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Cascabel.

 

El barrio de Clerkenwell fue, a principios del siglo pasado, uno de los más pobres de Londres. La enfermedad y la miseria asomaban en cada esquina, y no había persona que no tuviera un enfermo en la familia o conociera a alguien que lo estuviera. En aquellos tiempos, los llantos y lamentos se habían convertido en la música de fondo de un escenario oscurecido por la sombra de la muerte.

 

En la fachada de la iglesia, junto a una de las pilastras que flanqueaban el portón de la entrada, el cura colgó un cartel cuyas letras decían:

 

"Si con tu boca reconoces

a Jesús como Señor,

y con tu corazón crees

que Dios lo resucitó,

alcanzarás la salvación."

 

El corazón de Claudine se encogía cada vez que pasaba por allí con las precarias medicinas que el medico le daba para su hija. "Yo creo Señor, yo creo; pero sálvala, por favor te lo ruego, sálvala" decía para sus adentros como si en lo más profundo de su ser fueran a ser atendidas sus súplicas. Sin embargo, pese a todos sus ruegos y lamentos, la niña, que con apenas seis años se aferraba a la vida con todas sus fuerzas, parecía debilitarse día tras día.

 

—Roger —dijo Claudine. El silencio era abrumador. Roger daba vueltas a la sopa con la cuchara sin apartar la vista del plato—. Roger —repitió Claudine a su marido con el mismo tono de voz apagado—. Has de hacer algo.

Roger no dijo nada; se levantó de la silla y fue a ver a su hija, que permanecía acostada; la besó en la frente y se retiró a la cama, meditabundo.

 

 

Al día siguiente, como cada mañana, Roger acudió a su puesto de trabajo: una fábrica para la que trabajaba desde hacía siete años. Pero ese era un día distinto a los demás; ese día pediría a su jefe algo muy importante.

Roger intentó convencer al supervisor que le dejara hablar con el señor Wales, pero éste se negó con rotundidad. Conocía la situación de Roger e intuía sus intenciones, y prefirió no molestar al jefe con asuntos de ese tipo, pues sabía de buena tinta lo mucho que lo irritaba. A media mañana, cuando el señor Wales, dueño de la fábrica y jefe de los cuarenta y tres trabajadores que tenía contratados, se paseaba por la planta principal, Roger abandonó su puesto y se acercó a él.

—Señor, necesito hablar con usted —dijo, intentando mantener la compostura—. Mi hija se muere. Si usted me lo permitiera… yo podría trabajar por las noches en la fábrica. Necesito el dinero, señor.

—¿Pretende usted trabajar noche y día? Si así fuera, su rendimiento sería tan bajo que tendría que despedirle. Siga con el trabajo que tiene, que no es poco.

Y, dando la espalda a Roger, siguió su paseo por la planta.

Roger volvió a su puesto de trabajo completamente hundido. Sin embargo no sentía odio, ni rencor, ni nada malo para con su jefe, como hubiera sido de esperar, pues su naturaleza era noble y bondadosa.

 

Roger pasó el día hundido en la desesperación. Pero aquella misma tarde, para su sorpresa, se le acercó el supervisor y le pidió que lo acompañara, pues el jefe quería verlo. Un rayo de esperanza iluminó por primera vez su corazón en mucho tiempo.

Roger entró solo en el despacho. El Señor Wales, con un enorme puro en la mano, le ofreció asiento. Y mientras cargaba el aire con el grotesco humo de su tabaco, dijo:

—He sacrificado parte de mi vida en esta empresa. Tener lo que tengo me ha costado mucho. No crea que no sé lo que es pasar hambre. ¿Ve este puro? ¿se imagina lo que vale un puro como éste? ¡Oh, claro que no! que tonterías digo. Es un H. Hupmann, ¿lo conoce? No importa. Escuche… si hubiera sido una persona permisiva, tal y como usted me está pidiendo que sea, ahora no tendría nada. ¿Sabe a lo que me refiero? Ahora mismo no podría fumarme este puro, ni podría pagar los caprichos de mi esposa, ni los de mi adorable hija, por ejemplo. Pero no crea que me siento indiferente ante su situación. En el fondo, estas cosas me afectan más de lo que cree. Verá… voy a proponerle algo: necesito una sirvienta en casa; una sirvienta que esté dispuesto a… ¿cómo decirlo…? que esté dispuesta a todo. — Roger miraba a su jefe confuso.— Seré claro; quiero la vida de su esposa a cambio de la de su hija. Le pagaré los mejores médicos, le costearé las mejores medicinas, y todo a cambio de su esposa por un tiempo no superior a dos meses.

