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Cascabel 2

Eugene cubrió el cuerpo de Claudine con una fina capa de seda verde y se apartó. Todos la observaban. Se sentían atraídos y excitados por el miedo, el desconcierto y la incertidumbre que delataban sus gestos y su mirada. Claudine, que intentaba cubrir las partes más pudorosas de su cuerpo con la tela, juntó las piernas con fuerza para detener el semen que había recibido en su interior y que en aquel preciso instante se deslizaba hacia el suelo por el interior de sus muslos. Sintió asco, y recordó que aquella sustancia que ahora fluía por su pierna era la misma que había observado en el miembro de Eugene y que poco antes había tenido que chupar.

Emily, con la impaciencia propia de su juventud, se acercó a Claudine y preguntó:

—¿Puedo subirla a mi cuarto? —La madre asintió con la cabeza—. Eugene, prepáramela.

Eugene sabía lo que tenía que hacer: llevó las manos de Claudine a la espalda y, juntando las dos anillas, unió las dos pulseras de cuero con un pequeño candado de acero, haciendo sonar los cascabeles. Se acercó a un pequeño cofre de madera que había sobre un mueble y sacó de éste una cadena de finos aros que enganchó al collar de Claudine. Después ofreció un extremo a Emily y se apartó.

Claudine se sintió tal y como todos esperaban que se sintiera: vulnerable y humillada. Ella no era más que un juguete del que acabarían cansándose después de haberle dado todos los usos posibles. Y cuando se aburrieran de él, le buscarían usos alternativos que satisficieran sus depravadas necesidades. Pero por fortuna, Claudine desconocía esto último, al igual que desconocía otras muchas cosas y que solo descubriría con el tiempo.

Emily dio un tirón a la cadena y arrastró a Claudine hasta su habitación, que estaba situada en la segunda planta de la mansión. Tenía ésta una cama grande de hierro forjado, una enorme cómoda hecha con madera de cerezo y un suelo rojo enmoquetado que daba a la estancia un aire acogedor, como de cuento de hadas. Emily cerró la puerta, se sentó en la cama y acto seguido ordenó a Claudine que se arrodillara delante de ella. Claudine obedeció con cierta indecisión. Y al hacerlo notó que la moqueta no estaba ni fría ni caliente, ya que, recién entrado el verano, la temperatura era suave y agradable.

—Más cerca —indicó Emily.

Claudine, arrastrando las rodillas, se acercó hasta que sus pechos erguidos rozaron las rodillas de Emily. Era tanta la vergüenza que sentía que en ningún momento apartó la vista del suelo. Emily, que sentía un placer extraordinario humillando a los demás, retiró la capa verde que cubría el cuerpo de Claudine y le alzó el rostro.

—Me gusta que me miren a la cara cuando hablo. A los ojos no. Eso me incomoda mucho. Mírame siempre a los labios. Quiero que veas cómo se mueven cuando diga: «ahora abriré las piernas, me bajaré las bragas y chuparás hasta el último rincón que te ofrezca» —Y mientras pronunciaba estas últimas palabras, fue quitándose las bragas por debajo del vestido—. Obsérvalo (separando los labios de su sexo); ahora acercarás la cara y lo limpias.

Claudine era consciente de que nada la salvaría de cometer un acto tan repulsivo, y que su destino inmediato consistía en hundir la lengua en el interior de otra mujer, limpiar su impúdico sexo. Pero Emily se levantó, y Claudine se sintió por primera vez aliviada. ¿Era posible que fuera a librarse de semejante asquerosidad? Emily se acercó a la cómoda y abrió uno de los pesados cajones. Claudine no se atrevió a mirar lo que hacía, pero sí escuchó con atención sus movimientos.

—Cascabel, mírame —ordenó con una voz juvenil y divertida, propia de su edad, algo que contrastaba con el fondo perverso de sus palabras. Claudine giró la cabeza y contempló con estupor a su torturadora, que sostenía en la mano un látigo de nueve colas con trallas de cuero trenzadas—. Éste es uno de los muchos instrumentos que usaré contigo. Éste concretamente deja unas bonitas marcas rojas en la piel. A mí me gusta mucho. Cuando mi madre me de permiso, te llevaré al jardín, te ataré a un árbol y con este mismo látigo, después de haberlo hundido en un cubo con agua y haber dejado que el cuero absorba una parte de ésta, te azotaré todo el cuerpo sin piedad. Debo informarte, Cascabel, que duele horrores, pero no podrás evitarlo, pues estarás atada, y tan solo podrás ver como el látigo avanza hacia tu cuerpo sin que puedas hacer nada por evitarlo: ni súplicas ni llantos ni lamentos; nada. Haré que sufras cada azote como si fuera el primero, algo que recordarás el resto de tu vida. Has de saber que, al primer impacto, sentirás un calor que se extenderá por todo tu cuerpo de manera incontrolable, como un sofoco asfixiante, y te estremecerás. Después sentirás rabia, ira, impotencia, humillación y dolor, mucho dolor. Y aun así los preferirás (a los azotes me refiero, Cascabel) a otras cosas que inevitablemente vivirás en esta casa y fuera de ella. —Emily soltó una carcajada estentórea al pronunciar estas últimas palabras.— Lo mejor que podría pasarte —continuó diciendo, intentando controlar la risa—, es que mi madre te mandara a los bajos fondos de la ciudad y te prostituyera, bien lejos de mí. ¿Te gustaría eso?

