|
ENTREVISTA CON INMACULADA (1) |
|
Inmaculada, una joven de apariencia altiva, distante y fría, es, en realidad, una mujer ardiente. Poseedora de un discurso pretendidamente intelectual, suma el refinamiento de su actitud con una manera moderna y juvenil de vestirse; su rostro, que tiende a una belleza convencional, de la que se prefiere para las modelos publicitarias, parece de virgen, “aunque sólo la cara”, corrobora ella entre risitas: tiene un cuello largo y delgado, ojos verdes, cabello castaño oscuro (que ahora usa corto), nariz pequeña y recta, labios sensuales y ligeramente regordetes (que obligan a imaginar cómo serán los que resguarda su entrepierna) y una barbilla ligeramente prominente, “como de brujita”, apunta nuevamente con renovada risa. Sus manos son largas y delgadas, y su estatura media, como de 1.67 m., da nuevos acentos a su aspecto distinguido. Es de complexión delgada, pero sus caderas son anchas, y su busto retador se hace notorio bajo la tela de sus blusas y camisetas. “Soy talla 34 B”, finaliza Inmaculada, con una risa coqueta. Inmaculada está vestida con una camiseta negra escotada y ajustadísima. Se nota que no trae brasier porque sus regordetes pezones se marcan bajo la blusa. Cuando nota que las miradas del fotógrafo, el entrevistador y nuestro ayudante se dirigen insistentemente hacia su pecho, pregunta: —¿Qué
tanto me miran? Consciente de sus encantos, cruza la pierna. Trae una minifalda muy reveladora que se recorre casi hasta el nacimiento de los muslos. —Miramos
tu escote, Inmaculada. ¿Estás orgullosa de tus senos? —¡Ay,
sí! — responde Inmaculada, inclinándose de manera que podamos
apreciar mejor el volumen de sus lechosas tetas debajo de la
camiseta—. ¿Les gustan? —Desde
luego, Inmaculada. Dan ganas de manoseártelos. —Eso
me dicen todos —responde Inmaculada coquetamente, estirándose como
para que podamos apreciar mejor sus suculentas ubres—. ¿Quieren
tocarlos? Son muy sensibles. No nos hacemos del rogar. Nos acercamos a ella y la rodeamos. Primero le acariciamos los pezones por encima de la tela; luego, comenzamos a masajearlos hasta que el fotógrafo, más atrevido, mete una mano por debajo de la camiseta. Los pezones de Inmaculada engordan y su respiración se vuelve agitada. Yo me arriesgo y también introduzco una mano dentro del escote. Su lechosa y tumultuosa teta parece una deliciosa y dura masa de pastel; el fotógrafo y yo estrujamos y apretamos la porción de carne que nos ha tocado mientras sentimos cómo los pezones engordan ante las caricias. Inmaculada comienza a jadear y se remueve nerviosamente en el asiento, cosa que aprovecha nuestro ayudante para meter la mano dentro de la falda, acción que le permite descubrir que Inmaculada no sólo no lleva calzones, sino que se encuentra húmeda de deseo: no cabe duda de que sus 90-B son una fuente inefable de placer. —Basta,
muchachos, basta —jadea Inmaculada—. No perdamos el control…
recuerden que me están entrevistando… Regresamos a nuestros lugares con el íntimo deseo de violar a nuestra entrevistada, pero ella parece recuperar la seriedad. Sin embargo, presa de la emoción del momento, Inmaculada se levanta la falda hasta la cintura para compensarnos en algo la frustración. Le gusta ejercer el poder que tiene sobre los hombres, pues, vanidosa, al fin, se concibe como una viracuellos, como una mujer que siempre se hace notar entre las personas del otro sexo y gusta de jugar con eso mediante una actitud lejana, lo que provoca en los hombres el deseo de abordarla, desnudarla, mancillarla. Desde la adolescencia se acostumbró a ser revisada por su padre antes de salir a la Universidad, pues ese santo hombre, temeroso de que Inmaculada usara ropa transparente o inadecuada, la ponía frente a un espejo y delante de una lámpara para apreciar si algo se percibía bajo esa vigilante inspección; si le quedaban dudas, palpaba el maravilloso cuerpo de su hija y la dejaba ir a la escuela, a la perdición del mundo. A veces, cuando Inmaculada regresaba de la escuela, se encontraba con que su hermano mayor, con la complicidad de sus amigotes, había sacado todos sus calzones y brasieres para extenderlos, como tendedero, en la recámara, para la obscena delectación de los asistentes. Inmaculada irrumpía en la habitación de su hermano y tenía que soportar las risas, burlas, cuchufletas y manoseos generales antes de rescatar sus prendas íntimas. Poco tiempo después, Inmaculada se hizo notar en la escuela por su generosa horizontalidad. No sólo fue pródiga con las mieles de su sexo, sino que gustaba de usar minifaldas y de eliminar el sostén para liberar, bajo la blusa, la opulencia de sus deliciosas ubres. —¿Ése
fue el comienzo de tu vida sexual? —¡No,
qué va! —se ríe Inmaculada de buena gana, logrando sacudir sus
lechosas tetas debajo de la blusa—. Mi hermano mayor me enseñó a
masturbarlo y, ¿lo vas a creer?, descubrí que me encantaba mirar cómo
le crecía la verga y sentir cómo su trozo de carne se endurecía por
la intensidad de mis caricias; uno de mis momentos favoritos era cuando,
después de estar frotando el pene con los dedos, comenzaba a llorar:
desde entonces no puedo evitar el impulso de chupar la cabeza del pene
con mis labios, como si fuera su pañuelo. También me daba mucha emoción
sentir el temblor que anuncia que ya viene el chorretazo de leche. ¡Es
riquísimo! Cuando entré al bachillerato ya me consideraba muy diestra
en el arte de la chaqueta, así que comencé a masturbar por gusto a mis
compañeros de banca; el problema fue que se comenzó a correr la voz de
que me gustaba manosear vergas y muchas veces me quedaba en el salón a
la hora de los descansos masturbando a un selecto grupo de compañeros
que ya sabían de mi habilidad para las manualidades. ¿Tú crees? —¿Y
cómo recibías el semen? —¡Pero
qué preguntas haces! —se ruboriza Inmaculada, extendiendo las
piernas, primero, y luego abriéndolas—. Mira, casi siempre caía en
el aire y en mis manos, pero cuando mis compañeros tuvieron la idea de
que me quitara la blusa, comencé a acostumbrarme a que los mocos me los
echaran en el pecho, en los hombros… incluso en la cara. Así, por lo
menos, la ropa no se me manchaba aunque yo quedaba engrudadísima, como
te podrás imaginar. —¿Y
no se te antojaba que tus compañeros también te hicieran algo a ti? —Claro
que me hacían cosas —sonríe Inmaculada, con mirada evocadora—,
claro que sí. Inmaculada
abre sus piernas y, con un gesto, nos invita a que nos acerquemos a su
conejito para acariciarlo, chuparlo, olfatearlo… —Soy
una ecologista y me gusta defender los recursos naturales —suspira
Inmaculada, sometida a nuestras caricias—, así que no esperen
encontrar mi vello púbico rasurado. Ésa es una moda ridícula. ¡No
talemos los bosques! (Continuará) |
Datos del autor: Inmaculada: inmaculada69@mixmail.com
Sexo Gratis | Sexo Gay | Fotos de sexo Gratis | Relatos eroticos