 

 

 

Roger regresó a casa con la propuesta del señor Wales retumbando en la cabeza. No acababa de asimilarla. Cuando llegó a casa, el y su esposa discutieron sobre el tema hasta altas horas de la noche. ¿Pero qué es todo, Roger? preguntaba Claudine sin obtener una respuesta clara por parte de su marido. Ambos tenían sus dudas respecto a la proposición del señor Wales, pero en cualquier caso, si algo tenían claro, es que aceptarían.

 

 

 

Al día siguiente por la noche, Elisabeth y Alexandre (los señores Wales) presidían la mesa en el amplio comedor de su casa. Sus dos invitados, Roger y su esposa, sentados el uno frente al otro, apenas levantaban la cabeza del plato, mientras que Emily, la hija de los Wales, cenaba junto a su padre.

 

Poco se dijo durante la cena, hasta que el señor Wales, mientras uno de los mayordomos le servía el postre, dijo:

—Relájense. Deben pensar en su hija; hacerse a la idea de que dentro de poco estarán disfrutando de las alegrías y satisfacciones que dan una hija sana y alegre, ¿no creen?

Roger levantó la vista del plato y miró a su esposa, con ojos tristes; después, volviéndose hacia el Sr. Wales, contestó:

—Sí Señor, pero no estamos seguros de que ésta sea…

—¡Tonterías! —interrumpió el Sr. Wales, alzando la voz—, no debe preocuparse por nada; pienso traer al mejor médico del país para salvar a su hija.

—Pero Señor, lo que usted nos pide es…

—Un pequeño sacrificio, querido amigo, nada más que eso; un pequeño sacrificio. ¿O acaso tienen algo mejor que ofrecerme? —Roger no dijo nada—. Interpreto su silencio como una negación; así que he de suponer que ambos aceptan mi propuesta. Veamos si es así.

 

La Sra. Wales hizo un gesto con la cabeza a Eugene, uno de los dos mayordomos que aguardaban junto a la puerta y que les había servido la cena. Eugene, hombre corpulento y de mediana edad, al ver el gesto de la Sra. Wales, se colocó de pie detrás de Claudine, la cogió del brazo y la obligó a levantarse. Claudine comenzó a temblar. La situación le parecía de lo más inverosímil, tanto que llegó a pensar que todo aquello no le estaba ocurriendo en realidad.

—Eugene, bájale el vestido hasta la cintura —dictó la Sra. Wales.

La primera reacción de Claudine fue cruzar los brazos.

—Así no vamos bien —dijo la Sra. Wales, dirigiéndose a su marido—. Será mejor que regresen a su casa.

Claudine, nerviosa y tensa, agachó la cabeza avergonzada y dejó caer los brazos. Eugene miró a la Sra. Wales, y al ver que ésta asentía con la cabeza, desató el lazo que cerraba el vestido y lo bajó hasta la cintura.

—El sostén; quítaselo también.

Claudine tuvo que hacer un gran esfuerzo para no ocultar sus pechos con los brazos. Sentía que todos la contemplaban; contemplaban su piel blanca, sus senos, su vientre.

—Eso es… y ahora átale las manos a la espalda.

Eugene le ató las muñecas a la espalda con una cuerda que sacó del bolsillo. Pasó varias veces la cuerda alrededor de sus muñecas sin apretar demasiado, y finalmente hizo un nudo. Después le palpó un seno, lo levantó y pellizcó suavemente un pezón. Era tanta la vergüenza y la humillación que sentía Claudine en aquel instante que deseó que la tierra se abriera y se la tragara. Pero eso no ocurrió, y la Sra. Wales continuó diciendo:

—Muy bien. Súbele la parte baja del vestido hasta la cintura y bájale las bragas hasta las rodillas para que podamos verla de cuerpo entero.