De repente, Claudine rompió en un llanto descontrolado. ¿Cómo era posible que, una chica tan joven y con ese aspecto, tan afable y bondadoso, pudiera tener una mente tan retorcida y cruel? Se preguntaba Claudine; ¿y por qué a mí, Señor, y por qué a mí?

Emily, con el látigo en la mano, volvió a sentarse en la cama, delante de Claudine, y abriendo las piernas dijo:

—Tengo métodos para hacerte sufrir sin que mi madre se entere. Llora todo lo que quieras, pero chupa hasta que yo te diga.

Y con ayuda del látigo acercó la cara de Claudine a su sexo. Cuando Emily sintió su aliento ahí abajo, suspiró y cerró los ojos. Claudine chupó sin dejar de llorar. Su lengua se hundió en aquella zona irregular y húmeda, algo viscosa y con un sabor que no sabría describir, pero que a ella le pareció de lo más repugnante.

Emily tenía los muslos empapados por las lágrimas que, si bien fueron menguando, no cesaron de caer por las mejillas de Claudine. Ello excitaba a Emily, lo que hacía que su sexo no dejara de manar ese flujo viscoso y de olor penetrante que tanto desagradaba a Claudine. Pasado un rato, apartó a su mascota de la entrepierna y comenzó a frotarse con el mango del látigo. Iba a tener un orgasmo, y lo iba a tener en presencia de Claudine, algo que aprovecharía muy bien al terminar, pues la obligaría a limpiarla con la lengua, tanto a ella como el mango del látigo. Y así sucedió.

Emily, satisfecha, se tumbó en la cama y comenzó a pensar en voz alta.

—Dios me ha dado este don. No imagino otra cosa en este mundo que pueda proporcionarme mayores placeres que los que me brinda el sufrimiento ajeno. También es una suerte que hayan personas como tú, Cascabel, que se sientan horrorizadas frente a este tipo de actos; de lo contrario, no sería lo mismo. No Cascabel; si te gustara, no sería lo mismo. Ya sé lo que estás pensando, pero no creas que es tan fácil fingir el gozo, sobretodo cuando el sufrimiento llega a límites que ni imaginas. Hasta ahora has llorado por miedo, pero pronto, muy pronto, lo harás de dolor.

Emily se levantó de la cama y se dirigió a la cómoda, de donde sacó tres mordazas, distintas todas ellas: una de bola, una de anilla y otra de tubo.

—Cascabel, mira aquí —dijo Emily, mostrando la mordaza de anilla—. ¿Te gusta? Esta mordaza te obligará a mantener la boca abierta aunque no quieras. Solo tiene un problema, pero de fácil solución; necesitaré un recipiente. —Emily retiró el candado que unía las muñecas de Claudine; después la obligó a abrir la boca y para colocarle la mordaza de anilla.— Ponte a cuatro patas, Cascabel, como si fueras una vulgar perra de la calle. ¿O acaso lo eres? Uhmm, aún no, pero lo serás. Paciencia.

Emily colocó un recipiente ovalado de cristal bajo el rostro de Claudine, cogió un objeto de forma fálica y, posicionándose detrás de ella, la penetró con crueldad. Claudine echó el cuerpo hacia adelante al sentir el extraño objeto dentro de su cuerpo, aún dolorido. Emily se sentó sobre sus caderas, como si de un caballo se tratara, y sin dejar de introducirle el objeto, la agarró del pelo con la otra mano para reprimir su balanceo. Mientras el objeto entraba y salía, Claudine comenzó a salivar de manera incontrolable; solo entonces comprendió la finalidad del recipiente. Con cada embestida, su cuerpo tendía a irse hacia delante, algo que Emily se encargaba de corregir con un nuevo tirón de pelo. Esto despertaba los lamentos de Claudine, que sin poder evitarlo, se veía torturada doblemente.

