Sado

Videos Caseros

 

 

Chat con Chicas

 

IR A LA PAGINA PRINCIPAL DE SEXO CASERO

Sexo Voyeur

Sexo Gratis | Sexo Gay | Fotos de sexo Gratis


NIEVE DULCE

-Nieves.

Su nombre resonó muy cerca de mi oído como la caricia morosa de la cola de una gata. Había pronunciado las seis letras tan cerca que sentí su aliento, casi imaginé sus labios rozándome el lóbulo. Me acerqué más. Mentí.

-No te he oído.

Ahora se inclinó sobre mi nuca y sentí unos segundos el contacto nítido de uno de sus pechos en mi brazo.

-Nieves. ¿Y tú?

Nieves. Se llamaba Nieves. Tengo grabado en la memoria su exquisito acento andaluz. Volví a mirarla. Morena, de rasgos suaves enmarcados en las guedejas de pelo largo con la mirada de incendio resaltada por maquillaje negro y oscuras pestañas largas. Labios vibrantes teñidos de carmín sutil. Cuerpo proporcionado, pecho y culo ni grandes ni pequeños, firmes: perfectos. Piernas delgadas y bonitas. Poca ropa. La justa. Buf. La justita para convertirse en foco inevitable de todas las miradas masculinas de aquella noche de caliente de verano madrileño. Una blusa corta blanca, sin mangas, de cuello recto, anudada con lacitos por delante, que terminaba por encima del precioso ombligo en el centro del vientre plano. Una minifalda negra, con un poco de vuelo, sedosa, que llegaba a escasos centímetros por debajo de las ingles. Unas sandalias con un poco de tacón. Lo justo. En conjunto, no representaba tener más de 22 años, quizá menos por efecto del maquillaje.

Era mi noche de suerte. Mi demonio de la guarda me había regalado a Nieves. Entre el griterío, la humareda y la música del club nocturno, Nieves me había mirado, yo había reunido el coraje para acercarme e invitarle a una copa a la espera de una negativa clara, pero ella había aceptado, Nieves estaba en la barra junto a mí y me había dicho su nombre.

-Álvaro. Encantado.

Y ahora qué. Tras días largos de soledad, de silencio y estudio en mi piso abandonado por los compañeros al comenzar el calor de la ciudad, mi falta de habilidad social sólo podía compararse al enorme calentón que acumulaba mi cuerpo: la necesidad perentoria de una mujer que no había experimentado con tanta fuerza desde mi adolescencia, ahora que mi novia se hallaba también de viaje. No me lo podía creer: estaba ligando. Y ahora qué. Cómo se hace, cómo seduzco a Nieves, cuáles son las palabras apropiadas. Los primeros instantes fueron agónicos; pequeños tragos nerviosos a la copa, sintiendo esa mirada demasiado ardiente, demasiado viva como para sostenerla siquiera unos segundos.

Sin embargo, muy pronto fui sorprendido de nuevo. Mi demonio seguía actuando a mi favor. Empezamos a charlar. Nieves hablaba alegremente, con desparpajo y, sobre todo, con inteligencia. Estudiaba sociología. Estaba de vacaciones en la capital, mañana volvería a su tierra. Sus palabras sonaban brillantes. Apenas me costó sentir que entre los dos fluía la complicidad de los lectores, de los aprendices de magos de palabras, como dos acólitos fervientes de una secta en extinción. Mencionamos libros y autores. Le confesé mis sueños de convertirme en escritor, y ella me confesó los suyos. Le pregunté si podría leer algo de lo que ella había escrito, y me dijo que tal vez. Poco a poco el rumor del club se iba extinguiendo, el mundo de alrededor dejaba de importarme, y empecé a sentirme capaz de mirar adentro de esos ojos, de ese negro puro.

Entonces, en la calidez de la conversación, Nieves se reclinó hacia mí y descubrí que los tres primeros lacitos de la blusa estaban falsamente prendidos, y mis ojos sorprendieron sus dos pechos desnudos bajo la blusa. Dos melocotones tibios. Dos pezones tiesos. Experimenté una erección repentina, brutal, casi dolorosa. Traté de seguir hablando con naturalidad, pero comprendí que tartamudeaba y que se hacía evidente mi espionaje. Sin embargo, ella mantenía la postura, incluso la forzaba más. No quería creer que lo hiciera a propósito. Nunca hasta entonces había sido tan afortunado.

De pronto apareció Antonio. Un apretón de manos. Antonio. Nieves le dio un pico en los labios. El novio de Nieves. La debacle. El fin de la esperanza: Antonio. Ambos estaban en Madrid de vacaciones. No ella sola, claro. Ambos. Antonio y su novia Nieves. Joder. Me voy. Me quedo. Para qué: me busco a otra, me masturbo en el baño, me piro. Bueno, me quedo un poco más. Hasta que se acabe la copa. Hasta que Nieves deje de reclinarse así, mirándome, con las tetas bien tiesas a la vista mientras su novio también me mira y charlamos y nos reímos juntos. Es majo, este Antonio. Otra copa. Ahora invita él.

A las tres de la madrugada el club cerró sus puertas y me encontré en la calle con la pareja. Corría una brisa leve por las calles serpenteantes del centro. Los tres estábamos borrachos y no dudaron en acompañarme a tomar la última a mi piso. Nieves nos abrazó a los dos, uno a cada lado, riendo a carcajadas de cualquier cosa. A medio camino me preguntó qué hacía yo, el futuro eminente gran novelista –ahí la carcajada fue compartida- solo en un garito en verano. Fui sincero, ya no cabían estrategias y mi erección aún se mantenía.

-Venía a ligar. Vaya fracaso, ¿no?

