UNA CITA POR INTERNET

 

Hola a todos. De nuevo estoy con ustedes, caliente y ansiosa, mojada. Tantas cosas pasaron desde la última vez que escribí un relato que no sé por donde empezar. Y es que quiero que lo sepan todo, de otra forma no valdría la pena plasmar mis experiencias en la pantalla de una computadora.

Como ya deben saber, Pablo salió en libertad. La mejor noticia del año, pero ya les contaré sobre él en otro momento. Ahora prefiero concentrarme en otros tópicos igualmente de interesantes.

Hacia fines del año pasado, a mediados de noviembre, luego de mucha insistencia, acepté encontrarme con uno de mis fanáticos. Hay varios que me siguen desde el comienzo, y éste es uno de los más persistentes. Y tal como me gusta, fue directamente a lo que importa.

"Quiero cogerte", me decía, acompañando el mensaje con un primer plano de su pija deliciosamente erecta, y lo que más me seducía era que tal erección había sido provocada por uno de mis tantos relatos.

Según decía, alcanzaba sus mejores medidas imaginándome desnuda en la cama. Y para que no tuviera que forzar demasiado la imaginación, le envié algunas de mis fotos, esas que me saque estando de trampa.

Cuándo le dije que sí, que aceptaba encontrarme con él, quedamos en vernos en una confitería frente al Congreso.

Se llama Juan, tiene 25 años, es alto, morocho, de pelo corto, casi al ras, y con un físico bastante corpulento. Lo primero en que me fijé al verlo fue en el bulto de su entrepierna, lo primero que veo en un hombre, y el de éste muchacho resultaba sumamente prometedor.

Aunque era la primera vez que nos veíamos, por lo menos personalmente, nos saludamos con un beso en los labios. Nos sentamos a una de las mesas y tomamos algo.

-No puedo creer por fin tenerte enfrente- me dijo, admirándome como si estuviera ante una diva de la televisión.

-Por favor, lo decís como si fuera, no sé… una estrella- me avergoncé.

-Es que para mí lo sos- me aseguró –Una estrella porno- agregó en voz baja, con una pícara sonrisa.

Yo también me sonreí. Me gustó su comentario. Y me gustaba él. Así que decidí que lo haría. Iba a acostarme, a coger con éste tal Juan. Y ya me moría de ganas por hacerlo.

Salimos entonces de la confitería y fuimos a un telo cercano. Uno que está sobre la calle Alsina. ¿Qué más les puedo decir? En la cama hicimos de todo.

Como siempre empecé con una mamada. Juan estaba muy bien dotado, así que fue un verdadero lujo ocuparme de tal herramienta, pudiendo desplegar sobre ella todo mi arsenal de habilidades. Besos, lamidas, chupadas, sorbetitos, mordiditas. En mi boca la pija de Juan alcanzó su máximo esplendor, y aunque ya se me dificultaba poder comérmela toda, seguí por un buen rato más proporcionándole el afecto de mi paladar.

Luego me la saque, le di un sonoro beso en las pelotas, otra más de mis marcas personales, y me le subí encima.

Antes le coloqué apropiadamente el preservativo, y resbalé con todas mis ganas a lo largo de ese trozo caliente y empinado. Entre plácidos suspiros Juan me recibió aferrándome de las nalgas, amasándome y estirándome la piel a la vez que con su verga alcanzaba rápidamente las profundidades de mi sexo.

Yo también solté una gozosa exclamación al sentirla palpitando adentro. Eché la cabeza hacia atrás, arqueé la espaldas y empecé a moverme con frenético entusiasmo, sintiéndola entrar y salir, golpeándome con su prodigiosa dureza.

Cada golpe me arrancaba un grito. Cada golpe me estremecía, me conmovía. Cada golpe significaba mi propia redención, mi propia comunión con el Universo.

Ahí, encastrada con ese hombre, me encontraba a mí misma. Esa era yo, la verdadera, sin falsedades ni hipocresías, la MUY caliente Lorena en todo su esplendor. En esa cama me sentía a mis anchas, en completo dominio de la situación, allí era yo la que llevaba las riendas, la que se dejaba avasallar por las emociones más fuertes e intensas. El muchacho aquel lo sabía y me acompañaba en esa exploración que hacíamos del Imperio de los Sentidos. Imperio en el cuál yo era la absoluta soberana.

En pleno trance amoroso me bajé de tan apreciada montura y me puse en cuatro patas, la cola bien levantada, toda abierta para él, reclamándole una nueva penetración.

Juan se levantó y con la pija todavía bien parada, se acomodó tras de mí y me la metió, mandándomela a guardar hasta lo más profundo, volviéndome a conmover en esa forma que solo un buen ensarte puede lograr.