Al poco rato, el recipiente comenzó a llenarse de saliva.

Emily, dejando el objeto en el interior de Claudine, se levantó y le retiró la mordaza. Inmediatamente, Claudine se limpió con la lengua los restos de saliva que aún pendían de la comisura de sus labios.

—Abre la boca —ordenó Emily, agarrando la mordaza de tubo—. Ahora voy a colocarte ésta. Es muy útil para hacerte tragar todo tipo de líquidos. Por ahora solo tenemos tus babas, pero pronto arreglaremos eso.

Una vez le hubo puesto la mordaza, Emily apartó el recipiente, se puso de cuclillas con las piernas abiertas y, mostrando su sexo a Claudine, comenzó a orinar dentro de éste.

—Así te pasará más rápido por la garganta.

Claudine se sentía embargada por un sentimiento que comenzaba a serle familiar, una mezcla de humillación y de espanto que hacía que su cuerpo temblara y tuviera nuevamente ganas de llorar. Y mientras sentía esto, observaba con desagrado el fluido que salía de Emily y llenaba el recipiente; ese fluido que en breve sería obligada a tragar.

El fluido, mezcla de saliva y orín, llegó al borde del recipiente. Emily se levantó y dejó que cayeran las últimas gotas de su entrepierna; después irguió el cuerpo de Claudine hasta ponerla de rodillas, le unió nuevamente las manos a la espalda con el candado, levantó el tubo de la mordaza y comenzó a verter el fluido por el mismo. Mientras esto ocurría, el objeto de forma fálica que Claudine albergaba en su interior salió de su cuerpo y cayó al suelo.

—Si no quieres ahogarte, te aconsejo que vayas tragando cuanto recibas. Eso es. No cierres los ojos ni arrugues la cara como si te diera asco, a menos que quieras estar bebiendo toda la noche. Mientras vas tragando, te diré algo muy importante. Desde hoy me pedirás permiso para ir al baño. No siempre te dejaré, pero cuando lo haga, lo harás en mi presencia. Vamos, sigue tragando, que ya queda poco.

En ese instante, justo cuando la última gota abandonaba el recipiente de cristal, ocurrió algo curioso: se oyeron unos golpes en el cristal de la ventana. Emily se giró. Tras el cristal pudo ver una mano que, con el puño cerrado, tomaba impulso para volver a golpear el cristal: toc-toc-toc. Claudine quedó petrificada ante la idea de que pudiera haber alguien colgado ahí fuera y llamando a la ventana. Estaban en la segunda planta de la casa, y cualquiera que allí estuviera, habría tenido que escalar la fachada, que tal y como recordaba Claudine cuando vio la casa por primera vez, estaba en su mayor parte tapizada de hiedra. Emily, con acentuados signos de desagrado, fue a abrir la ventana. Por la misma asomaron unos ojos que escudriñaron el interior de la habitación con cautela hasta que se cruzaron con la mirada asustada de Claudine.

—¡Alan! ¿Qué diablos haces aquí? ¡Te dije que no vinieras esta noche! —gritó Emily.

Arrastrándose por el marco de la ventana, un joven de aspecto desaliñado, andrajoso y destartalado se introdujo en el interior de la habitación, cayendo al suelo de golpe.

— Y ahora entiendo por qué —dijo el joven, levantándose del suelo y mirando a Claudine.

—No es por ella imbécil. Mi madre amenaza con mandarme a un internado si vuelve a encontrarte aquí.

—¿Y no vale la pena correr el riesgo?

Al decir esto, el joven se bajó los pantalones y los calzoncillos, dejando libre un miembro de dimensiones poco usuales.

—Eres demasiado engreído y vanidoso para ser un pobre desgraciado, pero tienes razón; sí vale la pena por algo así —dijo Emily, cogiendo el grueso miembro con la mano y frotándolo muy lentamente, con admiración—. Bueno, ya que estás, me serás útil.

Dicho esto, soltó el miembro del intruso, se acercó a Claudine y, agarrándola del brazo, la obligó a tumbarse en la cama. Emily ató sus extremidades a unas cadenas que colgaban de los cuatro esquinas de la cama, dejándola con los brazos estirados y las piernas abiertas. Después le cambió la mordaza de tubo por la de bola.

—Alan, es tuya; tómala.

El sexo de Claudine se encontraba aún dolorido por la brutalidad con la que Eugene la había tomado, y pensar que estaba a punto de volver a ser violada, y por aquel miembro tan desproporcionado, la llenó de espanto. El joven, que mostraba su sexo endurecido y preparado para entrar donde fuera necesario, se colocó de rodillas entre las piernas de Claudine y se frotó unos segundos. Emily se sentó a un lado de la cama para observar el rostro de su victima.

