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Cascabel

Claudine no durmió en toda la noche; sin embargo, cuando vio a Emily despertar, fingió hacerlo. Ella dormiría —o simularía hacerlo— durante todo el día y el resto del tiempo que le quedaba de cautiverio si con ello pasaba desapercibida. ¿O acaso era libre y podía abandonar la casa cuando quisiera? Sí; lo era, claro que lo era, pero… ¿a qué precio?

Emily se vistió y salió de la habitación. Tres horas más tarde, tiempo durante el cual, Claudine consiguió dormir, entró Eugene en la habitación. Era una mañana tranquila y soleada, de esas que invitan a salir al jardín y disfrutar del día. Eugene abrió la ventana para dejar entrar el aire de la mañana, cubrió el cuerpo desnudo de Claudine con la capa de seda verde y la despertó. Claudine fue abriendo los ojos poco a poco, tiempo suficiente para que su cerebro fuera asimilando la nueva situación. Al hacerlo, instintivamente, encogió el cuerpo como un animal asustado.

—Buenos días —saludó Eugene, con amabilidad.

Le cogió las muñecas y la liberó de la cadena que mantenía su cuerpo anclado en la pared.

—Le he dejado ropa limpia encima de la cama. Cójala y sígame. La acompañaré al cuarto de baño. Deberá asearse y vestirse. Yo la esperaré fuera; después la acompañaré al comedor. A las doce se sirve la comida.

Claudine, mientras se levantaba del suelo, miró por la ventana. Sí fuera libre, si su hija no estuviera enferma, saldría con ella al campo a correr y jugar. Borró esa idea de su cabeza, cogió la ropa que había encima de la cama y siguió a Eugene por el pasillo que conducía al cuarto de baño.

—Tómese el tiempo que quiera —dijo Eugene al llegar a la entrada del baño—, pero no cierre la puerta por dentro, eso no le está permitido. No se preocupe, los Señores no están en la casa, así que nadie la molestará. Si necesita cualquier cosa, pídamela. Yo la estaré esperando aquí fuera.

Tanta cortesía por parte del hombre que había hecho uso de ella en presencia de la familia Wales era algo que desorientaba a Claudine. Pensó, en un primer momento, que tal vez las cosas fueran a cambiar, que dejarían de tratarla como lo habían hecho hasta ahora. Tal vez, todo lo ocurrido, toda la tortura a la que había sido sometida fuera algo puntual, o mejor aún: fuera algo irreal, algo que no había sucedido. Pero su sexo estaba irritado, y aquello era la prueba inequívoca que la hacía volver a la realidad.

Claudine se tomó su tiempo en el baño. Se duchó, se vistió con la ropa que había cogido de la cama (una falda larga de colores claros y discretos y una camisa blanca) y se miró en el espejo. Su rostro reflejaba el cansancio y sufrimiento de quien apenas ha dormido tres horas y vivido los tormentos a los que ella había sido sometida. Pero la ropa le sentaba bien, y se sentía cómoda con ella.

Al acabar fue llevada al comedor, lugar donde le sirvieron la comida: un plato de sopa y pollo para acabar. Nadie la acompañó. Mejor así, pensó. Después fue llevaba al salón, una estancia de grandes dimensiones con un bonito sillón de tres plazas forrado en tela damasco, varias butacas repartidas por toda la estancia y una elegante biblioteca repleta de libros que daba al lugar un aire distinguido y señorial. Eugene invitó a Claudine a sentarse en el sillón y se fue, dejándola sola.

Pasado un tiempo llegó la Señora Wales acompañada de un hombre. Claudine, como era de esperar, pensó en lo peor.

—Claudine, querida, le presento al Doctor Herbert Khol. El Doctor ha visitado a su hija esta mañana.

Claudine no reaccionó hasta que aquel hombre de aspecto impecable, que llevaba un elegante sombrero a juego con el traje y tenía los rasgos suaves y atractivos, le tendió la mano.

La Señora Wales se sentó junto a ella mientras el Doctor lo hacía frente a ambas, en una butaca.