Roger miraba a su esposa de manera intermitente, debatiéndose entre la curiosidad y el dolor que le provocaba la escena. Finalmente desvió la mirada hacia la ventana.

—Fabian —dijo la Sra. Wales, dirigiéndose al otro mayordomo—, nuestro invitado desea irse. Traiga su chaqueta y acompáñelo a la puerta.

Por un lado, Claudine deseaba con todas sus fuerzas que su marido no presenciara tan lamentable humillación, pero por otro, quedarse sola le aterraba y desebada que no se fuera.

 

 

Con las manos atadas a la espalda, el vestido arrugado en la cintura como el fuelle de un acordeón y las bragas enrolladas a la altura de las rodillas, Claudine vio alejarse a su esposo.

—Roger, por favor… —logró decir, casi sin aliento.

Antes de salir por la puerta, en el preciso instante que Eugene doblaba el cuerpo de Claudine sobre la mesa, Roger se giró para contemplar por última vez a su esposa, y la imagen que vio causó tal impacto en él, que así la recordaría durante los próximos dos meses que estaría sin ella. Y no solo aquello lo torturaría, pues poco después, cuando atravesaba el jardín en dirección a la calle, oyó algo que lo paralizó y que también recordaría, junto aquella imagen, durante todo ese tiempo y mucho más, si es que alguna vez logró olvidarlo.

 

Claudine estaba convencida de que algo ocurriría en aquel preciso instante que la salvaría de toda aquella depravación, pero a medida que pasaban los segundos y la sonrisa de la Sra. Wales iba adquiriendo un cariz malicioso, sus esperanzas se iban derritiendo como un trozo de hielo en la palma de la mano; y solo cuando Eugene se posicionó detrás de ella y sintió el roce de su miembro en la entrada de su sexo, se dijo a si misma: "ya está, ya no hay nada a hacer". Y no se equivocaba, pues estaba a punto de ser violada.

El mayordomo la agarró por las caderas y la penetró con brutalidad. Claudine, que sintió como su cuerpo se abría de golpe, no pudo reprimir un grito que se oyó más allá de los límites de la finca Wales. Eugene la tomó con tanta brutalidad que, cuando su cuerpo quedó bañado por el semen de aquel desconocido, sintió que de un momento se desvanecería.

La Sra. Wales se acercó a ella y, agarrándola del pelo, la separó de la mesa. A Claudine le temblaban las piernas, le ardía el semen en su interior y le dolía el sexo.

—Ponte de rodillas.

Claudine, con la ayuda de Eugene, que se encontraba a su lado con el miembro manchado de semen, se puso de rodillas.

—Abre la boca. Y no oses cerrarla.

Y dicho esto, su mano fue a impactar con violencia en la mejilla de Claudine, la cual cerró la boca tras el impacto. Seguidamente volvió a recibir un guantazo en la misma mejilla, con la misma fuerza que el anterior.

—¡He dicho que no cierres la boca! —gritó la Sra. Wales.

Claudine comenzó a llorar, resistiéndose a abrir la boca. Aún le parecía imposible estar viviendo aquello, que realmente le estuviera sucediendo a ella. La Sra. Wales levantó el brazo con un gesto implacable y severo, y solo entonces abrió la boca. La Sra. Wales acercó su boca a la de Claudine y escupió dentro de ella. La saliva comenzó a deslizarse por el interior de la boca de Claudine, algo que provocó en ella un profundo desagrado, una sensación de repugnancia. La Sra. Wales se apartó para que Eugene pudiera meterle su miembro manchado de semen. Claudine, sintiendo su boca también ultrajada, cerró los ojos con fuerza y dejó que la violaran por ese lado sin ofrecer resistencia.

