se abrió sin
dificultad y lamió mis jugos goloso, metiendo ruido de
sorbeteo, cosa que me excitó más si cabe.
La
curiosidad me mataba, necesitaba verlo, admirarlo, tocarlo,
devolverle los favores que me estaba ofreciendo, todo aquel
gusto. Pero recordé su deseo y temí que si le desobedecía
dejase de ocuparse de mi. Por lo tanto, seguí con los ojos
cerrados disfrutando de su lengua que se movía en mi vagina con
destreza de un lado para otro golpeando mis paredes, haciéndome
sentir en la gloria.
Apretó
sus labios contra mi clítoris cogiéndolo en un delicado
pellizco y lo estiró. Aquello me hizo tener un pequeño orgasmo
contra mi voluntad. El no se amilanó y siguió masajeándolo
con su lengua y sus labios. Me acercaba al éxtasis en una
carrera final sin retorno. Casi sin darme cuenta me encontré
orgasmando a placer, emitiendo sonidos ajenos a mi. La
consciencia casi se me fue de la inmensa explosión de todo mi
coño, del que no cesaba de manar ese maravilloso jugo que nunca
miente.
Intenté
controlar la respiración y los latidos de mi corazón poco a
poco mientras me quedaban reminiscencias del maravilloso
orgasmo. Abrí los ojos con la intención de coger a mi
desconocido y devolverle el maravilloso polvo, pero había
desaparecido. Me puse de pie de un salto e intenté buscarle con
la mirada, pero por allí no se veía a nadie.
De
pronto oí una voz de niño que gritaba "una chica desnuda,
una chica desnuda". Rápidamente y sin tiempo a ponerme
roja me puse el niqui y los shorts, metí como pude la toalla en
la mochila, y con las playeras en la mano salí corriendo con la
esperanza de reconocerle si daba una vuelta por los alrededores.
Pero
todavía hoy es el día en que aún no he descubierto a mi
maravilloso compañero de aquel día. Quizá sea mejor así. Lo
que sí que sé es que nunca le olvidaré. |