—Vamos, penétrala de golpe; que le duela Alan, que le duela mucho.

El miembro entró sin vacilación, y mientras entraba y salía, el cuello de Claudine comenzó a hincharse; la vena que lo recorría se dilató y se volvió más visible, como si fuera a reventar. Su expresión era de autentico sufrimiento.

—Espera.

Emily sacó del cajón de la cómoda un nuevo objeto de forma fálica, que a diferencia del primero, era más bien largo y estrecho. Se volvió a sentar en la cama, a la altura de la cintura de Claudine, y pidiendo a Alan que se retirara, llevó el objeto a la entrepierna de Claudine y la penetró.

—Ahora Alan, tómala otra vez.

Los dos miembros no cabían a la vez. Alan comenzó a mover el objeto en busca de un hueco donde introducir su sexo. Se movió de un lado a otro, hizo fuerza, ensalivó su miembro para lubricarlo, y tras un rato de intentos frustrados, consiguió colarse en el interior de Claudine. Ésta cerró los ojos con fuerza y comenzó a llorar, con el cuello enrojecido y aún hinchado. En ese momento pensó en su marido, en lo mucho que sufriría si viera lo que estaban haciendo con ella, y que nunca, nunca jamás, si es que salía con vida de aquella amarga experiencia, le contaría lo que había sufrido.

Y mientras esto ocurría, alguien llamó a la puerta de la habitación. Alan abandonó el cuerpo de Claudine, dio un salto de la cama y se escondió debajo. Emily, mientras preguntaba, algo agitada, quién era, escondió la ropa del joven. La Señora Wales abrió la puerta y entró.

—¿Va todo bien, Emily?

—Cascabel es muy delicada, mamá. Llora con mucha facilidad.

La Sra. Wales sacó el objeto del interior de Claudine para examinarlo.

—¿Es posible que llore con un juguete tan pequeño? Tengo la sensación que dramatizas, Cascabel. ¡Eugene! —gritó la Sra Wales. Éste apareció inmediatamente por la puerta.— Trae un bote de salsa picante.

Eugene salió de la habitación y no tardó en regresar con un inconfundible bote de "Lea & Perrins Worcestershire sauce" en la mano.

—Ahora llorarás de verdad.

La Sra. Wales bañó el objeto con la salsa roja y se lo volvió a introducir. El interior de Claudine ardía como nunca. Tensó el cuerpo enteró. La sra. Wales metía y sacaba el objeto con furia. La cara de Emily reflejaba toda la felicidad de la que podía hacer gala.

—Mamá, por el otro lado también.

La sra. Wales sacó el objeto, volvió a untarlo con la salsa y la penetró, no sin esfuerzo, por la entrada más estrecha de Claudine.

Dejando el objeto en la parte trasera, se levantó de la cama y dijo:

—Emily, es tarde; acuéstate y duerme, mañana habrá tiempo para todo.

Cuando la Sra. Wales abandonó la habitación, Alan salió de su escondite con temblores en el miembro. La crudeza de la escena lo habían excitado de manera asombrosa. Y sin que a Emily le diera tiempo a decir nada, se tumbó sobre Claudine nuevamente y la tomó desesperadamente. Mientras embestía el cuerpo de Claudine, sus testículos iban golpeando la base del objeto que aún permanecía ardiendo en sus entrañas. En pocos segundos, Alan se apartó y llenó de semen el cuerpo de la pobre joven, manchando su vientre y sus senos.

—Muy bien Alan, ¿y para mí qué? Sucio vagabundo. Lárgate y déjanos solas.

Alan se vistió y salió sigiloso por donde había entrado. Emily cerró la ventana tras él, desató a Claudine y, tras quitarle el doloroso objeto que tenía en su interior, la llevó a una esquina de la habitación. Allí recopiló varios cojines que tenía por la habitación, después juntó sus muñecas y las unió de nuevo con el candado. Agarró una cadena que colgaba de la pared y la enganchó a las pulseras que inmovilizaban las manos de Claudine.

—Podrás dormir aquí. No se te ocurra despertarme. Si tienes ganas de ir al baño, te aguantas. Hasta mañana no podrás ir. Que duermas bien, Cascabel.

Arrullada sobre los cojines, sintiendo sus partes más íntimas y vulnerables abrasadas por el fuego de la salsa, y el cuerpo entero temblando, Claudine intentó evadirse de todo cuanto la rodeaba.

Las horas avanzaron lentas durante toda la noche; mientras el día, impaciente, aguardaba la llegada de Claudine.

Y finalmente amaneció.

Fin del segundo capitulo


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