—Así es —dijo el Doctor—; he pasado toda la mañana con su hija. Debido a su estado, he creído oportuno sacarla del barrio donde residen. Esta misma mañana la hemos trasladado junto a su marido a una casa que tengo a las afueras de la ciudad. No no no; no debe agradecerme nada. Es una casa que no uso y a la que le irá bien el calor humano. Pero estimada Señora; sin quitarle importancia a lo dicho, yo he venido a comunicarle algo mucho más importante; algo que debe saber y recordar: su hija sobrevivirá.

—¡Eso es una gran noticia, Doctor Khol! —dijo la Señora Wales.

Aquella mujer realmente se alegraba.

Abrazó a Claudine y, frotándole la espalda, dijo:

—Si el Doctor Khol dice que sobrevivirá, no dudes que así será, querida mía, así será.

—No tengan la menor duda —añadió el Doctor—, y si me permiten decirlo, presumo que dentro de un mes, usted y su hija estarán jugando juntas.

Claudine, mientras abrazaba a la Señora Wales, lloró; lloró de alegría, de esperanza, de ilusión.

—Vamos cariño, ya está. Todo irá bien.

Claudine hipaba y moqueaba; tenía los ojos inflamados y las lágrimas habían empapado sus mejillas. La Sra. Wales pidió a Eugene que trajera un pañuelo. Y por primera vez en mucho tiempo, en el rostro de Claudine se dibujó el esbozo de una tímida sonrisa con brillos de esperanza.

—No sabe lo agradecidas y contenta que estamos, Doctor —dijo la Señora Wales.

Claudine, sin dejar de llorar, agradeció casi sin aliento la noticia.

—Es un placer, sobretodo en momentos como éste, en los que puedo aventurar un feliz desenlace.

¡Que hombre más maravilloso! Pensó Claudine. Su hija sobreviviría, y solo eso importaba en aquel momento. Aquel hombre, al que Claudine definiría tiempo después como "el hombre más guapo y cortés que había conocido nunca", era el salvador de su hija. ¿Qué importaba todo lo demás?

—Si me disculpan —dijo el Doctor, levantándose de la silla y haciendo una pequeña reverencia—, debo irme.

El Doctor, acompañado por Eugene, salió del salón. Cuando las dos mujeres quedaron a solas, la Sra. Wales dijo:

—Me gusta verte sonreír, Cascabel.

La Señora Wales acariciaba las manos de Claudine. Y, en un momento que ambas se miraban a los ojos, dijo:

—Y ahora desnúdate.

—¿Cómo? —preguntó Claudine, desconcertada.

—Ponte de pie y desnúdate —repitió la Sra. Wales, con el mismo tono de voz amable que había usando hasta el momento—; el Doctor ya se fue. No tiene sentido que sigas vestida. Eugene —llamó—; los cascabeles.

Claudine se levantó y deshizo de lo único que le proporcionaba un poco de seguridad: la ropa; y lo hizo ante la profunda mirada de la Sra. Wales. Poco después, Eugene, le estaba colocando los cascabeles.

—De rodillas Cascabel; y coloca las manos en la nuca. ¡Eugene! (dirigiéndose a su mayordomo), trae un cuenco con agua y déjaselo en el suelo. Y tú (volviéndose a Claudine), no te muevas ni cambies de postura hasta que vuelva a por ti. Si tienes sed, bebe del cuenco, pero sin retirar las manos de la nuca.

Y dicho ésto, la mujer y el mayordomo salieron del salón, dejando sola a Claudine.

Pasaron un par de horas.

 

Le dolían las rodillas. ¿Cuánto tiempo más estaría en aquella incómoda postura? El sol entraba por el alto ventanal, iluminando los muslos y el vientre de Claudine. Aquello le quemaba la piel. Si se moviera un poco, el sol dejaría de darle, y nadie se daría cuenta. Pero la advertencia de la Sra. Wales había sido clara: "no te muevas ni cambies de postura hasta que vuelva a por ti". Y mientras pensaba ésto, alguien entró en el salón. Se trataba de Fabián, el otro mayordomo.

— ¡Levanta! —le gritó, asiéndola del brazo.

Fabián arrastró a Claudine a la parte trasera de la casa, lugar donde había una vieja puerta de madera, no muy alta y bastante deteriorada. Aquello tenía muy mal aspecto.

A Claudine le tembló la voz al preguntar:

—¿A dónde me lleva?

Pero aquel hombre de ojos hundidos, cuerpo fibroso y piel morena no contestó.