Y ahí, ya muy bien ensamblado, empezó a cogerme con movimientos largos y profundos, haciéndome alcanzar la cima del placer con cada embiste, llenándome la concha con su carne, esa carne jugosa y resbaladiza que tan bien se amoldaba a mis dimensiones íntimas.

La sentía entrar y salir, deslizándose adentro, fluyendo sostenidamente, vibrando, encendiéndose, colmándome de plácidas y gustosas sensaciones.

A través de los espejos adosados a las paredes, veía a ese muchacho que había conocido por internet acoplándose a mi cuerpo mediante enviones firmes y certeros. Enviones que me taladraban el cuerpo y me llegaban hasta la cabeza, taladrándome también el alma.

Cuándo de sexo se trata, me gusta disfrutarlo con todos los sentidos, y me aprovechaba sabiamente de cada uno de ellos.

Del gusto cuándo chupaba, del tacto cuándo acariciaba, del oído cuándo escuchaba los plácidos suspiros que mis caricias le provocaban, del olfato al oler el delicioso aroma que despedían nuestros sexos, y de la vista cuándo veía nuestros cuerpos fundiéndose en uno solo, único e indivisible.

Todo era placer, gozo y sentimiento, una mezcla explosiva y fulminante.

Tras una buena andanada de embestidas, precisas y contundentes, giré la cabeza hacia él y con una sonrisa le pedí que me la metiera por el culo. Pablo me había convertida en una total y completa adicta al sexo anal.

Juan ni siquiera me respondió, me la saco de la concha y enseguida me la enfiló por atrás. Tampoco hizo falta que me lubricara previamente, su verga estaba lo suficientemente impregnada con mis jugos íntimos como para que resbalara cómodamente por mi orificio más estrecho, llenándome de a poco, taponándome con ese volumen magnífico que parecía no decrecer nunca.

Se irguió entonces sobre sus pies, poderoso e incontenible, un semental alzado dispuesto a complacer a su hembra, y empezó a culearme desaforadamente, metiéndomela toda por el culo, reventándose las bolas cada vez que me la mandaba hasta lo más profundo.

Mis gritos aumentaron, estruendosos alaridos de satisfacción que corroboraban la intensa emotividad de ese momento.

Mientras él seguía envainándose en mi interior, dispuesto a romperme toda, me metí los dedos en la concha y empecé a masturbarme al mismo ritmo que él marcaba desde atrás. El placer no pudo ser más completo, mas significativo.

-¡Ahhhhhhhhhhhhh… dámela… dámela toda…!- jadeaba desesperada, rugía, me estremecía, conmoviéndome profundamente.

Sentía que mi cuerpo se escindía en dos cuándo su verga alcanzaba los confines más lejanos de mi caliente culito. Sentía que me partía al medio, que me destrozaba, que me rompía toda, que me desgarraba brutalmente y el placer que sentía por todo esto no podía ser más intenso.

-¡Siiiiiii… Siiiiiiiiiiiii… Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…!- aúlle cuándo sentí que alcanzaba una vez más esa Gloria infinita que solo un buen polvo puede proporcionar.

Él también acabo junto conmigo, y los dos nos deshicimos en un mar de suspiros y jadeos, estremeciéndonos a la par, dejándonos arrastrar por ese torbellino de emociones, un Tsunami incontrolable que una vez más volvía a situarme de cara a Dios, permitiéndome ver todos sus gestos, cada rasgo, cada mueca…

No me la saco enseguida, sino que me la dejo adentro hasta que fue perdiendo consistencia, murmurándome cosas al oído, elogios sobre todo, diciéndome lo bien que había estado, y de cómo se quedaría toda la tarde ahí conmigo, cogiendo hasta quedar sin fuerzas.

Luego nos tumbamos el uno al lado del otro y nos besamos.

-Leí todos tus relatos, y la verdad es que no creía que fueras tan…-

-…¿tan puta?- completé por él.

-¿No te molesta que te lo diga?- se sorprendió.

-Claro que no me molesta, si es la verdad, soy bien puta- le aseguré.

Volvimos a besarnos y lo hicimos de nuevo, echándonos otro polvo memorable, alcanzando la Gloria una vez más. Luego nos duchamos y nos vestimos, saliendo del telo poco después. Quedamos en encontrarnos algún otro día, y de hecho lo hicimos, un par de veces más, aunque como siempre me pasa, la intensidad de nuestros encuentros fue disminuyendo, hasta que decidí no verlo más, por lo menos por un tiempo.

Tal decisión coincidió con el regreso de Pablo, así que por el momento esta en lista de espera. Más adelante, ya veremos.

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