-Pues has ligado, no te quejes.

Desde ese momento fui un manojo de nervios. Me costó encontrar las llaves de la puerta de mi propia casa. En mi cerebro se acumulaban sórdidas imágenes de tríos, docenas de posturas en que nos íbamos a follar a Nieves, verdaderas lluvias de semen sobre su cara, su cuello, sus tetitas perfectas, su vientre plano, su coño, su culo, sus piernas, sus pies. La pareja se acomodó en el sofá y yo fui a la cocina en busca de una botella de vino; al volver sucumbí de nuevo a la imagen de Nieves, sentada con las piernas semiabiertas. Me senté en una silla frente a ellos y obtuve una impagable vista de sus braguitas blancas, relucientes, como una vela entre el mar de sus muslos. Sentía un anhelo enfermizo de quitárselas con los dientes. Pero no lo hice. Hablé. Hablamos. Reímos. A la segunda copa, Antonio, acalorado, se quitó la camiseta, y yo hice lo propio. A la tercera Nieves se quitó la blusa. No dijo nada, no lo anunció, simplemente se la sacó por los hombros. Los dos la miramos, seguro que con la polla durísima ambos, yo al menos. Nieves estaba prácticamente desnuda entre dos hombres y se notaba que le gustaba el juego. Yo disimulaba como podía, con los brazos cubriendo mi evidente erección, mirándola por el rabillo del ojo, tratando de no fijar mi atención en sus bragas ni en sus tetas, que se estremecían a cada risa.

Nieves se levantó para ir al baño y, a la vuelta, la conversación viró hacia temas sexuales. Me contaron cómo se conocieron en la facultad, su conversación sobre Miller, el placer que Antonio recibía de saber que su chica era admirada por hombres de todas las edades, el morbo de que la miraran... incluso me relataron la escena de la masturbación al vecino de la puerta 16. Para entonces toda mi conciencia, mi cuerpo, mis palabras...eran una mera prolongación de mi polla enhiesta, rabiosa, sufriente, enferma de Nieves. Volví a mirarla. Me di cuenta de que en su visita al baño se había quitado las bragas. Sus piernas ya obscenamente abiertas me mostraban el coño. Abierto, hubiera jurado que húmedo. Rojizo y seductor como una boca abierta que pronunciara mi nombre con insistencia.

La situación hubiera podido prolongarse indefinidamente, pero Antonio tuvo un atisbo de lucidez cuando miró el reloj y alertó a Nieves de que quedaban pocas horas para llegar al autobús que les devolvería a su ciudad; aún tenían que pasar por el hotel para recoger sus cosas. Amanecía en la ventana. Nieves me preguntó si le daría tiempo a darse una ducha. Por supuesto. Una ducha rápida.

Los siguientes minutos se suceden a cámara lenta en mi memoria, aún puedo aspirar la densidad del aire, la enrarecida tensión, el olor del perfume del cuerpo de Nieves. Le tendí una toalla y me senté en el sofá, en el sitio que ella había ocupado. Desde ese lugar se ve perfectamente el baño; Antonio y yo vimos cómo Nieves entraba y, tras dudar un segundo, dejaba la puerta abierta de par en par. De espaldas a nosotros, muy despacio, se desprendió de la faldita y aprecié por fin su desnudez completa. Se introdujo en la pequeña pila de la ducha y dejó que el agua corriera por su cabello, por sus hombros, cuerpo abajo hasta su vello público recortado en forma de corazón. La viva presencia de una diosa en la tierra seducida por la caricia del agua. Nieves se dejaba mirar, adoptaba poses de modelo de pintura; parecía querer mostrarnos cada centímetro de su cuerpo aparentando ignorar nuestras miradas. Cuando sus dedos se deslizaron despacio desde su vientre hasta su coño, Antonio sacó su gruesa polla del pantalón sin decir palabra. Yo hice lo mismo.

Todo cobraba la secreta densidad de un sueño. Los dos nos masturbábamos obscenamente. Nos pajeábamos como animales mirando la desnudez de Nieves, escuchando sus gemidos cortos que iban creciendo en intensidad. Nieves aceleró el ritmo de sus dedos, agitó sus caderas, abrió las piernas apoyando la espalda en la pared y elevando la pelvis, ofreciendo la imagen de aquel coño inolvidable, concediéndonos la falsa intimidad de su masturbación. Dos rabos tiesos se frotaban frenéticamente frente a esa imagen regalada.

Nos corrimos a gritos. Los tres. Nieves primero, con gritos agudos que rompían el aire. Después nosotros, casi a la vez, gruñendo, bufando como bestias para que la hembra nos escuchase, como orangutanes de la misma manada. Manchamos de semen nuestras manos, los pantalones, el suelo, con largos chorros irreprimibles.

No sé cuánto tiempo tuve los ojos cerrados; al abrirlos, Nieves ya estaba vestida y Antonio la esperaba en la puerta. Me levanté, abracé a Antonio, me acerqué a Nieves con intención de besar sus labios pero ella me dio dos sonoros besos en las mejillas, sonriendo con cierta picardía irónica, como si nada hubiera sucedido. Les deseé buen viaje desde la puerta, prometí a Nieves enviarle algún relato a la dirección electrónica que me había dado horas antes que ya parecían años antes.

Me quedé solo con mi resaca, la botella vacía, los vasos sucios y el amanecer. Me desnudé y me dispuse a ir a la cama. Y entonces descubrí la última sorpresa en el suelo del baño: las braguitas blancas de Nieves con una dirección escrita en ellas; la dirección de una página de relatos eróticos junto a una sola palabra: Nievedulce.

Lo demás ya lo conocen los lectores.