Fabián abrió la puerta y obligó a Claudine a bajar las escaleras. Al fondo, al final de las escaleras, se veía un poco de luz; pero allí, mientras bajaba, apenas se veía algo. Tuvo que asegurar cada paso para no tropezar y caer.

Al llegar abajo se encontró en un sótano de paredes grises y lleno de trastos: cajas, estanterías viejas, baúles, algún mueble roto, un par de bicicletas y poco más. La poca luz que salía de la bombilla del techo ensombrecía cuanto allí se encontraba.

— ¡Camina! —ordenó Fabián, dando un tirón del brazo a Claudine.

La llevó hasta un rincón. Allí la puso de cara a la pared, atándole las muñecas a una cadena que pendía de la pared. Claudine quedó colgada de los brazos y el cuerpo expuesto. Giraba la cabeza a un lado y a otro, asustada, inquieta. ¿Qué pretendía hacer con ella?

—Por favor, déjeme marchar.

El mayordomo, haciendo caso omiso a las súplicas de Claudine, se bajó los pantalones y la ropa interior. En ningún momento miró a Claudine a la cara. Algo en su interior se lo impedía. Tal vez fuera su conciencia quien, sabiendo lo que estaba a punto de hacer, se lo impedía.

Y allí, con el sonido de los lamentos, los suspiros y los cascabeles como música de fondo, Fabián hizo de la pobre Claudine una mujer más desdichada de lo que ya era, agarrándole los pechos y tomándola con fuerza y desesperación.

Cuando acabó, Claudine quedó de rodillas en el suelo, sostenida por la cadena. Fabián la desató y la llevó de vuelta al salón. Y allí la dejó.

Sin dejar de llorar, Claudine, que recordaba las palabras de la Señora Wales: "no te muevas ni cambies de postura hasta que vuelva a por ti", se puso de rodillas y juntó las manos en la nuca.

Si el Doctor estuviera allí, si pudiera estar a solas con él, le contaría su situación, lo mucho que estaba sufriendo y el chantaje al que era sometida. Él la ayudaría. No tenía ninguna duda. Pero necesitaba estar a solas con él; solo un minuto para hacerle saber lo que sucedía en aquella monstruosa mansión. Él la salvaría. Estaba convencida de ello.

 

Claudine llevaba cerca de dos horas en aquella incómoda postura cuando apareció Emily. Ésta cogió una silla y se sentó a su lado. Empezaba a oscurecer. En ese instante se escuchó a lo lejos el ulular de un búho.

—Presta atención a lo que voy a contarte, Cascabel— dijo Emily, señalando el horizonte con el dedo a través de la ventana—. Por allí sube un sendero que atraviesa la colina y se pierde en el bosque. ¿Lo ves? Más allá, siguiendo el camino, en un claro en medio del bosque, hay un antiguo cementerio. Cuentan que por la noche, aun cuando hace mucho calor, la temperatura baja asombrosamente, hasta el punto de que cuando uno habla le sale vaho de la boca. Hace mucho que la gente dejó de enterrar allí a sus difuntos. Dicen que está maldito y que los muertos pasean entre las tumbas. También dicen que, a menudo, se oye el llanto de un bebé; aunque no deja de haber gente que diga que se trata de un gato. Muchas lápidas están medio caídas, y los pocos mausoleos que aún quedan en pie, tienen las puertas desencajadas y un aspecto tétrico y tenebroso. Ya nadie va por el cementerio, o al menos, son pocos los que se atreven a ir, sobretodo por la noche. Da miedo de verdad, Cascabel.

Un rato de silencio

— ¿Sabes? había pensado en llevarte allí al anochecer y encadenarte a una de las lápidas para que pases la noche. De esta manera podrías decirnos si es cierto todo eso que cuentan, si realemente se mueven sombras y se oyen los llantos de un bebé, del que dicen estar muerto. Yo iría, pero solo de pensar en la oscuridad y en las tumbas me entra un sé qué, ¿sabes lo que quiero decir? Se me pone la piel de gallina.

Claudine miró por la ventana. La idea de acercarse al bosque le aterraba. En el cementerio no quería ni pensar.

—Cascabel, ¿quieres que te lleve?

Claudine quedó muda.

—Te estoy haciendo una pregunta. ¿Quieres que te lleve?