 

Mientras el miembro entraba y salía, el mismo miembro que había abierto sus carnes y manchado su cuerpo, la Sra. Wales comenzó a caminar por el salón con paso lento pero firme, con los brazos cruzados y el semblante serio. Después continuó hablando con un tono de voz que cortaba el aire:

—Tu vida no vale ni una décima parte del dinero que vais a recibir. Por mucho que sufras, y por muy doloroso y degradante que sea lo que vas a vivir estos días, deberás mostrarte agradecida. ¿No sabes cómo? no te preocupes, yo te enseñaré; no solo a mostrarte, si no a serlo. También te enseñaré otras muchas cosas que por tu bien será mejor que recuerdes. Nada de lo que sientas o pienses importa ya. Tu vida ahora mismo no vale nada, pues la cambiaste por la de tu hija. De un modo u otro serás sometida a mi voluntad y a la de mi familia, ya sea por las buenas o por las malas. Dos meses; solo dos meses; después serás libre si aún lo deseas —Sí lo desearía, pensaba Claudine con el miembro de Eugene entrando y saliendo de su boca, y con todas sus fuerzas, pero no del modo que ella imaginaba—. Recuerda ésto —prosiguió la Sra. Wales—; cualquier persona puede hacer uso de tu cuerpo, a menos que yo no quiera, y nunca dirás no a las peticiones de las personas con las que trates, ya sea dentro de esta casa, ya sea fuera de ella. Tal vez prepare una fiesta para presentarte. Invitaremos a una parte de nuestros amigos. Te mostraremos, y si lo vemos oportuno te cederemos; quién sabe si a Lord Keyworth, por ejemplo. Lord Keyworth es conocido entre todos por sus extravagantes y depravados gustos. Pero no temas aún, tu futuro aquí es incierto por ahora.

 

Cuando Eugene retiró su miembro, desató las manos de Claudine y la ayudó a sentarse en la silla.

Encogida de hombros, con las manos apretadas entre las piernas, ocultando su recién profanado y dolorido sexo, Claudine no dejaba de llorar. Le temblaba el cuerpo entero. Entonces, la Sra. Wales rodeo su cabeza con los brazos y la estrechó con dulzura contra su vientre.

—Vamos, tranquilízate, irás acostumbrándote —dijo mientras le acariciaba el cabello—. Todo irá bien si te portas como es debido. Lo peor que puedes hacer es pensar; cuanto menos pienses, menos sufrirás. Tan solo has de pensar en obedecer, nada más.

 

Pasado un rato, cuando Claudine dejó de llorar, la Sra. Wales la separó de su vientre. Llevaba en la mano un collar de cuero negro con varias anillas, de una de las cuales colgaba un pequeño cascabel dorado. Después sacó del bolsillo unas cuantas correas más, de cuero negro también, con cascabeles todas ellas y algo más pequeñas; y mientras ella le colocaba el collar en el cuello, ordenó a Eugene que le pusiera el resto en las muñecas y en los tobillos. Mientras Claudine era vestida con aquellos ornamentos, vio algo que la dejó aterrada: el señor Wales, que durante todo el rato había permanecido sentado a la mesa, acariciaba el pecho de su hija por debajo de la camisa mientras ésta, con expresión placentera, respondía acariciando el miembro de su padre.

—Durante tu estancia las llevarás siempre puestas —dijo la Sra. Wales, refiriéndose a las correas—. No te las quitarás bajo ningún concepto —La Sra. Wales comenzó a pasear la mano por los pechos de Claudine.— Eres bella; muy bella. Me gustará tenerte aquí. Quiero que desde hoy respondas al nombre de Cascabel.

—Elisabeth —interrumpió el marido, retirando la mano del pecho de su hija—; no te encapriches con ella. Solo estará con nosotros dos meses.

La Sra. Wales lo miró con dureza, algo que él interpretó como un reproche por haber adquirido a una mujer tan bella por tan poco tiempo.

—Emily —prosiguió la Sra. Wales, dirigiéndose a su hija—. Llévatela esta noche. Es tuya. Pásalo bien con ella, pero sin hacerle daño; nada de golpes ni sodomía por el momento. Usa su boca para lo que quieras. Y si no obedece házmelo saber, que yo me encargaré de que lo haga.

Claudine se estremeció, y el tintineo de los cascabeles, que no cesó desde que le fueron puestos, se hizo más audible en toda la sala.

 

FIN primer capítulo.