Ella encontró un escrito mío y dio conmigo. Acepté su invitación a vernos y conversar por curiosidad, por razones tan triviales como que es mujer y que tiene un nombre hermoso y antiguo. Fue un miércoles. Yo no había tenido un buen día, no sabía a ciencia cierta quién era ella ni qué diablos quería, respondí hoscamente a sus primeros intentos de entablar una conversación trivial y civilizada. -¿Por qué me buscaste? No escribo para conseguir amantes. Algo pasó. El tono de su voz decepcionada, ese "no, si te molesto me voy" que no sonaba a chantaje sino a ternura herida. Respiré hondo. Recordé que todo eso que falla en el día a día sólo falla a causa nuestra, vi que era apenas una jovencita, que tenía una hermosura inquieta, que sabía sonreír.