—No —respondió Claudine, con los ojos abiertos de espanto al tiempo que negaba con la cabeza.

—¿No? ¿estás segura? No te veo muy convencida.

—No por favor, se lo suplico; tengo miedo a la oscuridad.

Emily frunció exageradamente los labios y las cejas, intentando reflejar su desagrado por la respuesta.

—No sé… ya veremos lo que hago. De momento, a menos que quieras pasar la noche en el cementerio, da las gracias a tu dueña y después pregunta si hay algo más que puedas hacer por ella, en señal de agradecimiento.

—Muchas gracias Señora. ¿Puedo hacer algo por usted? —preguntó, con un tono forzado.

—Pues ya que lo preguntas… sí. Quítame el zapato —ordenó Emily, separando el pie del suelo.

Claudine bajó los brazos y quitó el zapato a su dueña.

—Acércame tu recipiente con agua. Eso es. Déjalo ahí.

Emily introdujo la punta del pie en el recipiente, moviendo los dedos dentro del mismo.

—Ahora bebe.

Claudine, sintiendo tanta humillación como repugnancia, inclinó el cuerpo y comenzó a beber como lo haría un perro o un gato.

—Ya basta Cascabel. Ahora mírame.

Claudine irguió el cuerpo. Una gota, partiendo del labio inferior, comenzó a deslizarse por su mentón. Emily la miraba con dulzura. Ella miraba a su dueña con incertidumbre. Y en ese instante, Emily le lanzó un guantazo en la mejilla con gran violencia, haciendo sonar de golpe todos los cascabeles de su cuerpo.

— ¡Puta! —gritó con agresividad.

Y dicho esto, se levantó y se fue.

Poco después entró Eugene y la llevó a una habitación en la que no había estado nunca; y allí la dejó.

Un cementerio, frías losas de piedra grabada, la oscura y siempre misteriosa entrada de un panteón… todo aquello, acompañado de sombras y agónicos ruidos, tomaba forma en la imaginación de Claudine. Miró por la ventana la densa negrura de la noche y se volvió más susceptible a la idea de ser encadenada en aquel cementerio.

De repente, Eugene entró en la habitación. Dejó sobre la cama unas prendas de ropa, muy parecidas a las que trajo por la mañana.

—Vístase. Debe acompañarme.

¿Otra vez el Doctor? Tal vez, si la suerte estaba de su lado, tuviera la posibilidad de hablar a solas con él.

Claudine se vistió ilusionada.

—Dese la vuelta. Voy a vendarle los ojos.

Aquella orden echó por tierra sus esperanzas. No era posible que fueran a presentarla de aquella manera delante del Doctor.

Después de vendarle los ojos, Eugene la agarró del brazo y la sacó de la habitación. El tintineo de los cascabeles delataba su presencia a cada paso.

Cuando llegaron a la escalera que llevaba al piso inferior, Eugene dijo:

—Tenga cuidado con los escalones. Vamos a bajar.

A mitad de camino, Eugene detuvo a Claudine.

—Voy a decirle algo: cuando llegue el momento, procure no pensar en nada; dejar la mente en blanco. Relájese. Será mucho mejor para usted.

Finalmente llegaron al salón

—Quédese quieta. No se mueva —advirtió Eugene

Claudine escuchó susurros, algunos pasos, movimientos y poco más. Se sentía inquieta, asustada. Intuía lo peor. Y no se equivocaba. Estaba a punto de vivir una de las experiencias más amargas que viviría en casa de los Wales.

Pasado un buen rato, notó la presencia de alguien a su lado. Ese alguien quitó la venda de sus ojos. Se trataba de la Señora Wales. La inquietud de Claudine aumentó al observar la escena, una escena que ella misma describiría tiempo después de una manera clara y concisa:

"Habían personas a un lado y a otro del salón, repartidas en distintas butacas; otras estaban de pie. La poca luz me impedía verles la cara. Eran figuras que se escondían bajo la sombra. Todo era silencio. Me sentía incómoda al notar que todos me observaban con atención. También me dolía la barriga, de los nervios. La Señora estaba a mi lado. "

Efectivamente. La Señora permanecía a su lado, mostrando a los presentes —trece personas de la alta sociedad londinense, cinco de las cuales eran mujeres, muy respetadas todas ellas— su gran adquisición.

—Esta noche tengo el placer de presentarles a la tan hermosa como delicada Cascabel. Su belleza se aprecia tanto en el rostro como en la figura de su cuerpo; en cambio, su delicadeza, se aprecia en la mirada y el suave tacto de su piel. Cascabel. —La Señora Wales se dirigió a Claudine.— Desnúdate.

Mientras Claudine, ruborizada, se iba deshaciendo de la ropa, la Señora Wales volvió a dirigirse a sus invitados:

—Por ahora no ha sido azotada ni golpeada en modo alguno. Tampoco ha sido sodomizada. Cascabel tiene una virtud que, a buen seguro, agradará a todos los presentes: sufre cuando alguien la posee, siempre que ese alguien no es su marido. Es por ello que voy a dejarla a disposición de todos. Cada cual será libre de hacer uso de ella por donde más le plazca. Por otra parte, las Señoras podrán azotarla y penetrarla con los distintos objetos que encontraran en el lugar de siempre. La noche es larga, por lo que recomiendo hacer uso de Cascabel poco a poco, dejando para el final todo aquello que pueda producirle mayores daños.

Llegado aquel punto, Cascabel se había desprendido de toda la ropa, llevando únicamente las cinco cintas de cuero negro con sus respectivos cascabeles.

—Muy bien Cascabel. Ve a la vitrina que tienes a tu espalda y trae cuatro candados y un látigo, el que más te guste.

Claudine se dio la vuelta. Tras ella vio una vitrina de cristal en la que se mostraban distintos látigos y cadenas. Se acercó a ella y las observó con estupor. De entre todos los látigos, se fijó en una de esas varas que usaban los maestros de escuela para señalar un punto concreto de la pizarra y, en algunos casos, enderezar la actitud descarrilada de los alumnos más rebeldes.

Claudine se decidió por este objeto; tal vez, influenciada por aquella relación con la escuela. Volvió junto a su Señora, que en aquel momento se encontraba dando indicaciones a Eugene, y le dio los utensilios de tortura. Segundos más tarde, Eugene volvió con un potro, algo más bajo de lo normal. Habían clavado en cada una de las patas de madera, en la parte baja, unos clavos de hierro con el extremo circular, en forma de anilla. La Señora Wales indicó a Claudine que se colocara detrás del potro. Después la inclinó hacia delante, de manera que su cuerpo quedó curvado sobre el potro, como una "u" inversa. Eugene, usando los candados, fijó las piernas y los brazos de Claudine a los cuatro ganchos del potro, dejándola inmóvil, expuesta, sin posibilidad de huir. Claudine, sintiéndose golpeada por todas las miradas que formaban un semicírculo alrededor suyo, estaba a punto de ser sometida a la peor degradación que una mujer puede ser sometida: la violación en grupo. Era consciente que harían uso de su parte más estrecha, de su boca también; y quién sabe, ¿por qué no? de las dos a la vez. Pero antes de ello, a Claudine le esperaba algo que la marcaría para siempre.

La Señora Wales, con la vara en la mano, se acercó a una de sus invitadas: Rose Smith; una de las mujeres más respetadas de la alta sociedad, de aspecto agrio y carecer seco.

—Rose… —dijo la Señora Wales, ofreciendole la vara.

—Gracias Elisabeth.

La mujer asió la vara, se levantó y se colocó detrás de Claudine. Observó sus nalgas, blancas como la espuma del mar y de aspecto frágil. Muy frágil, pensó Rose. Y con el rostro impasible, severo y desprovisto de compasión, levantó el brazo con la vara.

—¡No me pegue por favor! —suplicó Claudine, ignorando que con ello excitaba aún más el sadismo de su verdugo.

Con toda seguridad, cualquier otra persona hubiera soltado la vara en aquel instante, movido por un sentimiento de compasión. ¿Pero Rose? Rose no; Rose inspiró aire, hinchó el pecho, apretó los dientes y centró toda su fuerza en el brazo que sostenía la vara.

Claudine no contó nunca lo que ocurrió durante el resto de esa noche, pero sí se sabe que, durante los tres días siguientes la dejaron reposar en una habitación a solas, con una cama individual y con la orden de no ser molestada.

 

Final de la tercera parte.